Visión socialcristiana de Gabriela Mistral
Alonso Ignacio Salinas Garcia | Sección: Arte y Cultura, Historia, Política, Religión, Sociedad
I. La respuesta frente a una sociedad que ha renunciado al sentido
En medio del pesimismo contemporáneo y la apatía generalizada de una sociedad agotada, que se ha visto sustraída de su sentido primario, se hace necesaria una reflexión propia de nuestro propio espíritu nacional para entender qué cura habría para el malestar generalizado.
El caso de Chile es particularmente interesante para reflexionar al respecto. Nuestra pequeña capitanía general se elevó como un jaguar en los albores del llamado “fin de la historia” con el proyecto “neoliberal” ―o si se quiere, con la planificación global que Góngora llamara “paneconomicista”―, pero dejando de lado lo propio, su tradición y su historia. Para tener un Telos a donde dirigirse, haría bien reaprender lo adquirido por la experiencia de la historia humana a la luz de nuestra fe y recordar la verdad, siendo la mejor guía para ello, una ignorada mística empapada de religio: Gabriela Mistral.
Al respecto, Gabriela Mistral nos enseña que “la religiosidad es la saturación que ha hecho en la mente la idea del alma, el recuerdo de cada instante, de cada hora, de esta presencia del alma en nosotros y el convencimiento total de que el fin de la vida entera no es otro que el desarrollo del espíritu humano hasta su última maravillosa posibilidad” (Gabriela Mistral, “El sentido religioso de la vida”).
Es la lente en que nuestras vidas miopes pueden ver en medio de la materia delante de nosotros lo trascendente, observando en cada acto humano, e inclusive, en cada parte del Cosmos, la trascendencia que fundamenta nuestra existencia y guía nuestro final.
Así, hoy en día, necesitamos buscar en esta naturaleza el sentido oculto y acabado que llama desde todos los rincones a atestiguar el trazado de Dios que, a la vez, es la misma ropa de nuestra alma. Sentido oculto que sacude del dominio de las cosas, para darse cuenta de que no se es amo y señor, sino que somos meros tenedores de nuestro tiempo. Como el inicio de la existencia es un regalo inesperado e imposible de devolver a los progenitores, es la vida en su conjunto un regalo del Señor de los Señores. Ahí, una primera reflexión interior que ayudaría a detener la frivolidad de rozar la corteza de las cosas y los seres y no dejar la mirada largamente en ellos (Cfr., Gabriela Mistral, “El sentido religioso de la vida”).
Este paso contemplativo de auto percepción permite frenar la inmediatez de la vida y darse cuenta de la propia finitud, como también, de la grandeza de todo lo que nos rodea, y empezar a escuchar en torno a la Creación el Laudes Creaturarum de Francisco de Asís ―guía espiritual y moral de Gabriela Mistral en su formación cristiana―. Así, redescubrimos nuestra alma, que es lo que especialmente nos eleva y hace poseedores de nuestro acto de ser.
“La creencia de que el alma es el fin de la vida valoriza los actos solo en aquello en que tienen relación directa con ella, solo en aquello en que la beneficia. No se acepta ninguna fatiga, no se busca ningún esfuerzo, no se elige profesión ni oficio, por lo tanto, que no sean campo propicio al espíritu; no se entrega en el mundo el respeto y la estimación sino a las obras y a los individuos que han realizado algo en favor de esa que es nuestro huésped resplandeciente” (Gabriela Mistral, “El sentido religioso de la vida”). Por ello, sigue diciendo la poetisa chilena, la religiosidad “es sentir agudamente la responsabilidad de los actos” (Gabriela Mistral, “El sentido religioso de la vida”).
Puesto que todo acto debe encadenarse dentro de una gran finalidad, tanto los personales como los comunitarios, los fundados en las comunidades de negocio o de sociabilidad deben también conducir al más alto destino humano. Si no es para el alma inmortal, solo es para la muerte. Así, la política de la eternidad es auténticamente coherente con la escatología de la vida cristiana y es por eso respuesta a los profundos malestares sociales. No hay que olvidar que la solidaridad es una cierta amistad humana, que de alguna manera es una realidad análoga a la de la Trinidad Divina. Así, los males en el mercado, en el trabajo, en la familia, como en todo rincón de la vida, desaparecen al preguntarnos ¿le haría esto a un amigo?
II. Un cristianismo con sentido social
¿Qué consecuencia tiene para el programa político del cristiano lo dicho por Gabriela Mistral? La respuesta se halla en la forma en que, en el año 1924, responde a la pregunta de las grandes revoluciones acontecidas en México y en Rusia: ¿por qué pueblos tan cristianos, tan inmersos en la espiritualidad, han abandonado con tanta facilidad la fe de sus mayores? Pues no es fácil arrancar una vieja fe que ha nutrido a tantas generaciones, ni tampoco se puede desteñir ante una masa con aquella rapidez una institución de excelencias poderosas en sus palabras (Cfr., Gabriela Mistral, “Cristianismo con sentido social”).
En aquel tiempo, ya se estaba desarrollando la Doctrina Social de la Iglesia, empezaba a manifestarse un despliegue orgánico de catolicismo social: se fundaron las Juventudes Obreras Católicas y empezaban a escribir los católicos inconformistas franceses como Emmanuel Mounier, Jacques Maritain o la futura conversa Simone Weil, y en Chile comenzaba a tomar forma un movimiento socialcristiano. Y sin embargo, todavía había un divorcio entre el mensaje cristiano y la vida económica y cultural chilenas. Así, Mistral señala que “nuestro cristianismo, al revés del anglosajón, se divorció de la cuestión social, la ha desdeñado, cuando menos, y ha tenido paralizado o muerto el sentido de la justicia, hasta que este sentido nació en otros y le ha arrebatado a sus gentes” (Gabriela Mistral, “Cristianismo con sentido social”).
Como quizás podríamos sostener que ha ocurrido hoy nuevamente, se ha olvidado que la “fe de Cristo fue, entre la plebe romana, y sigue siéndolo para el pueblo hoy, una doctrina de igualdad entre los humanos, es decir, una norma de vida colectiva, una política (ennoblezcamos alguna vez la palabra manchada). Tal aspecto de la religión, el que más importaba a las masas, no se hizo verdad en nuestros países. La acción social católica en la Argentina es ya intensa; en Chile hace cosa estimable, pero no lo suficiente todavía, y en otros países, que prefiero callar, no existe”. (Gabriela Mistral, “Cristianismo con sentido social”).
El destino de la sociedad humana, mirando la historia según un “sentido religioso de la vida”, no es otro que la comunión de las personas, la comunión de los pueblos: caminar hacia una comunión que hoy no está plenamente presente, hacia una sociedad ―en nuestro mundo terrenal y finito― análoga a la sociedad celestial atemporal. Aun sabiendo que es imposible construir un paraíso en nuestro mundo caído, conociendo su imposibilidad escatológica, el cristiano está llamado a esforzarse con todo el ahínco que sea posible para contribuir a la formación de una sociedad de amistad, un verdadero bien común donde todos tienen un lugar.
No puede ser de otro modo, pues de lo contrario, el cristianismo no pasará de ser una simple filosofía teórica, una doctrina bonita pero sin impacto en las vidas de las personas, o como diría Gabriela Mistral: “Todo el bien que hoy día puede hacerse el catolicismo y al cristianismo en general, es un sacrificio de intereses materiales. O se da eso, o se declara lealmente que la doctrina de Cristo la aceptamos solo como una lectura bella, en el Evangelio, o como una filosofía trascendente que eleva la dignidad humana, pero que no es para nosotros una religión, es decir, una conducta para la vida”. (Gabriela Mistral, “Cristianismo con sentido social”).
III. Una Política para Chile: la voluntad de ser
Solamente desde esta religión de la mística nacional, la poeta y educadora Gabriela Mistral, se entiende correctamente un patriotismo dotado de sentido cristiano, uno que incorpore tanto la importancia de la unidad nacional como el sentido social y la paz con otros pueblos. Mistral comprendió de modo muy singular el carácter propio de la identidad chilena, como algo que trasciende la pura materialidad, como un temple forjado en la sobriedad, el trabajo, la tranquilidad, pero también en lo que ella llamó “la voluntad de ser”:
“Nuestra historia puede sintetizarse así: nació hacia el extremo sudoeste de la América una nación obscura, que su propio descubridor, don Diego de Almagro, abandonó apenas ojeada, por lejana de los centros coloniales y por recia de domar, tanto como por pobre.
”El segundo explorador, don Pedro de Valdivia, el extremeño, llevó allá la voluntad de fundar y murió en la terrible empresa. La poblaba una raza india que veía su territorio según debe mirarse siempre: como nuestro primer cuerpo, que el segundo no puede enajenar sin perderse en totalidad. Esta raza india fue dominada a medias, pero permitió la creación de un pueblo nuevo en el que debía insuflar su terquedad con el destino y su tentativa contra lo imposible.
”Nacida la nación bajo el signo de la pobreza, supo que debía ser sobria, superlaboriosa y civilmente tranquila, por economía de recursos y de una población escasa. El vasco austero le enseñó estas virtudes; él mismo fue quizás el que lo hizo país industrial antes de que llegasen a la era industrial los americanos del sur.
”Pero fue un patriotismo bebido en libro vuestro, en el poema de Ercilla, útil a país breve y fácil de desmenuzarse en cualquier reparto, lo que creó un sentido de chilenidad en pueblo a medio hacer, lo que hizo una nación de una pobrecita capitanía general que contaba un virreinato al norte y otro al este.
”En una serie de frases apelativas a nuestros países podría decirse: Brasil o el cuerno de la abundancia; Argentina o la convivencia universal; Chile o la voluntad de ser”. (Gabriela Mistral, “Chile o la voluntad de ser”).
Somos una nación que, en cierto sentido, ha adquirido su propia identidad desde esta voluntad de ser, a pesar de todas nuestras dificultades geográficas; un pueblo que en medio de la historia ha sabido sobrevivir ante lo imposible; una patria encarnó un compromiso con la justicia social en diversos gobiernos, que desde diferentes ideologías y proyectos políticos ―ya fueran los Alessandri, el ibañismo, el Frente Popular, la “Revolución en Libertad” o incluso el controvertido gobierno de la Unidad Popular, todos tenían como sujeto primordial de su política al pueblo chileno, especialmente los más pobres― aspiraron a darle una vida digna a sus hijos. Somos una nación que se levanta de las ruinas de las catástrofes, que muestra su mejor rostro en la adversidad, como se ve en el sentido solidario de quienes dan incluso lo que no se tiene a través de ollas comunes a sus vecinos que no tienen qué comer. Chile es la voluntad de ser, una voluntad de ser que puede ser revitalizada en tiempos de corrupción, desencanto, indiferencia y miedo.
Nuestra política para Chile, la política subordinada al “sentido religioso de la vida”, se resume en una voluntad de ser un pueblo unido que encarna en el presente sus raíces cristianas, una patria de la que todos nos sentimos parte en lo más profundo de nuestro corazón. La voluntad de ser tiene un sentido concreto, que es la actualización vital de nuestro cristianismo, en una fe coherente y, por tanto, con sentido social. O como señaló el Cardenal Raúl Silva Henríquez:
“Quiero que mi país todos vivan con dignidad. La lucha contra la miseria es una tarea de la cual nadie puede sentirse excluido. Quiero que en Chile no haya más miseria para los pobres. Que cada niño tenga una escuela donde estudiar. Que los enfermos puedan acceder fácilmente a la salud. Que cada jefe de hogar tenga un trabajo estable y que le permita alimentar a su familia. Y que cada familia pueda habitar en una casa digna donde puede reunirse a comer, a jugar y a amarse entrañablemente. Quiero en mi país que todos vivan con dignidad”. (Raúl Silva Henríquez, “Mi sueño de Chile”).
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Suroeste el viernes 5 de diciembre de 2025. La ilustración fue realizada por José Ignacio Aguirre para Revista Suroeste.




