El globo pinchado

Joaquín García-Huidobro Correa | Sección: Arte y Cultura, Educación, Historia, Política, Sociedad

¿A qué se debe la multiplicación de los sentimientos antiargentinos en el fútbol? Se ve que pasaron los tiempos de la solidaridad deportiva latinoamericana, donde lo básico era que la copa se quedara en América, “aunque fuera en Argentina”. Una razón para el cambio es simple: basta con preguntarle hoy a un niño chico qué equipo de fútbol le gusta y la respuesta ya no será la U, el Colo Colo o la Católica, sino el Real Madrid, el Barcelona o el Manchester City. En ese contexto de globalización futbolística, es natural que muchos vayan por España.

Pero hay más. Admitamos que los chilenos vivimos con una perpetua frustración: nos gusta el fútbol, pero somos malos para la pelota. Es cierto que dos argentinos (Bielsa y Sampaoli) nos mostraron que las cosas podían ser diferentes, pero ya nos damos cuenta de que ahora nuestra participación en los mundiales se está limitando a comprar láminas de Messi, Mbappé o Tim Payne para completar el álbum.

La frustración chilena frente al fútbol argentino es histórica, pero había sido compensada cuando hace unas décadas descubrimos que éramos buenos para algo, que había un ámbito en el que, si nos esforzábamos, llegaríamos a ser los “número uno” de la región: la economía. De ahí el sueño de Sebastián Piñera: alcanzar a Portugal y ser el más pobre de los países ricos.

Sin embargo, como decía Jorge Porcel, un humorista argentino de la década del setenta: “Che, al final siempre hay alguien que te pincha el globo”. En nuestro caso, fue Bachelet II. Por si fuera poco, después vino el FA/PC y pinchó cualquier otro globito que pudiera comenzar a inflarse de nuevo.

Con todo, Chile todavía tiene una buena ventaja, acumulada a lo largo de décadas, y la llegada del gobierno de Kast representa una esperanza. Su megarreforma acaba de ser aprobada, aunque no con todos los apoyos que habrían sido deseables.

Las claras ventajas que tuvimos en materia económica explican la intensa irritación de muchos frente a quienes ponen obstáculos a su buen desempeño. Aceptan que no podemos ganarles en el fútbol a los argentinos, pero, justo en el deporte en el que somos capaces de superarlos ampliamente, nos encontramos con que nuestros izquierdistas nos meten constantes autogoles.

Para colmo, los representantes de la nueva izquierda están convencidos de que han hecho el bien. Si uno lee lo que escribió Nicolás Grau en una columna esta semana, pensará que nuestros sentidos nos engañan: si lo que dice es así, entonces todo lo que hemos visto en los últimos veinte años es mera apariencia. Como si nadie hubiera espantado la inversión de modo sistemático, o ella careciera de importancia para el desarrollo.

La habilidad retórica frenteamplista me recuerda la propaganda televisiva del gobierno en tiempos de la UP: ella nos mostraba que, si no estábamos exactamente en el Paraíso, nos faltaban pocos metros para llegar a él. El problema es que uno salía a la calle y se encontraba con las colas y una inflación galopante. Es decir, no calzaba lo que veían nuestros ojos con lo que la izquierda dominante intentaba instalar en nuestras mentes.

La astucia de esa izquierda produce una enorme frustración. Muchas veces se ha dicho que “dato mata relato”, pero la verdad es que el relato frenteamplista parece inmortal. Una parte importante de la ciudadanía ve con desesperación cómo unas medidas destinadas a producir empleo y reducir la pobreza son presentadas como una “reforma para los superricos”. Por desgracia, muchos terminan por creerlo. De este modo, aunque existe un campo en el que podríamos ser líderes indiscutibles, la acción de la izquierda radical hace que terminemos siendo uno más del montón.

Obviamente, no se trata aquí del gusto narcisista por ser los primeros: si la economía crece, disminuirá la pobreza y ya no habrá excusas para no ocuparse de los campamentos y de tantas otras necesidades que son muy urgentes, aunque no sean electoralmente rentables. La economía importa.

La razón para apoyar a España no puede ser el deseo de no parecer latinoamericanos, la envidia ante los argentinos o el hecho de que nuestros vecinos se vuelven un poco arrogantes en los triunfos. Por su parte, para hinchar por Argentina es bueno tener las razones correctas y no algunas de carácter extradeportivo. Así, el motivo para elegir a Argentina no puede ser el transformar el partido en un enfrentamiento entre el socialismo español y el capitalismo argentino, donde ya no será Yamal vs. Messi, sino Sánchez vs. Milei, con la confianza de que la mano invisible lleve a un triunfo de la Albiceleste.

La selección de España es un modelo de orden y un triunfo suyo en el mundial sería la consecuencia natural de un trabajo bien hecho. Por su parte, a la selección argentina no le faltan méritos. Una y otra vez ha mostrado perseverancia y resiliencia ante escenarios deportivos muy adversos. Estas son unas virtudes que deberían inspirarnos tanto para mejorar nuestra economía como para volver a tener una selección que le dé al país unas necesarias alegrías.

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el domingo 19 de julio de 2026.