Un mes de luces y sombras
Joaquín Muñoz López | Sección: Arte y Cultura, Historia, Política
Este mes de julio es especial, un julio que en pocos días juntó tres acontecimientos importantes, a saber, el día 4 un aniversario más del Congreso Nacional y el día 9 el Juramento a la Bandera y, excepcionalmente, los 200 años de la Presidencia de la República. Fue una fiesta de la tradición y la cultura republicanas que tanto nos distingue en la región y que tanto llaman la atención a los extranjeros que nos visitan.
Nuestro Congreso está dentro de los tres de más duración dentro del continente y pese a la actual mala evaluación por parte de la ciudadanía, ésta lo reconoce como una institución permanente de la República, basta ver el rechazo que causaron los cambios al Congreso que la primera propuesta constitucional ofreció al país en septiembre de 2022. La razón es simple: los mal evaluados son los congresistas, no el Congreso; aquellos son transitorios, éste es permanente.
Siguiendo con las instituciones permanentes, Chile conmemoró los 200 años de la Presidencia de la República este 9 de julio, recordando la fecha exacta de 1826. Las actividades oficiales incluyeron un histórico acto de unidad institucional. Este acto se realizó en el Museo Histórico Nacional y obviamente lo encabezó S. E. el presidente José Antonio Kast, quien mostró una gran estatura cívica al invitar a los expresidentes. Estuvieron presentes Eduardo Frei y Gabriel Boric y también familiares de los expresidentes fallecidos, Patricio Aylwin y Sebastián Piñera. Fue un acto transversal que pocos países se pueden dar el lujo de tener. La jornada estuvo marcada por mensajes de continuidad republicana y unidad nacional. Con esta actitud y liderazgo del presidente Kast, podríamos decir que vemos renacer nuestro tradicional republicanismo después de la crisis de los últimos siete años, la que empieza a desaparecer.
También ese día se llevó a cabo el Juramento a la Bandera. La ceremonia central se realizó en la Plaza de la Ciudadanía frente al Palacio de La Moneda, marcando un hito al regresar al centro de la capital. Como bien sabemos, esta ceremonia se realiza en conmemoración de la Batalla de La Concepción, en la que 77 jóvenes prefirieron morir antes de arriar su bandera.
Estos tres acontecimientos son las luces de este julio, pero, como todo o casi todo en la vida, también tiene sus sombras.
La primera sombra es que el Juramento a la Bandera se realice en la Plaza de la Ciudadanía, sí tal como suena. Antes ahí se emplazaba el Altar de la Patria y, con anterioridad, la Plaza Bulnes. La “ciudadanía” es un concepto inmanente, perecedero, que engloba a toda la población con o sin méritos. Imponer esta “plaza” fue una obra de la deconstrucción progresista. Por el contrario, el Altar de la Patria encierra dos conceptos trascendentes, la espiritualidad y la patria, respectivamente; el primero nos relaciona con la divinidad y el segundo con las tradiciones y el ethos cultural formado y heredado generación tras generación. En la misma línea, aunque con más sencillez, está la Plaza Bulnes, una plaza, pero no como la anterior, sino dedicada a un héroe de la patria, no a todo el mundo, heroísmo y patria, trascendencia pura. La segunda sombra es una sombra que tiene generaciones. Es la sombra de la ignorancia sobre el significado heráldico de nuestra bandera. Materia apropiada de tratar en estos días. Decir que el azul es el cielo, el blanco, la nieve y el rojo, la sangre araucana o el copihue, es aberrante. En la heráldica tradicional, el azul representa la justicia, significado que mutó a la ley en la heráldica republicana, por lo anterior, es considerado como un símbolo del pensamiento o contenido de la conciencia manifiesta; el blanco representa la autoridad real en la heráldica tradicional, luego pasó a significar la soberanía popular en la heráldica republicana, es un color activo asociado a la divinidad y al mundo trascendente, se trata de un color superior a toda luz cósmica, y el rojo fue puesto en homenaje a la sangre vertida por los héroes del Desastre de Rancagua, pero es una verdad a medias, porque el rojo significa mucho más, representa los aspectos punitivos de la divinidad. Finalmente, la estrella es el pentagrama estrellado (recordemos que el cinco es el número del hombre, el último de una serie que parte con el uno, número del ser
inmanifestado). Todo esto representa al hombre arquetípico, en estado de perfección. Se trata de una manera de hacer presente al Verbo de Dios según la tradición sapiencial, es decir, esa explicación de que la estrella representa al Estado unitario es también una burda simplificación (al respecto consultar de Gastón Soublette “La Estrella de Chile”).
Por último, la tercera sombra es el 10 de julio sin pena ni gloria. Antes, en esta fecha se celebraba el Día de la Juventud, fecha que aludía a los jóvenes héroes de la Batalla de La Concepción, instaurado en 1975. Fue más fuerte el progresismo neomarxista de S. E. la presidente Bachelet. En 2007, ella cambió este día para el 12 de agosto, coincidiendo con el Día Internacional de la Juventud establecido por las Naciones Unidas. ¿Acaso tenemos que olvidar a nuestros héroes para darle el gusto a esta organización?
Este mes de julio tuvo sus luces y sombras, pero pareciera que las luces fueran más fuertes que las sombras. Esperemos que éstas vayan desapareciendo.




