Ayuda memoria para tiempos difíciles

Iris Boeninger | Sección: Historia, Política, Sociedad

Recuerdo con exactitud el silencio incómodo. Era octubre de 2019 y yo era embajadora de Chile en Uruguay. El excanciller uruguayo Enrique Iglesias, esa figura continental que además fue presidente del BID durante casi dos décadas, me miraba con una mezcla de afecto y perplejidad. ¿Qué pasó con Chile? Si Chile era el faro de la región. Y volverá a serlo, me anticipaba con la firmeza de quien sabe. Como diplomática era muy difícil explicar lo que ocurría, sin tener respuestas claras. Nos preguntábamos qué pasó. Aún hoy, casi siete años después, no sabemos con nombre y apellido quiénes lideraron los desmanes. Coincido con Sergio Muñoz Riveros en que esto debe seguir investigándose. Ojalá este gobierno lo haga.

Chile fue, durante casi 30 años, la excepción latinoamericana. Un país estrecho y austral al que se citaba en Nueva York y Ginebra como la prueba de que América Latina podía construir instituciones estables, reducir la pobreza a la mitad y crecer como Asia. La pregunta que Chile devuelve al mundo en 2026 es incómoda. ¿Qué hizo mal el país que lo hacía todo bien?

Entre 1990 y 2020, treinta años exactos, Chile hizo mucho más que crecer. La inflación se estabilizó bajo 5%. La pobreza cayó del 38% al 15%. El crecimiento promedió más del 5% anual durante las dos primeras décadas, más del doble del promedio latinoamericano. Chile ingresó a la OCDE como primer país sudamericano aceptado en ese club de economías avanzadas. Esos son los treinta años que en octubre de 2019 se denostaron con la consigna “no son 30 pesos, son 30 años”, como si el bienestar acumulado fuera el problema. Fueron los años que sacaron a millones de chilenos de la pobreza y ampliaron a otros millones el acceso a educación, vivienda y salud.

Nada de eso fue casualidad. La Concertación se formó en base a vínculos de mucha confianza entre personas que habían vivido el exilio y aquellos opositores a Pinochet que se quedaron en Chile, entre ellos mi padre. Fueron tantas las reuniones reservadas para tejer el regreso a la democracia. Y se hizo. Y salió bien. Esos vínculos dieron origen a la coalición más exitosa de la historia chilena, la Concertación de Partidos por la Democracia. Diálogo. Política de los acuerdos. Unidad. Palabras que hoy suenan gastadas por el mal uso, porque a fuerza de repetirlas sin practicarlas se las ha vaciado de contenido. Un diálogo tiene que hacerse con vocación de acuerdo. Si no, es solo ruido. Edgardo Boeninger, uno de sus arquitectos intelectuales, escribió que la única defensa duradera de una democracia joven es la amistad cívica capaz de sostener la deliberación en los momentos difíciles. Esa fue la clave del milagro chileno.

La cultura de acuerdos comenzó a erosionarse antes de que nadie lo advirtiera. En 2006, con la marcha de los pingüinos, quedó instalada la premisa según la cual la presión callejera era más eficaz que la deliberación institucional. En 2011, la crisis universitaria llevó esa premisa a su madurez y formó a una generación entera que se sintió portadora de una legitimidad superior a la del sistema representativo. Camila Vallejo, Giorgio Jackson, Gabriel Boric, Karol Cariola. Todos ellos leyeron la transición como una traición y la política de los acuerdos como una complicidad.

El deterioro se aceleró con un error estratégico preciso. Michelle Bachelet, en 2014, incorporó al Partido Comunista a la coalición de gobierno. La distancia deliberada que la Concertación había mantenido durante veinticuatro años se disolvió. Con esa disolución vinieron dos reformas emblemáticas cuyos malos resultados hoy nadie serio discute. La reforma tributaria de 2014 subió impuestos y recaudó menos de lo prometido, mientras la inversión privada se desaceleró y el crecimiento se estancó bajo el 2%. La reforma educacional desmanteló el sistema de colegios subvencionados que había servido a las clases medias durante décadas y marcó el inicio del deterioro sostenido de la calidad de la enseñanza. Chile había demostrado antes que se podía redistribuir haciendo crecer la economía. En 2014 demostró que también se podía subir impuestos y recaudar menos, y desmantelar un sistema educativo sin construir otro mejor. Bachelet, en su segundo período, logró desunir, no unir. Miraron para otro lado durante el estallido de octubre de 2019 y lideraron después la campaña por el Apruebo al proyecto constituyente, o «en su defecto» el Apruebo para reformar, que era absolutamente inviable.

Octubre de 2019 tiene una lectura que el país todavía no termina de asimilar. No fue un despertar, como ellos dijeron. Fue una operación de destrucción coordinada de la infraestructura pública y privada de las principales ciudades, ejecutada por grupos organizados, mientras un sector de la élite intelectual instalaba la consigna “Chile despertó” como cobertura ideológica de los violentos. Sebastián Piñera, un demócrata convencido, enfrentó esos días en la soledad de un fuego amigo devastador y de dos acusaciones constitucionales sucesivas que buscaron destituirlo. Y, sin embargo, fue Piñera quien convocó al Acuerdo del 15 de noviembre y evitó el abismo. Chile le debe a su decisión aquellos días de pacificación por vía política. Se corrieron serios riesgos institucionales, pero no hubo que lamentar muertes. El segundo abismo, fue el proyecto constitucional, mismo que fue derrotado el 4 de septiembre de 2022.

Los mismos sectores que defendieron la violencia argumentando que era la única forma de visibilizar problemas sociales llegaron al gobierno en 2022 y no resolvieron ninguno. Se dedicaron a la Convención que quiso dividir Chile en once naciones con once sistemas de justicia paralelos, disolver el Senado, cambiar los símbolos patrios. Era, simultáneamente, identitaria e infinanciable. En septiembre de 2022, Chile la rechazó con el 62% de los votos. Bajo su gestión la pobreza aumentó por primera vez en tres décadas, el empleo formal se estancó, la seguridad se deterioró, las pensiones no mejoraron. Y la demostración concluyente de que las marchas estudiantiles fueron un mecanismo de escalamiento político y no una causa educativa está en que desaparecieron durante los cuatro años de Boric y volvieron con el gobierno de Kast.

El proceso de la Convención se veía complejo desde el arranque. En febrero de 2022 fui parte de las que firmaron la carta que Cristián Warnken publicó como llamado ciudadano, y ese fue el inicio de un trabajo y de un movimiento extraordinario que llegó al triunfo del Rechazo el 4 de septiembre de 2022. Amarillos por Chile debería pasar a la historia. Nos convertimos después en partido, y adquirimos los mismos malos hábitos de los partidos políticos en general. Fuimos un gran movimiento, pero un mal partido político. Amarillos como partido desapareció por efecto de la ley de partidos políticos, pero el movimiento del que fuimos parte merece rescate, hoy que se habla del “grupo del 62%” como si el 62% hubiera brotado espontáneamente. Hubo una épica, éramos muchas personas trabajando juntas 24 horas al día 7 días a la semana, nos hicimos amigos hasta que los intereses personales le ganaron a la fraternidad. Fue la última épica cívica reciente que este país ha vivido. Ojalá la situación a resolver hoy, pueda ser la épica de todos, un Chile mejor para todos.

Y me pregunto, ¿qué pasó con las convicciones de quienes fueron parte de la Concertación? que luego se desviaron del camino, mirando para otro lado durante el octubrismo, convocando a “la primera línea” al Congreso, y asociados con el Frente Amplio y el Partido Comunista, apoyando aquel proyecto constitucional que liquidaba al país. Nada de esto se sostiene en la memoria de lo que esos partidos fueron.

Escribo esta columna porque necesito decir en voz alta algo que muchos piensan y pocos formulan. Chile pudo transitar el camino al desarrollo y estuvo cerca de completarlo. Se detuvo con las reformas de Bachelet II y con su falta de aporte a la unidad nacional. Atravesamos después el estallido delictual, una pandemia, y luego un gobierno del Frente Amplio que no supo gobernar. Las fórmulas probadas por la izquierda desde Bachelet II han fallado, y sin embargo siguen insistiendo. Basta con revisar algunas indicaciones ingresadas recientemente a la ley, como el anatocismo o el olvido financiero, para constatar hasta dónde ha llegado el deterioro técnico de sus propuestas. Qué pena más grande. Y me pregunto también qué pasó con instituciones como el Tribunal Constitucional, hoy calificado como “de izquierda”. ¿Qué pasó? ¿Qué pasa con el descreimiento generalizado en la justicia? Cuando en verdad son unos pocos rufianes los que la han manchado, no la institución completa. Esta columna es también un llamado a no confundir la crítica legítima con el descrédito destructivo.

Cerrar con esperanza no es ingenuidad. Es lucidez política. Pero la esperanza tiene que aterrizar en condiciones concretas si no queremos que se evapore en discurso.

Primero, la izquierda debe convencerse de que crecer es el motor que sostiene el apoyo social. Sin crecimiento no hay redistribución posible, y las fórmulas probadas desde Bachelet II lo demostraron por la vía negativa. Segundo, austeridad desde el gobierno como ejemplo, con menos sueldos y no más premios de cumplimiento; tercero, hacer eficiente al Estado y eliminar la cultura del amigo para los cargos de asesores. Cuarto, ahorro real en los municipios, cuyos presupuestos y gastos han aumentado sostenidamente. Chile es hoy el país OCDE que más gasta en personal a nivel subnacional, 55,4% del gasto municipal contra 36,8% del promedio OCDE. Alinearnos con ese promedio ahorraría al país 2.553 millones de dólares al año, equivalente a 0,85% del PIB. Quinto, enfrentar sin ambigüedad la corrupción y la droga como hábito instalado en algunos de quienes sirven al país. Test de pelo para todos. Sexto, un buen gobierno consciente de sus errores que cumpla sus promesas de austeridad empezando por sí mismo. Séptimo, una clase política a la altura de las circunstancias, que claramente no lo está. Y octavo, una oposición democrática que elija el aporte en vez del bloqueo.

Boeninger escribió en su libro Chile rumbo al futuro que el mayor desafío de una democracia joven no es sobrevivir a sus enemigos sino a sí misma. Esa es hoy nuestra tarea. Reconstruir la amistad cívica que hizo posible el mejor Chile. No es imposible. Lo hicimos antes, en circunstancias mucho más adversas. Volveremos a ser el faro de la región, como me anticipaba Iglesias en aquellos días amargos de 2019. Pero eso depende de nosotros.

Necesitamos pisar suelo firme. Y ese suelo lo dan las instituciones, y los gobiernos y oposiciones que estén a la altura de las circunstancias.

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Líbero el lunes 27 de julio de 2026.