La gran limitación de las normas

Max Silva Abbott | Sección: Política, Religión, Sociedad

Tal vez uno de los mayores avances civilizatorios del ser humano haya sido el establecimiento de las normas de conducta (en el ámbito moral, del derecho, de la educación o la religión), a fin de regular su comportamiento consigo mismo y respecto de los demás.

Se entiende aquí por “norma” un mensaje (que puede manifestarse como un mandato, como una prohibición o como un permiso) que busca influir en la conducta de alguien, quien como ser libre, puede obedecerlo o no, razón por la cual este mensaje va acompañado de ciertos mecanismos para incentivar su cumplimiento, generalmente sanciones, aunque también puede tratarse de premios.

Ahora bien, lejos de lo que algunos creen, las normas no niegan ni anulan la libertad humana, sino que buscan dirigirla u orientarla. Es decir, que de las varias y a veces muchísimas posibilidades de acción del sujeto, ellas intentan encauzar esta libertad, sea incentivando ciertas conductas que considera buenas o deseables (y que por ello manda o permite hacer), o tratando de impedir otras que estima negativas o malas (y que por ello, prohíbe o permite no hacer). Sin embargo, como siempre le cabe al destinatario de una norma obedecerla o no, en el fondo, las normas vienen a ser una de las mayores pruebas de la libertad humana, pues sólo un ser libre puede ser regulado por ellas. 

De hecho, es precisamente la existencia de sanciones o premios la máxima prueba de que una norma puede ser desobedecida, pues si ello no fuera posible, estos mecanismos de incentivo no tendrían ningún sentido.

Sin embargo, debe siempre tenerse en cuenta que las normas dicen lo que desde su perspectiva, “debe” ocurrir o no ocurrir; es decir, que son un ideal, no una conducta real. De esta manera, si tienen éxito, darán origen a conductas muy reales, sin lugar a duda; pero ello constituye el cumplimiento o puesta en práctica de una norma, no la norma misma, que como se ha dicho, pertenece al ámbito de lo posible, del “deber ser”, que como tal, puede o no llegar a ocurrir.

Y este es precisamente uno de los mayores espejismos que originan las normas: que casi de manera automática, ante su sola existencia, muchos dan por descontado que ellas deben cumplirse necesariamente, casi como si tuvieran una fuerza mágica para ello. Sin embargo, se olvida que en la cruda y limitada realidad humana, siempre tiene que haber alguien (o algunos) que se encargue de hacerlas cumplir y de sancionar su desobediencia o de premiar su acatamiento: personas en el caso de las normas meramente humanas; y además de ellas, la divinidad, en el caso de las normas religiosas.

Por eso, en último término, la real vigencia de las normas (como ocurre por ejemplo con las jurídicas) depende del accionar humano, sea de quien las acata de buen grado, o de quienes actúan en caso de incumplimiento. Por tanto, si no hay personas encargadas de esto último, o en el caso de haberlas, no cumplen con esta labor, las normas pueden quedarse en la pura teoría, pues como se ha dicho, no tienen la capacidad de imponerse por sí mismas.

Todo depende así de las personas, de sus convicciones y de sus posibilidades de obrar. Por eso, siendo muy útiles y un gran avance civilizatorio, según se ha dicho, no se puede exigir a las normas más de lo que ellas pueden efectivamente dar.

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por el diario El Sur de Concepción. El autor es Doctor en Derecho, profesor de filosofía del derecho en la Universidad San Sebastián y miembro del Capítulo Concepción de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile.