La reina que el feminismo borró
Isabel San Sebastián | Sección: Arte y Cultura, Historia, Política, Sociedad, Vida
La primera mujer realmente poderosa de nuestra historia, hoy algunas dirían “empoderada”, fue leonesa y vivió en el siglo XII. Se llamaba Urraca Afónsez, aunque la maledicencia misógina de los cronistas le endosó el apodo de “Temeraria”, gobernó sus dominios nada menos que diecisiete años y fue a morir un 8 de marzo de 1126. Pocas veces el destino ha hecho un guiño tan descarado a las generaciones futuras. Muchísimo tiempo antes de que ese día fuese escogido para reivindicarnos a todas, ella rendía el alma en el castillo de Saldaña, como si el azar hubiese decidido esculpir de antemano en piedra la fecha en la que honramos, supuestamente, a la mitad femenina de la población. Y digo “supuestamente” porque en realidad ese homenaje ya no abarca a todas las mujeres, sino únicamente a aquellas que encajan en el modelo sectario del feminismo oficial; es decir, a las que abrazan ciegamente los dogmas sagrados de la izquierda, desde el aborto a las cuotas, la discriminación positiva o los privilegios legales. Quienes rechazamos ese planteamiento y entendemos que ser feminista es reivindicar igualdad entre hombres y mujeres no cabemos en ese esquema. De ahí que Urraca de León, la primera soberana de pleno derecho en Europa, no merezca ser recordada por las valedoras de la “sororidad” a pesar de haber abierto, antes que ninguna otra, el camino por el que ellas transitan hoy con total libertad.
No tuvo una vida fácil esa pionera destinada a ceñirse la corona y empuñar el cetro del poder en una sociedad que no concebía ser gobernada por una mujer. La casaron, contra su voluntad, con un rey que solo ansiaba su trono e hizo todo cuanto pudo en el empeño de someterla, hasta el punto de encerrarla en una fortaleza, invadirle el reino con sus tropas e infligirle malos tratos físicos que ella denunció por escrito. Condenada a una soledad abrumadora en un mundo construido a la medida de los varones, podría haber cedido el mando a su esposo y retirarse a una existencia plácida, pero prefirió luchar para defender lo que era suyo. Rehusó optar por la comodidad y abdicar su responsabilidad en su marido o en su hijo, a costa de pagar un altísimo precio personal. Sufrió terribles consecuencias por atreverse a reinar y nunca se consideró menos investida de autoridad que cualquiera de los reyes que la habían precedido, nada de lo cual ha impedido la cancelación oprobiosa que su figura ha sufrido por parte de las que aseguran trabajar por derribar barreras, darnos visibilidad y erradicar la violencia de género.
Mañana se cumple el noveno centenario del fallecimiento de esta gran reina sin que ni el Gobierno que presume de feminismo ni el movimiento al que subvenciona hayan tenido a bien organizar algún acto conmemorativo. La única duda que me cabe es si este deprecio obedecerá a su infinita ignorancia o a que Urraca I firmó varios de sus documentos como “emperatriz de España”.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por ABC el viernes 6 de marzo de 2026.




