“La piel de toro”: nostalgia de España

Yesurún Moreno | Sección: Arte y Cultura, Historia, Política, Sociedad

“En los últimos años se oye por dondequiera un monótono treno sobre la cultura fracasada y concluida. Filisteos de todas las lenguas y todas las observancias se inclinan ficticiamente compungidos sobre el cadáver de esa cultura, que ellos no han engendrado ni nutrido”, dice Ortega y Gasset en su proemio a La decadencia de Occidente (1918) de Oswald Spengler. Monótono treno que martillea el cadáver de la cultura española hegemonizada por un PSOE omnímodo…

Desde la tribuna del régimen, el pasado 10 de octubre, filisteos se inclinaban ficticiamente compungidos sobre un pedacito de lo que quedaba de la cultura española, el Café Gijón. Otra víctima más cae bajo las fauces de la gentrificación homologadora. El señor de las moscas de la globalización engulle historia y entre sus excrecencias nos devuelve un Gijón remozado por la franquicia Grupo Capuccino. ¡Qué horror!

El Gijón fue lo más cerca que tuvo España de un ágora. Un foro de tertulias apasionadas que congregó a la plana mayor de la intelectualidad y bohemia patrias: Federico García Lorca, Salvador Dalí, Rubén Darío, Gerardo Diego, Luis Buñuel, Ramón Gómez de la Serna, Eugenio d’Ors, Ramiro de Maeztu, los hermanos Machado, Ramón María del Valle-Inclán, Camilo José Cela, Fernando Fernán Gómez, César González-Ruano, Severo Ochoa, etc. El Gijón ha sido durante generaciones el sueño de una España no cainita. Una España sin peajes, en la que cruzar el rubicón ideológico no pasaba factura. Una España en la que la defensa de los principios y las convicciones no se traducía en el señalamiento y persecución del adversario político de nuestros días.

Los lugares, como ese viejo Café decorado con tonos carmín, catalizan y condensan la memoria dispersa, son diques de contención a la imaginación y le prestan densidad al mundo. Recuerdo el día en que un grupo jóvenes entusiastas –que no utópicos– nos reuníamos en el Gijón para inaugurar una tertulia mensual que, en honor a Maeztu (frecuentador del café madrileño), decidimos denominar “La Encina” y que, a pesar de mi exilio barcelonés o quizá gracias a ello, se sigue haciendo con la religiosidad y regularidad tan española del “cuando se puede”. Al núcleo irradiador Pedro L., Víctor N., Diego N. y un servidor, pronto se sumaron otros jóvenes brillantes que tienen mucho que decir y que hacer por nuestra magullada patria y su cultura: Daniel C., Julio Ll., Juan H., Carlos H., Dani dF., César A., Jacobo, Javier C., etc. 

Recuerdo también el día en que, aprovechando que el filósofo italiano Diego Fusaro venía al Teatro Pavón de Madrid a presentar su libro El nuevo orden erótico: elogio del amor y de la familia, recreamos a pequeña escala ese espíritu conciliador del Café Gijón en enero de 2023 Diego Fusaro, Esteban Hernández, Santiago Armesilla, Hughes, Víctor Lenore, Miguel Ángel Quintana Paz, Hasiel Paris y Álvaro Silva. Cada uno, de su padre y de su madre, sumaba su granito de arena para arreglar el mundo, sin membresías ni credenciales partitocráticas. Aquella misma tarde, por cierto, Fusaro y yo habíamos recorrido el Madrid de los Austrias de la mano del liberal más inteligente que he tenido el honor de conocer, el arquitecto Ignacio Vicens Hualde. Siempre que pienso en él, recuerdo las palabras de Carl Schmitt acerca del talante liberal: “Para mí lo liberal es, simplemente, una cuestión de temperamento. Existe el liberal como existe el colérico. Es, en pocas palabras, una dualidad del carácter, una forma antropológica. Yo soy un hombre liberal; no conozco a alguien con mejor tolerancia que la mía, y así… Pero si esto deviene un partido, será una desgracia”. Como Schmitt, tanto los integrantes de La Encina como los protagonistas de la junta rojiparda o pardiroja, lo mismo da, tenemos un talante liberal. Y esa es la España que perdemos si dejamos caer foros como el Café Gijón o como la Taberna Casamata.

Algo muy similar me sucede con el cierre de la joven y prometedora Taberna madrileña. Otro lugar de encuentro que se vio engullido por los inasumibles costes crecientes de la capital. Es una pena que no tengamos una burguesía nacional a la altura del momento histórico que decida reflotar proyectos culturales que tienen un valor en sí mismo (aunque no sea el de la rentabilidad económica). Como también es una pena que el Estado servil, denunciado por Hilaire Belloc ya a principios del siglo pasado, a pesar de la concentración de poder y recursos que ha experimentado en las últimas décadas sea incapaz de mantener todo aquello que no es rentable, aunque resulte a todas luces un bien social. Siento que, con el cierre de estos lugares que le prestan (y digo “prestan” porque toda obra humana es falible y entrópica) densidad al mundo, se llevan un pedacito de mi historia particular, sí, pero, ante todo, nos hurtan un pedacito de nuestra historia colectiva. Todo desaparece absorbido por el desagüe de la Modernidad turbocapitalista.

Lo cual me lleva a una anécdota personal… El mes pasado fui con mi amigo José Carlos Ibarra al mítico mercadillo de Los Encantes de Barcelona. Lo primero que me sorprendió es cómo ha cambiado la fisonomía del lugar. Lo segundo, el reemplazo poblacional de los vendedores. Sea como fuere, entre pilas y pilas de libros mal colocados, roídos, destrozados y pestilentes, encontré un libro que me llamó la atención por pertenecer a la Editorial Juventud de Falange. Lo interesante es que tal ensayo, titulado La piel de toro. Cumbres y simas de la historia de España (1944), es una obra que denuncia la pobreza moral e intelectual de nuestra época histórica. ¿Por qué?

1) En primer lugar, porque en cuanto abrí la primera página pude encontrar la siguiente dedicatoria: “A don Roque Nieto Peña, que vive lejos de la piel de toro sin dejar de amarla. Con un cordial saludo de Felipe Ximénez de Sandoval”. Ximénez de Sandoval, más conocido por su José Antonio (Biografía apasionada) (1941), en 1937 ocupó el cargo de jefe del Servicio Exterior de Falange. Tras el Decreto de unificación, fue destituido. Luego, en 1940 pasó a formar parte de un nuevo órgano denominado Consejo de la Hispanidad. En mayo de 1941 fue nombrado jefe del Gabinete diplomático del por entonces ministro de Exteriores, Ramón Serrano Suñer, convirtiéndose en su “consigliere”. Meses después, en agosto, fue nombrado delegado nacional de la Falange Exterior, y a partir de septiembre quedó a cargo de la supervisión de la prensa extranjera. No obstante, no deja de ser un falangista de segunda o tercera fila, por detrás de figuras notables como José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma, Ernesto Giménez Caballero, Dionisio Ridruejo, Onésimo Redondo, Rafael Sánchez Mazas, Pedro Laín Entralgo o Agustín de Foxá, entre otros.

Como digo, esa dedicatoria nos delata moralmente puesto que curiosamente estaba dirigida al abogado, poeta y periodista republicano Roque Nieto Peña, miembro de Izquierda Republicana (IR) que vivió y murió en el exilio en Puerto Rico y que, aun viviendo lejos de la piel de toro, no dejó de amarla… Efectivamente, la dedicatoria nos habla tanto de la amistad apartidista que profesaba Felipe Ximénez de Sandoval hacia su compañero republicano como del patriotismo amargo de un republicano en el exilio. Hoy, ambas posturas vitales resultan incomprensibles a ojos de los diversos sectarismos en disputa.

Por cierto, el libro se titula La piel de toro en referencia a la silueta geográfica que dibuja la nación española en los mapamundis. Fíjense en la delicada belleza con la que lo describe nuestro autor: “¿Cómo es esta Península en forma de piel de toro? (…). Otros países de Europa pueden definir su paisaje: Francia es la tierra hecha campiña; Inglaterra, la tierra hecha pradera y –más tarde– agujeros de ‘golf’; Bélgica, la tierra hecha suburbio; Holanda, la tierra hecha jardín; Alemania, la tierra hecha ciencia; Suecia, la tierra hecha bosque; Rusia, la tierra hecha maldición. Iberia es solamente la tierra hecha tierra sin ficción ni artificio. Y son trozos de tierra que se ponen en pie, las aldeas y los molinos, los hombres y las bestias. Tierra sagrada unida a sí misma, compacta, firme y eterna (…). Iberia –encinares salmantinos y extremeños, llanura con chopos burgalesa, planicie manchega con vides pequeñas y molinos, chozas de arcilla, yermos– paridora de sueños infinitos a la sombra de las espadas y las cruces… ¿Qué ha pasado sobre esta piel de toro ibérica, extendida al sol hace miles y miles de años? (…). Han pasado –tintineantes los cascos de sus fuertes caballos– los hombres más geniales o más locos por Dios creados. Han pasado los alientos de cien civilizaciones que no han podido moldearla a su imagen y semejanza. Ha pasado el dolor, ha pasado la muerte, ha pasado la gloria, ha pasado la miseria. Han surgido de esa piel de toro los caballeros y los pícaros, los santos y los guerreros más audaces, los más altos artistas y los más atrevidos navegantes… Verdaderamente ¿han pasado?… No. Están ahí, en ella. En la tierra hosca y dura (…). Cuando la Historia despierta de su letargo en Iberia una vez cada siglo, se advierte que esos hombres no han pasado. Los que fueron al morir a fundirse en la estirpe de la tierra, vuelven a resucitar en ella. Y la piel de toro (…) está ahí, bajo nuestros pies, que a veces vacilan en el rumbo porque los corazones han perdido de vista la verdad de sí mismos”.

2) Esto me lleva al segundo punto… La obra nos denuncia intelectualmente, porque hasta el escritor falangista menos prestigiado, de segunda o tercera fila, insisto, le da sopas con honda a cualquier plumilla o intelectual de nuestra generación.

Sin embargo, esta obra que denuncia la decadencia moral e intelectual que sufre nuestra piel de toro, es al mismo tiempo una melodía de esperanza y una llamada a la acción, porque “cuando la Historia despierta de su letargo en Iberia una vez cada siglo se advierte que esos hombres (los caballeros y los pícaros, los santos y los guerreros, los más altos artistas y los más atrevidos navegantes) no han pasadoy “la piel de toro está ahí, bajo nuestros pies”.

Yo he tenido el honor de re-conocer entre mis contemporáneos (de La Encina y de otros ambientes político-culturales en los que me muevo) los ecos telúricos de esa piel de toro tersa, dura y resistente. Prestos para la embestida político-cultural que acucia a esta maltrecha nación y desoyendo el monótono treno de los filisteos ficticiamente compungidos sobre el cadáver de esa cultura, que ellos no han engendrado ni nutrido, es nuestro deber moral restaurar, promover y construir lugares de encuentro, discusión y creación artística, política y literaria a la altura del Gijón o Casamata.

¡Viva la Madre Patria, tierra de los hombres más geniales o más locos por Dios creados!

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por IDEAS el domingo 18 de enero de 2026.