Lo que Aprendí de Don Juan Antonio Widow A.

Valeria Cifuentes | Sección: Arte y Cultura, Educación, Política, Religión, Sociedad, Vida

Me parece increíble que ya se haya cumplido un año de la muerte de la persona que, después de mis padres, influyó decisivamente en todos los aspectos de mi vida, desde el momento en que entró a la sala de clases, nos saludó, nos invitó a rezar (y a permanecer de pie respetuosamente a quienes no quisieran hacerlo), pasó la lista, expuso sus reglas, las hizo cumplir sin ningún esfuerzo y dictó una clase impecable y novedosa. Novedosa no por su método innovador, ni por su “despliegue escénico”, sino por su claridad y profundidad. Nada de lo que decía don Juan Antonio era trivial. ¡Ni sus bromas! 

Quienes escuchábamos y seguíamos con fascinación la explicación pausada, precisa y contundente de los principios del orden político natural, no éramos más que un puñado de los cientos de alumnos de Ingeniería Comercial de la Universidad Adolfo Ibáñez, que jamás olvidarían sus clases. En esta edición especial de Viva-Chile y a modo de agradecimiento, yo quisiera compartir algo muy personal: cómo me apropié de las ideas que, en mi caso, operaron como anclas para entender mi propia relación con los demás y con Dios.

Todos estamos unidos en una naturaleza

El primer paso de mi transformación fue captar la hermosa complejidad de la vida humana. Entendí que nuestra naturaleza nos permite acceder a lo bello, bueno y verdadero, más allá de la materia. Eso ya era impresionante. Pero verificar que nada de eso es posible sin la relación directa o indirecta que tenemos con los demás –vivos y difuntos–, y que se concreta en sociedades, desde la familia hasta la sociedad política, fue una iluminación. 

Tal vez, para muchos estas son meras perogrulladas. Pero para mí, estudiante típica de mi tiempo (liberal e individualista), pensar en mi familia, en mis amigos, en mis escritores y músicos favoritos, en mis profesores, en las personas que tocaban el timbre de mi casa para pedir pan, pensar en todos ellos desde esta “nueva” óptica, fue una verdadera delicia y el comienzo del cumplimiento de un deber muy serio.

Mi libertad no termina donde empieza la del otro

Como muchas personas, yo estaba convencida de que la libertad consistía en la capacidad de elegir entre alternativas, mientras esas elecciones no perjudicaran la capacidad de elección de los demás. Cuál fue mi sorpresa cuando comprendí que mi libertad así entendida, siempre se toparía con la de los otros, a menos que un tercero dirimiera el conflicto y, en fin, decidiera por mí… La solución a esta paradoja fue comprender que la libertad no está en la elección propiamente tal, sino en la bondad del fin que ha de perseguirse con esa elección y en la capacidad de autodeterminar la propia voluntad en función de ese fin, más allá de la presencia o ausencia de coacción que representaran los demás. 

Esto fue determinante para comenzar a formar mi inteligencia y mi voluntad para comprender y querer el verdadero bien, propio y ajeno. Yo sería libre en la medida en que entendiera lo que era bueno para mí y los demás y en la medida en que mi voluntad fuera capaz de acceder a esos bienes a través de la superación de mis malos hábitos. En otras palabras, ¿qué sacaba yo con elegir entre varias líneas de buses si no sabía a dónde quería ir y no tenía plata para comprar un pasaje? ¿Era verdad que mi elección no dañaría a nadie, aún cuando no tuviese sentido y se remitiera a mi esfera estrictamente individual? ¿Era verdad que se daña a alguien cuando no se da en el gusto a su capricho libertario? Entonces, ¿cómo se podía educar? ¿Basta con poner límites o tener una “libertad restringida”? Eran algunas de las preguntas que debí responderme.

No puedo dejar de decir aquí, que nunca conocí persona más libre que don Juan Antonio. Algunos de los no entendían su pensamiento y no conocían su vida, lo tachaban de rígido, excesivamente serio e intransigente. La realidad es que era todo lo contrario. De él aprendí que nadie –¡ni él!– podría responder de mis actos ante Dios. Que luego de haber deliberado íntimamente respecto del fin que buscaba en cada uno de ellos y de las alternativas que tenía para conseguirlo, tomaría una decisión que, siendo sólo mía, tendría efecto en mi propia vida y en la de muchos, aquí y después de la muerte. No se crea que me “sermoneaba” con todo esto. Nada más lejos de su forma de ser. Yo sólo debía estar atenta a sus pocas palabras y a su ejemplo, para comprenderlo.

La realidad, la ideología y Dios

Descubrir que la realidad estaba frente a mí para ser conocida y que debía hacer un esfuerzo para conocerla tal como era (materia y espíritu) fue todo un desafío. Nadie me mostró tan claramente como don Juan, que vivir sobre la falsedad no sólo es peligroso, sino tremendamente aburrido. Su amplitud de criterio no radicaba en aceptar como verdadero todo tipo de pensamiento, sino en buscar siempre lo más verdadero, estuviera donde estuviera, sin transar y sin despreciar a quien dialogaba con él.

El profesor nos enseñó que cualquier intento por imponer una idea propia a la realidad está destinado al fracaso. Así lo ha demostrado la historia. Porque las ideologías por las que ha pasado Occidente, tienen en común dos aspectos; unos fundadores obcecados en su propia idea de sociedad perfecta, no importando lo que la realidad muestra; y una aspiración a la autonomía total del individuo que, en la práctica, ha llevado a dos extremos igualmente perversos, el colectivismo y el individualismo. Comprender que ambos extremos son parte de un liberalismo de origen, me permitió entender mejor los movimientos políticos chilenos y a reconocer la ideología, viniera de donde viniera.

Como las palabras son usadas a “gusto de consumidor”, en nuestra sociedad la palabra ideología es usada como algo bueno, algo que alguien piensa sobre los fines de la sociedad política y el modo de conseguirlos, se ajusten o no a la naturaleza humana. Se suele oír lo siguiente: “yo respeto y valoro tu ideología, sea la que sea”. Cuando don Juan nos enseñó que la ideología es un sistema de ideas basado en una falsedad (por ejemplo, que la persona es autónoma y se realiza cuando logra ser totalmente libre de otros), me di cuenta de que, de ahí en adelante, yo nunca respetaría una ideología. Respetaría a la persona que la enarbolara, pero no su sistema de ideas.

Me di cuenta de que no respetaría sistemas de ideas cerrados que creen que el bien común se logra aplicando recetas inventadas por un grupo de iluminados en un café, sin considerar la realidad. Y cuando me dijeran que esto estaba muy bien mientras aceptara que la democracia era el único sistema de gobierno viable para nuestras sociedades modernas, yo recordaría que la democracia liberal, en la que cada hombre es un voto y “participa” dejando el alma en ese voto, es una ideología más.

Hay un aspecto, el más importante de todos, que no debe faltar cuando buscamos el bien de las sociedades en las que se desenvuelve toda nuestra vida: Dios es rey de todo lo creado, visible e invisible. No aceptar Su existencia, Su poder, Sus leyes y Su amor, es el primer paso del fracaso. Es el primer paso a la ideología. La fe no todos la tienen, pero no por eso Dios deja de existir con todos sus atributos. Y es parte esencial de esa realidad que debemos darnos el trabajo de conocer para no caer en la ideología, para poder tener una idea correcta del bien común político y de cómo llegar a participar de él. En Dios se resumen todas nuestras aspiraciones y todas nuestras búsquedas. Él ES la Verdad, el Bien y la Belleza para las que estamos hechos. 

Todo esto no lo dijo don Juan Antonio directamente en sus clases, sin embargo, bastaba verlo hincado en misa y ejerciendo de apóstol en parroquias y universidades, para relacionar rápidamente los conceptos estudiados. La vida de don Juan Antonio Widow fue de servicio total a Dios y a sus semejantes. Sin importar “el qué dirán”. Con sencillez y profunda alegría, repartió todo lo que recibió, ¡y mejorado! Fue la personificación de la tradición que nos heredó y nos enseñó a amar.

Para terminar…

Todos estos aprendizajes, fueron adquiriendo fuerza durante mi tiempo de estudiante, pero también después. Porque como muchos de los que escriben en esta edición de Viva-Chile saben, don Juan Antonio y toda su familia “imprimen carácter” (perdonen el abuso), más allá de la sala de clase y, por supuesto, en la medida en que uno quiera acceder a esa forma de vida tan verdadera, bella y buena. 

La generosidad de cada uno de ellos en cada invitación, en cada conversación, en cada consejo, en cada palabra de aliento, en cada precisión, en cada llamada de atención, en cada silencio, fue determinante para que yo quisiera participar de todos esos bienes comunes y del más común de todos: Nuestro Señor Jesucristo. 

Vaya a doña Conchita, su esposa fiel, un especial agradecimiento.

Don Juan, interceda por mí y mi familia, para que nos encontremos en el mejor de todos los banquetes.