Virgen Morena
Paula Guerrero Zaro | Sección: Arte y Cultura, Historia, Religión, Sociedad
He viajado muy pocas veces, pero en este trayecto a Catamarca me hizo click. Apenas cruzamos la aduana argentina apareció un pequeño altar con la Virgen; luego, ya en territorio trasandino, en medio de la soledad profunda de la cordillera que me va dragando por dentro, un oratorio nos volvió a recibir. A medida que avanzábamos por los pueblos, desde Fiambalá, Tinogasta, hasta llegar a Catamarca, se repetía una imagen: un arco portal o grutas de la Virgen. Era como si la fe marcara el ritmo del camino.
Catamarca y su imponente Catedral Basílica de Nuestra Señora del Valle –obra de 1869, admirablemente restaurada y conservada– revelan la profunda veneración hacia la Virgen Morena o Virgen del Valle, hallada en la localidad de Cholla entre 1618 y 1620. Su presencia es identidad, historia y devoción.
Pensé inevitablemente en Copiapó, que el 8 de diciembre cumple 281 años. Para nosotros, esa fecha es simbólica y significativa, más aún por coincidir con el día de la Inmaculada Concepción. Más allá del descanso que otorga el feriado, lo esencial es el sentido espiritual: la oración, la fe, la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Confiar en el otro, cultivar la solidaridad, caminar en comunidad. No es fácil en estos tiempos en que a muchos les cuesta creer y las confianzas se erosionan.
Me impresiona la devoción de los argentinos, visibles en cada rincón. Incluso han creado una obra llamada “Camino de la Fe”, ideada por Walter D’Agostini. Antes de retornar a Chile, decidí traer conmigo la imagen de la Virgen Morena, que me acompañó en el regreso.
La restauración de la Ex Casa de Gobierno, diseñada por el arquitecto Luis Caravati, también me sorprendió. El edificio conserva una elegancia singular: sus escaleras de mármol revelan la maestría del arquitecto. En una de sus salas, un caleidoscopio capturaba la miraba; más adelante, otra sala relataba una leyenda local: la historia de una princesa y su protector. Allí mismo se exhibían vasijas antiguas, una réplica de una mina y piezas de rodocrosita, la piedra típica de Catamarca que busqué en el viaje y que, y que, de manera inesperada, terminé encontrando en Copiapó convertida en un collar, gracias al talento de Grecia.
Y es justamente en esa conjunción –fe, memoria y territorio– donde Catamarca se vuelve un lugar mágico. El valle parece hablar, como si la tierra misma quisiera recordarme el camino de la fe, el valor de la identidad y la necesidad de volver a lo esencial.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Diario de Atacama el sábado 13 de diciembre de 2025.




