Cambio de mando

Álvaro Ferrer del Valle | Sección: Arte y Cultura, Política, Sociedad

En El Señor de los Anillos, Tolkien parece entender que el poder puede ejercerse de dos maneras profundamente distintas. Una consiste en presentarse como el protagonista de la historia; la otra consiste en servir a una historia que ya existía antes de uno.

Denethor, el administrador de Gondor, termina creyendo que el reino depende de su lucidez personal. Está convencido de ver con más claridad que los demás; se siente rodeado de mediocridad y, por lo mismo, moralmente superior. Desde esa altura psicológica contempla al pueblo casi como si fuese ignorante. El poder se vuelve entonces una especie de monólogo. El gobernante habla mucho de salvar al reino, pero cada vez parece más solo dentro de él.

Aragorn, en cambio, pasa décadas sin trono ni título visible. Trabaja, combate, se equivoca, se levanta. Vive como soldado, capitán, caminante. Cuando finalmente llega el momento de la corona, nadie tiene la sensación de que esté tomando el poder; más bien da la impresión de que el poder estaba esperando a alguien que hubiese aprendido primero a cargar mochilas, dormir a la intemperie y obedecer órdenes.

Algo semejante parece insinuarse hoy en la vida pública de nuestro país. No se trata de un simple cambio de ciclo político. Es, antes bien, ocasión para responder una pregunta más antigua y profunda: qué tipo de autoridad queremos reconocer. Para ello basta comparar.

Hay, a mi juicio, una diferencia moral muy profunda entre ambos estilos de autoridad. El primero creía que gobernar consistía en transformar la realidad según una visión personal. El segundo entiende que gobernar consiste, ante todo, en cuidar una realidad que no nos pertenece.

El primero solía manifestarse con una cierta teatralidad juvenil. Desconfiaba de los símbolos tradicionales del cargo, sospechaba de las formas y prefería los gestos espontáneos. Creía que la autoridad se legitimaba por la intensidad de las convicciones y las citas poéticas. Pero esa misma intensidad terminó sustituyendo la experiencia. El resultado fue una autoridad muy segura de sí misma en el plano moral y bastante deficiente en la conducción práctica.

El segundo estilo es más sobrio y, si se quiere, menos vistoso. No habla demasiado de sí mismo ni de su misión histórica. Suele aparecer acompañado de dos cosas muy poco espectaculares: años de trabajo y una familia detrás. Su autoridad no nace de una autoafirmación sino de una biografía.

Esa biografía suele comenzar en la humilde escuela de la familia. Allí se aprende que antes de gobernar una república hay que haber aprendido a gobernarse a sí mismo, y que la primera comunidad que educa en la responsabilidad no es el Estado ni la ideología, sino el matrimonio y la casa.

Tiene además un rasgo que nuestra época tiende a mirar con cierta incomodidad y que, sin embargo, es decisivo: una fe que no se esconde. No aparece como espectáculo ni como consigna, sino como una convicción serena que ordena la vida entera y todos sus ámbitos, públicos y privados. Lejos de apartarlo de la realidad, esa fe lo fija en ella con mayor firmeza: quien aprende a mirar al cielo suele terminar pisando la tierra con más cuidado. La autoridad que reconoce algo por encima de sí misma gobierna con mayor sobriedad que aquella que se cree la instancia última de juicio.

La comparación ofrece un criterio sorprendentemente simple. El gobernante auténtico no es necesariamente el más brillante ni el más carismático, tampoco el más espontáneo y menos aún el más revolucionario. Es aquel cuya presencia produce un efecto muy particular: la vida común comienza a ordenarse de nuevo. Las instituciones recuperan gravedad. Las palabras vuelven a significar algo. Las formas y tradiciones reaparecen. Y las personas sienten que el país ya no es un experimento, sino un hogar.

Por eso, cuando Aragorn es coronado, no promete un mundo nuevo. Dice que es tiempo de sanar el reino, porque “las manos de un sanador son las manos del rey”. Y quizá ese sea el verdadero signo del cambio de mando: no la llegada de un gobernante que pretende rehacer el país según su imaginación, sino la aparición de uno que recuerda algo más simple y definitivamente más sensato: que un país no se inventa; se cuida.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Líbero el lunes 16 de marzo de 2026.