Impresiones de Venezuela

Alex Navas García | Sección: Historia, Política, Sociedad

Se están publicando en estos días muchos análisis sobre Venezuela. No me propongo añadir uno más, sino complementarlos con algunas vivencias personales.

En octubre de 2023 pasé ocho días en Caracas dando clase en varios centros académicos. Uno de ellos era vecino de la Dgcim (Dirección General de Contrainteligencia Militar), un gran edificio que ocupaba una manzana entera. Rodeado de alambradas y custodiado por soldados armados, había que parar para someterse al correspondiente control. Ahí los agentes cubanos interrogaban y torturaban a los presos políticos. En ocasiones, los gritos de las víctimas llegaban a la calle. Para taparlos, los torturadores hacían sonar una potente alarma que permitía disimular lo ocurrido en el interior: problema resuelto.

En el terreno de la tortura casi todo está inventado desde la más lejana antigüedad. Chávez y Maduro no han pretendido ser originales y han aplicado con diligencia recursos sobradamente probados. Por ejemplo, detenciones arbitrarias, de modo que nadie está a salvo. No es necesario significarse en la política para atraer el interés de las autoridades. Y las detenciones se realizan preferentemente en la calle o en espacios públicos y no en el domicilio o en el lugar de trabajo.  Así, los parientes o allegados tan solo advierten que alguien ha desaparecido sin avisar ni dejar rastro. La incertidumbre degenera enseguida en angustia y multiplica el sufrimiento. Conocí a una familia que tardó varios meses en saber que un joven de veinticuatro años estaba detenido: les avisó un compañero suyo de prisión que fue liberado. La misma incertidumbre atormenta a las víctimas, que ignoran los motivos y la duración del encarcelamiento. En ocasiones sí que hay comunicación con las familias: estas deben pagar, con dinero o en especie (favores sexuales incluidos) para poder ver a la persona detenida y entregarle bienes de primera necesidad –comida, ropa, útiles de aseo–. También deberán pagar para facilitarle un abogado defensor, todo un lujo. 

Decía antes que nadie está a salvo: la arbitrariedad se convierte en un poderoso factor de intimidación (y de conversación para los presos, que especulan intentando encontrar alguna regularidad en la conducta de sus carceleros para saber a qué atenerse). El gobierno ha detenido tanto a menores de edad como a mayores jubilados. El miedo se convierte en un fenómeno genuinamente transversal. Es el mecanismo clásico de las dictaduras, perfeccionado hasta el extremo por los regímenes totalitarios del siglo XX.

El sistema chavista se apoyaba en un trípode: ejército (que constituía un Estado dentro del Estado); alrededor de 20.000 cubanos, dedicados a tareas de inteligencia (en general, venían a Venezuela solos, sin familia: no tenían que temer por la suerte de sus parientes); y los carteles de la droga. Tres colectivos bien armados (con la excepción del ejército: se calcula que la mitad de los 70.000 soldados no disponía de armamento, por la desconfianza del gobierno, temeroso de que pudieran utilizarlo en su contra) y sin escrúpulos. Se entiende que durante tantos años la población haya sufrido en silencio, con el exilio como respuesta a la opresión. En Madrid o en Miami vimos aterrizar en su momento a los venezolanos adinerados, que casi provocan una burbuja en el segmento de las viviendas de lujo. Luego llegaron profesionales que, si no podían convalidar sus títulos, se vieron obligados a desempeñar oficios manuales: clásica estampa del juez o médico conductor de Uber o vendedor en un supermercado. Finalmente, salieron los más desfavorecidos, sin bienes ni dinero, que recorrieron miles de km a pie para acabar limpiando parabrisas de los coches en los semáforos de las grandes ciudades. Así los he visto en Santiago de Chile o en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Escuchar sus historias encoge el corazón.

Los que se quedaron en el país han sufrido penalidades sin cuento y nos han dado con frecuencia un ejemplo admirable. Conocí a la gerente de una cadena de radios no gubernamental, experta en lidiar con una censura implacable. Las emisoras independientes tienen la obligación de sintonizar los noticieros de la radio oficial. Justamente el día que hablé con ella me contó que acababa de recibir una llamada telefónica (nada se hace por escrito) del censor: “Ayer ustedes se conectaron unos segundos tarde. Tengan cuidado”

El gobierno ha ido perdiendo apoyo en la población, como quedó de manifiesto en las últimas elecciones generales. Incluso los supuestos “bastiones del chavismo” dieron la espalda a los candidatos oficiales y Edmundo González, nombrado candidato opositor a última hora, ganó con una mayoría abrumadora. El gobierno, que había manipulado impunemente los resultados de las votaciones anteriores, esta vez fue incapaz de hacer tragar el engaño, dentro y fuera del país. Su debilidad creciente lo hizo vulnerable para una intervención como la ordenada por Trump. Deponer al tirano no resulta difícil, pero recuperar la normalidad democrática será costoso. Los venezolanos se merecen toda la suerte del mundo en esta empresa.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Diario de Navarra el viernes 9 de enero de 2026.