El Jaime Guzmán que se olvidó

Álvaro Vergara | Sección: Historia, Política, Sociedad

El 1 de abril se cumplieron 35 años del asesinato del senador Jaime Guzmán. Con motivo de cada aniversario, se organizan homenajes en su memoria. Jóvenes y no tan jóvenes participan, reflexionan y recuerdan en esas instancias los hitos de la vida del fundador del gremialismo.

Guzmán suele ser recordado por su legado partidista y, en menor medida, por su producción intelectual. Sin embargo, ambas dimensiones forman una unidad y ha sido un error separarlas. En círculos políticos, se recurre a su figura como un referente de lo correcto y, luego, se repiten ideas que circulan de segunda mano en dichos entornos.

Es cierto que se han realizado esfuerzos notables, como la edición de sus obras completas o la preservación de su archivo por la Fundación Jaime Guzmán. Aunque adentrarse en sus escritos parece exigir una curiosidad intelectual poco común. La ausencia de esta disposición ha llevado a que muchos reivindiquen a Guzmán mientras libran batallas culturales poco sofisticadas, alejadas de lo que realmente representó.

Hay una dimensión en la que Jaime Guzmán destaca como intelectual (y también como político) de primera categoría: su capacidad, sutil y poco común, para desvelar misterios del espíritu humano. Allí radica una diferencia fundamental: Guzmán no fue un simple agitador. Practicó, a lo largo de toda su vida, una operación singular: se valía del impulso místico de la Sagrada Escritura para escudriñar el alma humana y, cuando era posible, trasladaba esas intuiciones al ámbito público.

Guzmán no fue un Carlos Peña, en el sentido de un intelectual erudito en amplias disciplinas; era más bien un apasionado, un hombre de los libros justos. Y su influencia práctica fue mayor, porque su pensamiento estuvo al servicio de un propósito colectivo.

Por eso, Guzmán destacó, ya que logró articular con profundidad una doctrina con propuestas concretas. Su pensamiento iba más allá del positivismo y de la superficialidad imperante, pero supo servirse de ambos para transmitir su mensaje y alcanzar sus objetivos; de ahí, por ejemplo, su manejo de la técnica constitucional desde la Doctrina Social de la Iglesia.

Se trató, además, de un hombre de formas humildes (en esto siguió a Jorge Alessandri y a Jaime Eyzaguirre), motivado por inquietudes intelectuales y por una vocación de transformación social. Su conexión con la espiritualidad cristiana le otorgaba un horizonte distinto, alejado de quienes piensan que, para entrar en política, basta con aprender un par de minutas y salir a “destrozar zurdos” en redes sociales.

La figura pública guiada por ambiciones personales o por el afán de aplausos no puede compararse con el olvidado Jaime Guzmán.

Quizá algunos de los textos que reflejan el carácter descrito son “Los valores morales” y “El sentido del dolor”, disponibles gratis en internet en sus escritos espirituales. En el primero, Guzmán defiende la “austeridad y sencillez, por contraste con la derrota o la frivolidad de aparentar”; en el segundo, explica que el dolor tiene un significado que conecta al hombre con lo trascendente. Su tesis es firme y honesta: a veces es necesario buscar el bajo perfil y la humildad como servicio.

¿Cuántos políticos (y académicos) representados por Guzmán podríamos vivir hoy de esa manera?

Por motivos atendibles, existe un muro entre lo que representó Guzmán y la conducta de muchos de los nuevos políticos que se autodenominan la “nueva derecha”. El presidente de la República, sus ministros y varios asesores, así como personas en los partidos, trabajan desde la disposición guzmaniana y reflejan, en buena medida, su espíritu republicano. Pero, el surgimiento de liderazgos estridentes y poco controlables puede hacer que el trasfondo de lo que motivaba al fundador del gremialismo se diluya dentro de la derecha.

Y una de las razones es la polémica barata en espacios institucionales.

La disputa es inherente a la política. No obstante, el aprovechamiento interesado que se hace de ella es muy distinto. En ese sentido, Jaime Guzmán dio siempre el ejemplo: interpelaba de frente al adversario, aunque de manera elegante y sofisticada. Poseía principios doctrinales prepolíticos bien definidos y, sobre todo, se guiaba por una búsqueda de la finalidad trascendente de la vida. Recordarlo implica reconocer que esa exigencia sigue vigente, y que invocar su nombre sin enfrentar este dilema es, en el fondo, una forma de olvidarlo.

“Nostalgia de Vásquez de Mella” es el título del texto que el padre Osvaldo Lira, maestro de Guzmán, dedicó al destacado pensador español. La derecha, por su parte, podría practicar la nostalgia de Guzmán para impregnar su acción de estas virtudes y así reducir el egocentrismo que la amenaza. Con su proyecto y sus verdaderos herederos en el poder, se necesita menos chillerío en el Congreso y más sofisticación en las formas por quienes se sienten representados por él.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Ex-Ante el lunes 6 de abril de 2026.