La Patria, Gabriela Mistral y la Guerra del Pacífico

José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura, Historia, Religión, Sociedad

La semana pasada se conmemoraron dos importantes aniversarios para la historia de Chile. El 5 de abril de 1879, unos treinta días después de que lo hiciera Bolivia, y pocos meses después de la toma de Antofagasta, Chile le declaró la guerra a Bolivia y Perú, dando inicio oficial a la Guerra del Pacífico (1879-1883/1884). Diez años y dos días después, nacería en Vicuña, en la actual Región de Coquimbo, Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga (1889-1957), mejor conocida como Gabriela Mistral.

Ambas efemérides están fuertemente relacionadas. La Guerra del Pacífico fue uno de los eventos clave en la cristalización de nuestra unidad nacional, concretamente por la gesta heroica de Arturo Prat que conmemoraremos en poco más de un mes más. El patriotismo chileno, vigorizado en el conflicto contra Bolivia y Perú, sería retratado por nuestra poetisa, reconocida con el Premio Nobel de Literatura en 1945. En el albor de la fundación de Chile, Alonso de Ercilla y Zúñiga le contaría al mundo en su vitoreado poema épico La Araucana acerca de la valentía de los araucanos y españoles que darían origen al pueblo chileno. Trescientos cincuenta después, Gabriela Mistral escribiría en Magallanes “El patriotismo de nuestra hora”.

En dicho texto, recopilado en 1977 por Roque Esteban Scarpa en La desterrada de su patria, señalará que “Nuestra historia nacional no necesita ser cantada en un poema para embellecerse. Es hermosa como un canto, de su primera a su última página”, al punto de que “Hasta nuestros hombres más discutidos son grandes. Las horas de mayor confusión son breves, y casi siempre, son transiciones de un estado a otro mejor”. 

En honor de nuestro mayor héroe dedicaría bellas palabras: “Es hermosa nuestra historia, y para dar en una narración a nuestros hijos la llamarada del heroísmo, no necesitamos recurrir ni a Grecia, ni Roma, si Prat fue toda Esparta”. En sus palabras, nuestra historia “es sobria y simple, como un mármol clásico; la guerra de la independencia, dura y victoriosa; el período de organización, más breve que en cualquier otro país de América; la Guerra del Pacífico, en la que no lanzamos, recogimos la invitación a un desafío desigual y formidable. Y hemos de insistir en la justicia de nuestras guerras, para aventar la acusación gravemente odiosa de nación militarista que nos han formado”.

Para su tiempo, y para el nuestro, Gabriela Mistral enseñaría que “A la nueva época corresponde una nueva forma del patriotismo. Es necesario saber que no es sólo en el período guerrero cuando se hace patriotismo militante y cálido. En la paz más absoluta, la suerte de la patria se sigue jugando, sus destinos se están haciendo”. El tiempo actual “Es una hora para los hombres justos, y para los pensadores. Nunca ha sido tan necesario como hoy, meditar y actuar sucesivamente, y con todas las fuerzas del alma. Y nunca tampoco ha sido más imperiosa la necesidad de una colaboración colectiva”. Si “Muchas veces han sido llamados a decidir sólo los hombres intelectuales en las reformas”, “Ahora todas la voces son demandadas y tienen igual acceso la cátedra y la fábrica en la discusión del bien común”. 

“¿Cuáles son las virtudes que exige a sus fieles el nuevo patriotismo […]?”, se preguntaba Lucila Godoy hace 107 años, un año después de terminada la Gran Guerra, aquel conflicto fratricida que cerró el siglo XIX y abrió la vigésima centuria, marcada por la guerra, el totalitarismo y los proyectos ideológicos. “Primero, el trabajo, la actividad como deber de todos, pero desarrollada con alegría, para lo cual ha de perder lo brutal que tiene en ciertas faenas”, respondería Mistral. 

A lo que a continuación añadiría: “La segunda virtud de este patriotismo ha de ser la elevación de la cultura”, la que argumentará con gran extensión. Entre otras razones, diría que pese a que “Hasta ahora no ha sido ella una obligación común” y “poseerla parece dichosa excepción”, la cultura “Forma parte de la dignidad humana”, por lo que “no ha de dejarnos satisfechos aquella semicultura que suele ser cosa tan triste como el analfabetismo, porque no teniendo la capacidad verdadera, tiene la pretensión y suele recibir hasta los honores de la cultura real”. No, “Necesitamos una cultura general e intensa que, en los mejor dotados por la naturaleza, será la fuente natural de descubrimientos científicos y de obras de arte y en los peor dotados, dará la comprensión honrada de la labor de aquéllos”.

La patria es la tierra de nuestros padres y, como a ellos, nos corresponde honrar a nuestros héroes. Arturo Prat es el más grande de ellos, y Gabriela una de las más grandes literatas de este hermoso país llamado Chile. Cerraba su ensayo ofreciendo una laudatoria a “Todos estos que he enumerado, exploradores, obreros, maestros, han hecho un pueblo, y no hay nada más grande que realizar en el mundo. Por sobre las diferencias de faenas, los unifica hasta confundirlos al fin y el resultado de belleza. Ni todos hablan nuestra lengua ni en todos está nuestra sangre. ¡No importa! A una patria le basta tener leyes justas, para hacerse amar; le basta para incorporarlos a ella ofrecerles una tierra vasta, y esta patria, como cualquiera otra, para ser noble ha de tener, como Cristo, abiertos sus brazos hacia todos los hombres de la tierra”.