La vocería y el diseño del poder de La Moneda
Sergio Muñoz Riveros | Sección: Política
El nombramiento del exdiputado Gonzalo Arenas como subsecretario general de Gobierno y, en tal condición, “vocero de contingencia”, puede contribuir a dar coherencia comunicacional a La Moneda. Integrará el comité político y está en condiciones de aportar a la reflexión respecto del curso que lleva el gobierno y el horizonte al que apunta. Precisamente por eso, no se entiende que no haya sido nombrado ministro de la Secretaría General de Gobierno, lo que habría implicado terminar con la anomalía de que la titularidad de esa cartera la tenga el ministro del Interior.
Como es obvio, ningún vocero puede cumplir exitosamente su tarea si los ciudadanos consideran insatisfactoria la gestión del gobierno, como lo muestran hoy las encuestas. La cuestión fundamental es, entonces, qué quiere La Moneda transmitirle al país en un contexto deficitario, en el que se extienden las dudas sobre la gobernanza. Si no mejora la percepción respecto de lo que el gobierno hace por atenuar las dificultades derivadas del estancamiento de la economía, el alto desempleo, los insuficientes avances en seguridad, etc., no servirán de mucho los esfuerzos de la vocería. Lo esencial es, por supuesto, la credibilidad del gobierno.
La ambigüedad estructural del ejercicio del poder puede seguir complicando las cosas. El diseño inicial del equipo de asesores del Segundo Piso como una especie de gerencia general de gobierno, se manifestó en un doble comando en el terreno de las comunicaciones. Esa fue la raíz de la salida de Mara Sedini, que era ministra de la Segegob, pero estaba sometida a la pauta diaria del Segundo Piso. La situación llegó al punto de que Kast, para contener las pugnas internas, nombró como vocero al ministro del Interior, o sea, ni más ni menos que al jefe de gabinete, que actúa como vicepresidente de la República cuando el presidente se ausenta. Excesivo, sin duda. Y revelador de las debilidades.
Kast llegó a La Moneda con una concepción del ejercicio de sus propias funciones que se apoyaba en esa suerte de gerencia general. Pues bien, tal diseño no ha superado la prueba de la práctica. Lo que queda hoy es una estructura híbrida, en la que, por ejemplo, funciona un “director de contenidos de la Presidencia”, que coordina las bajadas comunicacionales del gobierno y, se supone, ejerce autoridad sobre el vocero. La frondosa burocracia que existe en La Moneda en el campo de las comunicaciones y la propaganda puede seguir enredando las cosas, sobre todo si el Segundo Piso es percibido como la genuina voz del presidente.
Para que las comunicaciones mejoren, es indispensable que el gobierno mejore, y que los ciudadanos lo perciban. Se trata de un asunto nada sencillo de conseguir, pues obliga al gobernante a sopesar diversos factores para asegurar, por ejemplo, el equilibrio fiscal y el buen uso de los recursos públicos, pero, al mismo tiempo, no crear una imagen pública de insensibilidad frente a las necesidades concretas. Es mejor si no se incrementa la deuda pública, pero eso no puede implicar la desatención de las urgencias sociales.
Si la realidad no acompaña a un determinado gobierno, es poco lo que puede hacer cualquier vocero, por hábil que sea. Si cuenta una historia que no tiene correspondencia con la experiencia cotidiana de la población, su credibilidad puede llegar rápidamente a cero. Fue una asesora de Donald Trump la que inventó la expresión “hechos alternativos” para justificar las muchas falsedades de ese gobernante, y el descrédito fue vertiginoso.
Las encuestas han castigado severamente las marchas y contramarchas del gobierno, los pasos en falso y las vacilaciones. Desinhibida como es, la diputada Pamela Jiles ya proclamó el fracaso de Kast, y todos entienden que ese es su deseo. Pero, las señales son inquietantes. ¿Puede cambiar Kast el sentido de las encuestas y probar que Chile avanza en la buena dirección? Allí está el desafío.
En definitiva, la faena del nuevo vocero tiene todos los riesgos propios del cargo, además de los agregados por el contexto. Es llamativo, por supuesto, que Arenas haya estado dispuesto a sacrificar la respetable posición de decano que tenía en la Universidad San Sebastián para asumir una misión incierta, en la que el éxito no depende únicamente de su esfuerzo. Revela, sin duda, un fuerte sentido del deber, y eso es meritorio. Este es el tipo de pruebas que muestran de qué madera está hecho un político.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Ex-Ante el domingo 25 de octubre de 2026.




