El comportamiento de las izquierdas
Gonzalo Rojas Sánchez | Sección: Política
La respuesta a la duda sobre el modo en que las diversas izquierdas se comportarán durante el mandato del presidente Kast, debe considerar varias posibilidades. Son tantas y tan diversas las izquierdas que harán oposición al próximo gobierno, que no cabe sino plantearse en varios escenarios diversos.
En efecto, pueden reconocerse tres grandes grupos con representación parlamentaria –y un cuarto extraparlamentario– que configurarán esas izquierdas opositoras. Del modo previsible en que ellas se puedan combinar –o combatirse entre sí– depende la respuesta a esta gran duda.
Los tres grandes grupos con representación parlamentaria son, en primer lugar, la antigua Concertación, agrupando al Partido Socialista, al PPD, al Partido Radical y a la Democracia Cristiana; una segunda fuerza es obviamente el Frente Amplio, y el tercer conglomerado es el Partido Comunista, en alianza con partidos menores de carácter rupturista.
Fuera del sistema democrático, existirán y procurarán expandirse, agrupaciones desgajadas del comunismo, anarquistas y trotskistas, así como sus fuerzas auxiliares vinculadas al octubrismo delictual.
A estas agrupaciones, propiamente políticas, deben sumarse los conglomerados gremiales que estarán disponibles para los partidos que mejor puedan representar sus intereses, llevando ciertamente el Partido Comunista la delantera como la colectividad más afín con los sindicatos intransigentes.
Desde esa configuración, una primera posibilidad es que todas las fuerzas anteriormente mencionadas confluyan en una estrategia de oposición integralmente democrática, es decir mediante el voto parlamentario, de la fiscalización a través de los diputados, y del ejercicio de los legítimos derechos de reunión y asociación.
Un acuerdo de todos los grupos mencionados, en el sentido de participar en el régimen democrático sólo a través de las fórmulas permitidas por la Constitución, parece una quimera, simplemente un imposible, dada la existencia en las fuerzas de izquierda de agrupaciones parlamentarias y extraparlamentarias completamente contrarias a las prácticas y fines de la democracia formal. El Partido Comunista, buena parte de los militantes del Frente Amplio, anarquistas y trotskistas, así como las fuerzas de la primera línea en la calle, y las agrupaciones gremiales acostumbrabas a la defensa de privilegios, no estarán jamás disponibles para una política auténticamente democrática.
Esta posibilidad, por lo tanto, debe ser absolutamente descartada.
Un segundo escenario se presenta como el más factible. En él, se percibe al Partido Comunista y a los gremios bajo su control, en una actitud que iría de la movilización a la violencia rupturista de tono octubrista. Ese comportamiento ya anunciado en los documentos y en las declaraciones, constituiría al PC en la primera línea de combate contra el gobierno del presidente Kast, intentando copar esa estrategia ante el temor de que los grupos anarquistas y trotskistas pudieran ser la auténtica punta de lanza en la calle. El PC optaría así por una estrategia auténticamente insurreccional, confiando en que una eventual represión sangrienta le permitirá sumar a su causa a otras fuerzas más moderadas.
Para el Partido Socialista y su eventual Federación Socialista Democrática, una decisión comunista abiertamente antidemocrática y de lucha callejera, sería de gran ayuda en un primer momento, ya que le permitiría plantearse como la izquierda dialogante y sistémica. Pero en la medida en que la estrategia comunista pudiese tener el éxito de presentar al gobierno como represor y violador de los derechos humanos, el PS se vería enfrentado a la necesidad de reconocer a los comunistas como los auténticos luchadores sociales, a los que tendrían que sumarse como vagón de cola. Sería prácticamente imposible para los socialistas permanecer en una posición neutral entre un PC con las riendas de la oposición en la calle y un gobierno acusado de represivo.
En este cuadro, también para el Frente Amplio la situación se haría muy compleja. Inclinado sentimental e ideológicamente a cerrar filas con el Partido Comunista, tendría que definir si esa alianza tendría por objetivo derribar al gobierno del presidente Kast o posicionar más bien a Gabriel Boric o algún otro militante como Carta presidencial en 2029. Lo primero, la lucha rupturista junto a los comunistas en la calle podrías dejar a los frenteamplistas sometidos a la decisión del Comité central comunista, pero lo segundo implicaría también el riesgo de no aparecer suficientemente comprometidos con una oposición de “primera línea”.
La tercera posibilidad es que las fuerzas que hemos descrito anteriormente sufran procesos de rupturas internas que reconfiguren por completo el escenario de las izquierdas. Aunque resulte evidente que no todas las situaciones que a continuación describiremos se vayan a dar simultáneamente, es muy posible que algunas de ellas sí tengan lugar y, por lo tanto, las fuerzas opositoras se debiliten por el fraccionamiento que cada una de ellas –o al menos varios– puedan sufrir.
En concreto, se ha venido haciendo pública la existencia de dos fuerzas paralelas al interior del Partido Comunista. Si el grupo que lo controla, llamémoslos los ortodoxos, –es decir Lautaro Carmona y su gente– logran mantener el control del partido, existe la posibilidad cierta de que algunas de las fuerzas más identificadas con Jara, Cariola o Vallejo, abandonen la colectividad, ya sea para integrarse al Partido Socialista o a otras fuerzas de la izquierda más extrema, incluyendo al Frente Amplio, donde podría restablecerse el cuadrilátero Boric, Jackson, Vallejo, Cariola. Por supuesto, si el grupo comunista reformista lograra la hegemonía dentro del partido, los carcamales que hoy lo controlan permanecerían dentro, en una retaguardia disponible para retomar el control si las circunstancias lo permitiesen.
Por su parte, como el Frente Amplio tiene una larga historia cual acordeón, en que suma y pierde, pierde y suma, seguramente la autocrítica por la pésima gestión presidencial llevará a una parte de su dirigencia y de su militancia a buscar nuevos rumbos, algunos en el PC, otros en el PS, y los más, quizás, en el empeño por revitalizar fundaciones como la de Sharp: un Frente Amplio 2.0.
La situación del Partido Socialista y del PPD es diferente. Aunque es previsible que del PS emigren algunas figuras hacia el PC, si este quedara en manos del grupo Jara, lo más factible es que tanto socialistas como PPD se planteen una vez más la tantas veces postergada unión de ambas colectividades, incluso invitando a los restos del Partido Radical a una gran Federación Socialista Democrática, que pueda por tamaño y capital simbólico, presentarse ante el electorado como una izquierda confiable.
Por supuesto la Democracia Cristiana vivirá su propio proceso de transformación. Si Demócratas y/o Amarillos logran volver a inscribirse, será con la aportación de un porcentaje significativo de simpatizantes del actual PDC, completamente desencantados del reciente apoyo falangista a Jara. De todas las izquierdas, por lo tanto, será la Democracia Cristiana la que se encontrará en una posición más aislada y precaria, la que sólo podrá ser neutralizada si desde su propia identidad histórica puede convencer a la Federación Socialista Democrática –de la posibilidad de restablecer la Concertación–. De lo contrario consolidará su tendencia a convertirse en cola de ratón.
Si algunos o todos de estos fraccionamientos se producen, el gobierno del presidente Kast tendrá que reevaluar sus relaciones con oposiciones enteramente distintas de las actuales.




