Otra tarea pendiente: revitalizar los rituales y las formas republicanos

Joaquín Muñoz López | Sección: Historia, Política

Hace unas semanas tuvimos una elección en que el principal derrotado fue el comunismo. No obstante, esta impresión generalizada esconde un peligro: ser una percepción equivocada. Esta impresión nos expone a una eventual percepción: creer que al comunismo y a todos sus derivados se les derrota en el frente político, sosteniendo así que la batalla cultural no reviste mayor importancia, que la hegemonía frente al comunismo se puede mantener sin cuidar las formas, bastando el fondo. Así, por ejemplo, una buena política habitacional sería bien recibida por la ciudadanía sólo por el hecho de ser buena, sin importar cómo se le difunda ni cómo se enfrente a sus detractores.

El Gobierno del presidente Kast no debe perder de vista cuán importante pueden llegar a ser el ritual y las formas republicanos. Se ha hablado mucho de un Gobierno de emergencia –incluso de unidad nacional (una exageración)– y de las tareas prioritarias que éste tiene por delante. Aparecen aquí la seguridad, el crecimiento económico, la inmigración descontrolada, el terrorismo, etc. Todos problemas indiscutibles que deben solucionarse para el buen funcionamiento del país.  Sin embargo, casi no se habla, al menos, en público, de cómo revitalizar la institución de la Presidencia o de cómo redignificarla, tan venida a menos después de cuatro años de un estilo circense, y junto con ésta todo el sentido y concepto de autoridad.   

En una sociedad como la nuestra, poseedora de una cultura política presidencial y presidencialista, se espera que el Presidente de La República esté por “sobre el bien y el mal”, que sea un referente positivo, una especie de padre o de hermano mayor a quien emular. No puede entonces el Presidente comportarse como un simple ciudadano de a pie, ni mucho menos peor que éste. Dentro del comportamiento ejemplar, sin duda, está el ideal portaliano de “gobernantes modelos de virtudes y patriotismo”, pero también, los rituales y las formas en que se expresa dicho comportamiento, por ejemplo, un gobernante podrá ser muy virtuoso y patriota, pero no se le respetará del todo si no tiene un mínimo de modales.

La izquierda en su afán refundacional trata de cambiar de raíz todo lo que le suene a “burgués”, partiendo por lo más simple: los rituales y las formas republicanos. Las formas son tan importantes que pueden hundir o catapultar un proyecto político, algo que los ideólogos de izquierda saben bien, por ello, se han empeñado en romper con la tradición republicana formal. Desde siempre, deseosa de terminar con nuestra tradición política, la izquierda ha tratado de imponer sus términos para dar paso a un nuevo régimen, habiendo sido referente el modelo soviético y ahora la Venezuela de Chávez, entre otros. Sin embargo, la histórica fortaleza de nuestra institucionalidad ha resistido siempre, muchas veces “pidiendo agüita”, por ello, los ataques que recibe son constantes y de diversas maneras.

Uno de los primeros ataques a las formas republicanas fue muy sutil, advertida sólo por los entendidos en la materia. En 1938, asume el gobierno el Frente Popular, integrado, entre otros, por el Partido Radical y el Partido Comunista y liderado por Pedro Aguirre Cerda, el candidato triunfador, quien fue el primer presidente que no juró, se limitó a prometer. No es un detalle menor, sobre todo en esa época. Esto significa que la solemnidad de la Presidencia queda un peldaño más abajo, ya no es un compromiso ante Dios, sino sólo ante la ciudadanía. Lo divino cede ante lo mundano. Décadas más tarde, el Altar de La Patria (lo solemne) es reemplazado por la Plaza de La Ciudadanía (lo mundano), obra del presidente socialista Ricardo Lagos.

Uno de los cambios más significativos ocurrió en 1970 en la transmisión de mando. El presidente Allende, además de prometer, no se presentó de gala (sus ministros tampoco). Se trataba de una “práctica burguesa”, con ello, se luchaba contra la solemnidad republicana. Allende, vestido como cualquier oficinista, apareció en el retrato oficial del Presidente de La República. Todo esto era y es otro frente abierto por donde concretar el proyecto izquierdista: el cambio de los rituales y las formas republicanos.

Se dice que el Gobierno del presidente Boric ha sido el peor, por lo menos, desde 1990. Claro, si su luna de miel duró la nada misma. Como prueba de lo anterior, basta con comparar el segundo Gobierno de la presidente Bachelet con el actual Gobierno, pronto a terminar. Salvo en crecimiento económico, Boric le gana a Bachelet; 2% contra 1,9%, respectivamente. En los demás indicadores, inflación anual, inflación acumulada y desempleo sucede lo contrario. No obstante, la segunda administración Bachelet terminó siendo más perjudicial para el país. Boric deja un legado inexistente, un Gobierno ausente generador de graves problemas, pero problemas que con eficiencia y esfuerzo se pueden subsanar. Por su parte, Bachelet 2 dejó un “legado casi escrito en piedra”: sus famosas reformas, cuál de todas más perjudicial que la otra. Es muy difícil revertirlas. Entonces, ¿por qué dicho Gobierno tuvo más apoyo popular que el actual Gobierno? Porque hay un constructo del mercadeo político que no ha descuidado las formas, tan exitoso que pareciera que la población le perdonara todo a Michelle Bachelet. 

Ella fue presentada, con bombos y platillos, como la primera mujer Ministra de Defensa, cómo si eso significara algo. Esto no es para nada extraordinario con una izquierda predicando igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Apareció así en la escena política nacional, “una mujer amorosienta, una gordita mostrando más debilidades que fortalezas, lo que la hacía intocable, no se le podía criticar, la niña buena que todos teníamos que querer”. Su capital político creció tanto que, pese a toda su mediocridad como gobernante, aún sobrevive y pesa demasiado.

¿Qué origina esta diferente evaluación entre ambos mandatarios? Muy simple: el respeto a los rituales y formas republicanos (aunque Michelle Bachelet no es un referente, no llegó a los extremos de Boric). Los izquierdistas ya habían aprendido la lección: los cambios deben hacerse paulatinamente para que la población los acepte. ¿Qué pasó entonces? Una generación de jóvenes delirantes e irresponsables llegó al poder.

Esta generación asumió el poder con la firme convicción de instaurar un régimen de izquierda, algo que nadie había logrado. Un proyecto refundacional de tomo y lomo. Un cambio funcional a este proyecto era destruir los rituales y las formas, por ello, el presidente Boric empezó con su particular estilo, lleno de malos modales, de actuaciones vergonzosas y faltas al protocolo. Todo esto terminó con la luna de miel antes de tiempo, luego ya no pudo revertir la crisis de popularidad. Quedó así demostrado una vez más lo mucho que el pueblo chileno espera del Presidente de La República y lo claro que es para diferenciar una institución permanente del Estado de lo que es circunstancial.

Esto de combatir los rituales y las formas tuvo su pausa durante el Gobierno Militar. En los actos más solemnes, el presidente Pinochet se presentaba con la máxima gala que le permitía el protocolo militar, al igual que sus ministros uniformados, por su parte, los ministros civiles hacían lo mismo sólo que a la usanza civil. Su retrato oficial también era solemne; de pie junto a su escritorio, sencillo, pero elegante. Luego de él, desde 1990, volvió la práctica de no andar de gala, iniciada por el presidente Allende. Los presidentes de nuevo se mostraban como un ciudadano de a pie que tiene que andar formal en su trabajo, incluso sin banda presidencial o sin corbata. Así es difícil que al Jefe de Estado se le “mire hacia arriba”, que se le respete como tal, si no tiene la voluntad de dignificar su alta investidura. No es simple casualidad que desde ese año estemos asistiendo a la progresiva y rápida pérdida de todo tipo de autoridad, partiendo por la autoridad presidencial, el principal referente sobre esta materia.

“Ni Boric usa corbata, ¿por qué tendría que usarla yo?”. Es un lugar común para mucha gente, lo que ha redundado en la falta de respeto hacia el presidente Boric. Él una vez exigió respeto, pero el respeto no se exige; se gana.

Era necesaria toda esta digresión para entrar de lleno en una de las tareas del próximo Gobierno, a saber, recuperar los tradicionales respeto y obediencia a la autoridad, partiendo por el Jefe de Estado, que hace de punto de partida y de referente para que las instituciones de la República y de la sociedad puedan funcionar, en general, dentro de ciertas normas. Cumplir con esta tarea es sencillo y de vital importancia, aunque no lo parezca. Si no se respeta al Presidente, no esperemos que sea respetado un carabinero de bajo rango.

El presidente Kast debe hacer uso de todas las facultades que le confieren la Constitución y las leyes cuando el orden social esté en peligro y no puede abandonar a quienes colaboran en esta tarea. Por otra parte, también debe retomar los rituales y las antiguas formas republicanas. Ciertos eventos gubernamentales exigen buena presentación de los participantes, se debe andar de gala. No puede ser que eventos del espectáculo u otros sean más solemnes que el cambio de mando o la parada militar, sólo por la presentación personal de sus participantes. También sería muy útil y necesario volver a tratar al Presidente “Su Excelencia”.