Reactivación con alma: la vigencia de San Alberto Hurtado en la empresa actual
José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura, Historia, Política, Religión, Sociedad
Cuando pensamos en la palabra “solidaridad”, la primera imagen que se nos viene a la cabeza es una catástrofe que moviliza a todo un país para ayudar a los damnificados. También se tiende a pensar que equivale a aumentar el tamaño del Estado y el gasto público para desarrollar políticas sociales. La primera imagen sintetiza la resiliencia y el ímpetu de los chilenos para servir al bien común, especialmente de los que más lo necesitan –como ocurre año a año con la Teletón–, pero sólo vuelve cuando hay emergencias, mientras que la otra confunde “solidaridad” con “más Estado”. Especialmente en un contexto de crisis económica como la de los últimos meses, pienso que tenemos que comprender la solidaridad como una acción permanente de cada uno de nosotros.
Este mes celebramos el Día de la Solidaridad, en memoria de San Alberto Hurtado (1901-1952), quien mejor encarnó esta virtud y principio social en el país. Reconocido por fundar el Hogar de Cristo, su impronta fue mucho más allá de la mera beneficencia. Era consciente de que “el pobre es Cristo”. Con el tiempo cayó en la cuenta, como San Juan Pablo II, de que “el trabajo, en cuanto problema del hombre, ocupa el centro mismo de la ‘cuestión social’”. Con su experiencia y con el estudio de la realidad nacional, así como sus giras a Estados Unidos y Canadá (1945) y a Europa (1947-1948) en busca de experiencias exitosas en estas materias, presentó en 1947 al Papa Pío XII un proyecto social destinado a enfrentar la raíz de la cuestión social: el trabajo.
De acuerdo con el Memorial presentado al Papa, el proyecto constaría de tres partes: “Su fin concreto sería preparar dirigentes obreros, a fin de que ellos lleven el pensamiento de la Iglesia al seno de los sindicatos, con los métodos de la ACCLI (Acción Católica Italiana): preparar a los patrones jóvenes en la doctrina social; hacer investigaciones serias sobre la realidad nacional, como medio de formación personal y a fin de conseguir un mejoramiento en la suerte de los trabajadores, y prolongar estas ideas por medio de círculos de estudios, Semana Social, Revista”. De regreso en Chile, le daría un nuevo impulso a la Acción Sindical y Económica Chilena, ASICH, nacida en 1947; fundaría en 1948 la Unión Social de Empresarios Cristianos, USEC; y crearía en 1951 la Revista Mensaje. “Esta tarea va a ser difícil, pero con la bendición de V. S., se luchará con la confianza de trabajar por el advenimiento del Reino de Dios en esta América que hay que conservar para Cristo”, cerraría el Padre Hurtado.
La verdadera solidaridad no es pura beneficencia ni un aumento del aparato estatal, sino que la articulación de la sociedad civil al servicio del bien común. Eso es lo que ha buscado USEC en sus 78 años: que los empresarios, ejecutivos y profesionales tomen conciencia de que su actividad es una noble vocación de servicio, no con una Responsabilidad Social Empresarial (RSE) periférica, sino que desde el centro mismo del negocio –ofrecer bienes y servicios que sean realmente útiles; organizar el trabajo de manera que promueva el desarrollo integral de los colaboradores; y crear y distribuir riqueza material, cultural y espiritual entre todos los stakeholders–. Ésa es la solidaridad que debemos impulsar. En un año marcado por la desaceleración económica, necesitamos empresarios conscientes de que el buen trabajo es el mejor servicio al bien común que pueden hacer. El último Imacec –de un 2,4%, el primero positivo desde enero pasado– nos da razones para estar optimistas con el rendimiento de la economía del segundo semestre, y es una muestra de que si todos ponemos de nuestra parte, el país volverá a salir adelante.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente el miércoles 12 de agosto de 2026 por USEC, Unión Social de Empresarios Cristianos, en sus redes sociales. El autor es Director de Contenidos y Estudios de USEC.




