La extrema derecha que no aparece
Kenneth Bunker | Sección: Arte y Cultura, Política
Hace algunos días, en el pódcast de Felipe Kast en Radio Agricultura, Natalia Piergentili sostuvo que nunca ha escuchado al Presidente decir algo que atentara contra la independencia institucional, y que el gobierno de Kast partió por lo que une a los chilenos, la seguridad, el empleo y el crecimiento.
Lo que hace la noticia relevante no es tanto que Piergentili, expresidenta del PPD y exsubsecretaria de Economía durante el segundo gobierno de Bachelet, venga de la línea socialdemócrata de la centroizquierda, sino que niegue el supuesto que su propio sector viene tratando de instalar en la agenda.
La idea de que el gobierno de José Antonio Kast constituye una expresión de extrema derecha está lejos de ser inocua. Solo en este gobierno, le ha servido a la oposición para justificar por qué no negocia, y ha arrastrado a su base política a asumir que Kast excede al adversario normal, invitándola a actuar en consecuencia.
Pero, ¿es en verdad Kast de extrema derecha? ¿Es de esa extrema derecha que se acusa constantemente de estar destruyendo países, privatizando empresas estatales, desmantelando instituciones y atropellando derechos humanos? A casi cinco meses de gobierno no hay evidencia que lo sustente, y la verdad es que, fuera de la propia izquierda, tampoco hay quien lo crea.
Difícilmente puede catalogarse de extremo a un gobierno cuyos ejes son seguridad, empleo y crecimiento, que son las prioridades que la ciudadanía viene declarando desde hace años y que hoy encabeza la economía, con el desempleo instalado sobre el 9%. Nada de eso pertenece al terreno valórico, que es donde la derecha dura de Kast supuestamente iba a desmantelar derechos adquiridos.
Esta misma semana, por lo demás, en su primera cuenta pública participativa, la ministra May Chomali anunció la incorporación progresiva de la totalidad de los cánceres al GES, junto con una nueva garantía para VIH. ¿Eso es ser de extrema derecha? ¿Expandir la cobertura del Estado en salud de forma significativa en vez de darle prioridad a los prestadores privados?
Peor todavía, la etiqueta ni siquiera es nueva, y viene al menos desde el primer gobierno de derecha de la transición. Es decir, no es un juicio sobre Kast, sino un recurso que se aplica por igual a cualquier gobierno del sector. Pues fue poco después de que la Concertación perdiera el poder que las ideas socialdemócratas empezaron a retroceder, y que las tácticas de la izquierda más dura comenzaron a asomar con fuerza como línea retórica. Ni haber ingresado el Acuerdo de Vida en Pareja al Congreso, ni haber acuñado el término cómplices pasivos, le sirvieron a Piñera para escapar de la acusación de ser extremista.
La pregunta es qué función cumple la etiqueta si no describe al gobierno. Hay al menos dos respuestas posibles. La primera es que se use con el solo fin de persuadir con miras electorales, una hipótesis que ya fue sometida a la prueba y no resistió, como muestra la elección de 2025, en que con voto obligatorio y participación sobre el 85%, Jeannette Jara perdió con 41,84%.
La segunda posibilidad es que ordene hacia adentro, que a primera vista tampoco parece resistir demasiado la prueba de la evidencia, pues a pesar de que el sector se ordenó efectivamente, la megarreforma pasó igual por las dos cámaras.
En cualquier caso, es evidente por qué la oposición no ha conseguido éxito ni en las urnas ni en el Congreso. Pues, si lo que persiguen sus principales figuras son victorias pasajeras, no puede ser de otra forma. Manouchehri oficiando a Contraloría el primer día de gobierno porque la Primera Dama sirvió almuerzos sin guantes, antes de que existiera una política que evaluar, es el mejor ejemplo de resistir sin propósito. Cicardini convirtiendo sus redes sociales en trinchera permanente tampoco ayuda a darle solidez al argumento de que el gobierno es un peligro.
Y ciertamente no ayuda que el propio expresidente Boric comparta entrevistas de terceros calificando de imbécil al Presidente, apenas seis semanas después de haber explicado en el Hay Festival de Gales que no se puede tratar de estúpido al votante que no apoya a la izquierda.
Todo eso produce titulares y moviliza a la base, pero claramente no altera elecciones populares ni votaciones legislativas relevantes.
Ahora, la ligereza generalizada no significa que en la oposición no haya una amenaza real. Pues si bien es evidente que detrás de las tácticas rápidas no hay proyecto político alguno, hay dentro del mismo sector, en minoría, quienes sí manejan ideas peligrosas. La sugerencia de que la elección de Kast tendría algo de irregular, deslizada esta semana por los diputados Araya, Veloso y Barraza en el programa de Darío Quiroga, no es inocua.
Y no es la primera vez que ese grupo apunta a la institucionalidad, como quedó claro cuando el primero de ellos transparentó, en ese mismo espacio, la idea de enviar un tsunami de indicaciones para trabar la tramitación de la megarreforma por la vía reglamentaria.
Y este último sector, dispuesto a ir más allá de las luces, parece además tener más impacto, pues son quienes por dentro logran disciplinar a los que se apartan de la línea dura. Es lo que ocurrió con Paulina Vodanovic, presidenta del Partido Socialista, rechazada, excluida y humillada por su propia militancia cuando intentó posicionar al PS como un actor crítico dispuesto a dialogar.
Lo mismo ocurrió con los senadores Ricardo Celis, Loreto Carvajal y Pedro Araya, que negociaron con el ministro Quiroz la rebaja de la invariabilidad tributaria y terminaron con su propia mesa directiva desconociendo el acuerdo que ellos mismos habían alcanzado.
Y probablemente ocurrirá lo mismo con Piergentili, aunque a menor escala por no ocupar un rol legislativo.
Lo irónico de esto último es que la forma de disciplina interna tampoco parece dar resultados, algo que se pudo haber observado mirando lo que ha ocurrido en el pasado. Cuando se ha tratado de disciplinar a los díscolos de centroizquierda, se han terminado consolidando como figuras claves, alineados en la vereda contraria. Es el caso de Ximena Rincón y Matías Walker, que salieron de la Democracia Cristiana por apoyar el Rechazo en 2022 y que hoy no solo están en el gabinete, en el caso de Rincón, sino además aportando votos para pasar reformas en el Senado, en el caso de Walker.
En fin, Piergentili tiene razón. Lo que gobierna Chile es una administración de derecha con episodios de folclor parlamentario en sus márgenes, y no otra cosa. Se puede estar en contra de su programa, rechazar cada proyecto que ingrese y trabajar para desalojarla en 2029, pero usar tácticas legislativas que no respetan el espíritu democrático del Congreso, o acusar al gobierno de ser ilegítimo, es pasar el límite. El gobierno de Kast no es el peligro que se le acusa. Quizás habría que mirar a quienes acusan para encontrar el extremismo real.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Ex-Ante el sábado 1 de agosto de 2026.




