¿Qué hacer por nuestro país?

Juan Pablo Zúñiga Hertz | Sección: Educación, Historia, Política, Sociedad

En su discurso inaugural el 20 de enero de 1961, el presidente John F. Kennedy se refirió al papel que le cabe al ciudadano con respecto a la nación a través de la frase “Ask not, what your country can do for you, ask what you can do for your country” (no se pregunte el qué puede hacer su país por usted, sino lo que usted puede hacer por su país). En el marco de la Ley de Reconstrucción Nacional, las condiciones en que se encuentra Chile y el complejo escenario internacional, es justo y necesario reflexionar en torno a la célebre frase.

Qué significa ser un ciudadano y cuáles son nuestros derechos y deberes eran los primeros tópicos que se discutían en las añoradas clases de educación cívica, que por lo demás, junto con la química, fue mi clase favorita en la enseñanza media. Dado que Chile sufrió de una severa infección de socialismo durante las últimas dos décadas, la parte de los deberes del ciudadano no solo fue desechada, sino que el “deber” pasó a ser una palabra cochina, casi un atropello al ser humano, con lo cual transformaron a los “derechos” en un bien sacrosanto que debe ser proveído a toda costa por el generoso “papito Estado”.

Si a lo anterior le sumamos esta dañina conducta de evitar el sufrimiento y las dificultades a toda costa, tenemos con que las sociedades occidentales se han mal acostumbrado a que, en último término, el estado tiene que ampararnos a través del mito imposible del “Estado solidario”. El problema es que un Estado “solidario” siempre termina siendo uno totalitario y, por otra parte, gracias a la natural pereza del ser humano, el ciudadano va poco a poco entregando su bien estar en las manos de este ente todopoderoso.

Así las cosas, cuando el ente ya no puede llenar las poruñas, viene la pataleta. Por detrás del escándalo al respecto de la ley de reconstrucción nacional se encuentran dos elementos que derivan del hecho de que para reconstruir a Chile hay que apretar el cinturón, ponerse las pilas y trabajar duro. Apretarse el cinturón va en contra del principio elemental del asistencialismo que las izquierdas defienden: si se demuestra que los ciudadanos sí pueden vivir sin el papito Estado, se les viene abajo el plan de subsistencia. Por otra parte, ponerse las pilas y trabajar duro va en contra de esta suerte de flojera nacional que se ha instalado en Chile, desde la educación escolar en adelante, donde la ley del mínimo esfuerzo y la sobre abundancia de feriados se transformó en norma y en virtud.

Las sociedades están hechas de ciudadanos, por tanto a todos les cabe un rol. En tiempos de guerra todos tienen que aportar al esfuerzo colectivo de defender a la nación: algunos enlistándose, otros trabajando el doble para poder cubrir los puestos de trabajo de quienes se enlistaron, reducir el malgasto para cuidar las finanzas en una economía de guerra, y así por delante.

Chile no está en guerra contra un enemigo que tiene sus cañones dirigidos a nosotros: Chile está en guerra contra la corrupción, contra el estado ineficiente que malgasta nuestros recursos y contra el derrumbe moral. Si queremos salir adelante, tenemos que preguntarnos qué podemos hacer cada uno de nosotros para remediar una o más de estas áreas. La contribución más simple radica en comprender e interiorizar que Chile somos todos nosotros y, así como cuando hay que ajustar la economía familiar apagando luces y comiendo simple sin reclamar, partamos por volver a ser ciudadanos conscientes y no niños reclamones.