El bicentenario (¿o quincuacentenario?) de una institución permanente
José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Historia, Política
La semana pasada se conmemoraron 200 años de lo que don Diego Portales y Palazuelos denominó “el resorte principal de la máquina”: la Presidencia de la República. En una ley promulgada el 8 de julio de 1826, en medio de las llamadas “Leyes Federales”, instituiría –en reemplazo del Director Supremo existente desde 1814– los cargos de Presidente y Vicepresidente de la República, ejercidas en primera instancia por Manuel Blanco Encalada y Agustín de Eyzaguirre. Si el segundo no trascendió a los ensayos constitucionales, el primero se mantendría vigente por veinte lustros.
La Presidencia de la República es la principal de las que hemos denominado “instituciones permanentes de la historia de Chile”. Pero en sentido estricto no es una institución bicentenaria, sino quincuacentenaria. En esta columna propondremos una tesis algo audaz: entre 1541 y 2026, Chile gozó de una continuidad casi ininterrumpida del gobierno del territorio. Heredera de la Presidencia de la Real Audiencia y de la Gobernación del Reino de Chile, los orígenes de la Presidencia se remontan a 1541, lo que la convierten en la institución más antigua del país junto con la Iglesia y el cabildo. El Reino de Chile fue una gran escuela de gobernantes, a tal punto de que cinco de ellos fueron posteriormente Virreyes del Perú, el primero de ellos el siglo XVI –García Hurtado de Mendoza– y los cuatro restantes el siglo XVII –José Antonio Manso de Velasco, Manuel de Amat y Junyent, Agustín de Jáuregui y Ambrosio O’Higgins–.
Durante el proceso emancipador (1810-1818) la posta se traspasó directamente: el último de los gobernadores y Conde de la Conquista, Mateo de Toro y Zambrano, al momento de dejar la Gobernación, sería elegido como el primer Presidente de la Junta Provisional Gubernativa del Reino a Nombre de Fernando VII. Desde ese momento, entre 1810 y 1814, todos los Presidentes de la Junta y los dos primeros Directores Supremos se fueron entregando consecutivamente los cargos. Además, fue la misma institucionalidad colonial la que dio origen a la Junta de Gobierno de la que provienen los Directores Supremos.
Esta cadena sería interrumpida por José Miguel Carrera, quien haría un golpe de estado y gobernaría entre julio y octubre de 1814, hasta el Desastre de Rancagua. A partir de ese momento la Corona volvería a tomar el poder, que sería ejercido por los gobernadores restauradores Mariano Osorio y Casimiro Marcó del Pont, quienes seguirían con la cadena. Finalmente, José de San Martín y Bernardo O’Higgins con el triunfo en la Batalla de Chacabuco en 1817, recuperarían el cargo de Director Supremo, que se mantendría ininterrumpidamente hasta la asunción de Manuel Blanco Encalada como Presidente de la República en 1826.
De esta manera, la continuidad entre los presidentes coloniales y los republicanos no se trata sólo de una inspiración del nombre y un traspaso de las tradiciones y costumbres políticas, sino que se puede trazar una línea de sucesión prácticamente ininterrumpida entre los Gobernadores –que además ejercieron la mayor parte de los tres siglos del período indiano de forma conjunta como Presidentes de la Real Audiencia y Capitanes Generales– y los Presidentes de la República. Esto es algo prácticamente inédito en el resto del continente.
En síntesis, la semana pasada conmemoramos el bicentenario de la Presidencia de la República, pero ella es sólo la forma actual de una institución mucho más antigua, de prácticamente cinco siglos. Con la excepción de los períodos de anarquía entre 1931 y 1932, entre 1541 y 2026 la continuidad de la Presidencia es casi ininterrumpida. Asimismo, fue la misma institucionalidad colonial la que dio origen a la institución que en 1826 se empezaría a denominar Presidencia de la República. Y en dos de tres ocasiones, sería una institución generada por el cabildo.
Este hecho demuestra, como otros que hemos recopilado en esta tribuna, que nuestra historia Patria se ha construido en torno a la continuidad y permanencia de instituciones políticas, sociales, culturales y religiosas, y no a los intervalos de ruptura que hemos tenido, ya que ellos no han logrado romper la estabilidad institucional de largo plazo. Todo esto reafirma la fortaleza y el carácter excepcional de la institucionalidad chilena en el marco del continente americano, que la semana pasada ejemplificábamos con el Congreso nacional. Con todo, corresponde celebrar los 200 años de la Presidencia de la República, hoy ejercida por José Antonio Kast.




