8M: las guerras a las que decimos “sí”
Juan Soto Ivars | Sección: Arte y Cultura, Política, Sociedad, Vida
Hoy es el día de la mujer, pero no de cualquier mujer. El Estado se ha estado gastando dinero en actos de calentamiento toda la semana. Los hubo por todas las comunidades autónomas, en los municipios, las universidades, las charcuterías, los colegios de monjas y las diputaciones. En estos actos se describe esa mujer particular a la que se refieren los fabricantes de ochoemes: la que cumple determinadas condiciones. La UGT repartió unos premios feministas, por ejemplo, y una de las galardonadas fue la tertuliana que acababa de poner una denuncia falsa a la vista de todo un país.
Poner una denuncia falsa para erigirse en víctima no es un problema, es una ventaja. Partimos de la base de que convirtieron en santas laicas a Juana Rivas o María Sevilla, condenadas por sustracción de menores e indultadas luego por el Gobierno; de que dedicaron semanas a convencer a un país de que Luis Rubiales es un depredador sexual; de que la Fiscalía “informa” de que los fraudes en la ley de violencia de género representan sólo el 0,001 por ciento; de que alertaron de una epidemia de pinchazos de sumisión química en discotecas para justificar el gasto en puntos violeta; de que, en definitiva, llevamos más de veinte años así y sólo en los últimos tiempos hay quien devuelve la papilla.
La premiada por UGT, Sarah Santaolalla, había contado que Vito Quiles la golpeó, pisoteó y empujó hasta mandarla al hospital y, para demostrarlo, se paseaba con un cabestrillo verde por los platós y hacía muchos pucheros. Lo llamativo es que la “agresión” estaba grabada y el vídeo dejaba claro que todo era mentira. Para contrarrestar esta evidencia, la propaganda sacó músculo. Los programas pedristas de la tele arroparon a la denunciante, tuitearon a su favor varios miembros del Gobierno (Bolaños, Redondo, López, etc.) y al final le dieron ese premio: un trofeo con letras moradas en las que se leía la palabra “sororidad”, que es el tipo pagano de fe que unas mujeres reciben y otras no.
No recibió sororidad Begoña Villacís cuando la escracharon a punto de dar a luz, ni la menor tutelada de la que abusó el exmarido de Mónica Oltra, ni las señoras que enviaban mensajes al buzón para denunciar el acoso interno en el PSOE, ni Lucía Etxebarría cuando la perseguían y difamaban los esbirros de Irene Montero, ni la iraní Masih Alinejad, que ha estado esta semana en Madrid contando lo que supone nacer hembra en su país, sin que UGT haya considerado conveniente darle un premio.
La presencia de Alinejad en Madrid ha sido sensacional, considerando sus efectos paradójicos. Dado que Pedro Sánchez ha decidido aunar en las pancartas de este 8M el “no a la guerra” (de Trump) con el tradicional “sí a la guerra” (de sexos), cualquiera hubiera pensado que una iraní feminista era la figura adecuada para los eventos. Sin embargo, Alinejad vino invitada por el PP, y comadreó con Cayetana Álvarez de Toledo y para colmo tachó de hipócrita la postura pacifista del Gobierno, considerando que en Irán hace casi medio siglo que un invasor misógino aplasta belicosamente a las mujeres sin que la famosa legalidad internacional haya movido un músculo.
Alejemos el foco, porque da risa. Al mismo tiempo, tenías a gente en una sala arropando a una iraní a la que los ayatolás han intentado matar tres veces, y en otra, a gente arropando a una tertuliana que dice que la agredió Vito Quiles aunque un vídeo demuestra que es mentira. Para el feminismo de Estado, productor de ochos de marzo, la segunda es una víctima y la primera es un fastidio.
Ante todo lo leído, ¿cómo extrañarse de que el feminismo institucional se haya ido volviendo paulatinamente indeseable para más y más personas convencidas de que la igualdad es algo muy importante? La última encuesta de FAD deja clara la tendencia: un número admirable de mujeres y hombres considera el feminismo una ideología política y la igualdad algo deseable y normal. Hay quien no comprende, quien agarra el diccionario de la RAE y se pregunta cómo es posible que cada vez más personas, en particular jóvenes, quieran la igualdad pero rechacen el feminismo.
Yo lo veo perfectamente normal. Feminismos hay muchos, y entre ellos muchos diagnósticos honrados. Pero el feminismo institucional y su narrativa de género han devorado por completo la honradez y pervertido por completo las buenas razones de las filósofas. El feminismo institucional no sólo rechaza a las mujeres que no encajan en el molde ideológico; no solo ha elevado a los altares a farsantes manifiestas; no sólo ha sido insensible a los problemas masculinos provocados por sus políticas, sino que ha agravando finalmente la desigualdad y fomentado la guerra de sexos.
Durante veinte años, el Estado ha ocultado y negado las consecuencias perversas de sus medidas, exagerado sus éxitos, promovido nuevas formas de discriminación y machacado al personal con una propaganda del rencor que hace a los hombres nacidos hoy culpables de los pecados cometidos por los que murieron hace cien años. A la luz de la realidad, los resultados de la encuesta de FAD no deberían sorprender a nadie. Es normal que hoy haya más gente que distingue entre igualdad y desigualdad, y que cada vez más mujeres busquen la autonomía fuera del ministerio. Era perfectamente previsible que niños criados en este sistema comprendieran la distancia entre el relato y la verdad. Una sociedad sana es la que se defiende de la manipulación.
Las mujeres tuvieron que emanciparse de las órdenes y mandatos de una sociedad hecha con moldes. Tuvieron que rechazar consejos paternalistas y hasta incumplir leyes para liberarse de la condición de niña eterna que les endosaba la tradición patriarcal. Tuvieron que asumir responsabilidades nuevas y obligar a los hombres a compartir cargas en casa. Todo esto iba pasando, se avanzaba, pero todo se convirtió en un negocio. El feminismo de Estado vino a decir a las mujeres otra vez cómo tenían que pensar y comportarse. De nuevo había que cumplir normas. De la cuerda vieja a la cuerda nueva, del espejo antiguo al espejo moderno, como pasa con todas las revoluciones: la emancipación empezó a comportarse como una tiranía.
Hace ya mucho tiempo que los padres no quieren que sus hijos estudien ingeniería y sus hijas cuiden enfermos. Hace mucho tiempo que la sensibilidad se afinó y se desarrolló. Hace ya mucho tiempo que los viejos roles se pusieron en cuestión. Pocos hombres se escandalizan por tener una jefa o una presidenta autonómica. Pocas mujeres se contentan con dar hijos y callar. Las discriminaciones existen, pero no vienen ya todas del mismo lado. Mucha gente se da cuenta, pero que nadie se preocupe. No es la igualdad, sino el negocio, lo que está amenazado.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por ABC el sábado 7 de marzo de 2026.




