El maestro: Juan Antonio Widow
Pablo G. Maillet | Sección: Arte y Cultura, Educación, Historia, Política, Religión, Sociedad, Vida
A un año de la partida de Juan Antonio Widow (8/9/1035-19/12/2024) aún hay mucho que la Patria tiene que agradecerle. Y hay mucho que agradecerle aún cuando no posea un vasto listado de artículos o libros, aunque los hay en cantidad suficiente para nutrirse varios años de ellos, y a pesar también que su personalidad, distante de todo “mundanal ruido”, le haya privado de elogiosos puestos de visibilidad pública. Pero fue un maestro, y ese será su legado inmortal. Formó discípulos, algo que es inherente a un maestro, a pesar de que los tiempos que corren no facilitan esta institución tan propiamente occidental, incluso en el lugar donde debiera darse por antonomasia: la universidad.
La Universidad actual es una institución en franca decadencia. Por una parte, se ha desviado hacia una función meramente mercantilista, servil al mercado y a las oportunidades laborales, convirtiéndose en una capacitadora laboral. Por otra parte, no menos nefasta, ha transitado por los derroteros donde la condujo aquel Mayo de 1968, en maquinaria estatal o en una fábrica de burócratas ideologizados. Pero fue allí mismo donde don Juan Antonio Widow pudo desenvolverse como maestro.
La institucionalidad del magistro dentro de la cultura occidental proviene del pasaje del Evangelio de Mateo cuando Jesús enseña a sus discípulos a no buscar títulos ni a idolatrar jerarquías humanas. Sólo hay un Señor, que es Dios, y un solo Maestro, que es Él, Cristo Jesús. Todos los demás estamos hermanados en la paternidad de Dios y en el discipulado frente al único maestro. Todos los demás debemos vivir en permanente humildad y en servicio, en lugar de buscar el reconocimiento mundano. Jesús critica en parte la institucionalidad que tenía el Rabí antes de su aparición en la vida pública. Los escribas y fariseos ocupaban la cátedra de Moisés, pero Jesús les revela que, cuantos “no hacen lo que dicen”, o “atan pesadas cargas” a otros, pero ellos mismos “no quieren moverlas ni siquiera con el dedo”, y agrega que “todo lo hacen para que los vean”, haciendo toda clase de maniobras religiosas para ser tenidos como tales. Y en hechas estas aclaraciones sobre el perfil al que no deben imitar, revela su grandeza, su autoridad y al mismo tiempo nos manda a vivir según una humildad mucho más profunda a la que estaban acostumbrados los sabios de toda la humanidad que lo precedieron: “En cuanto a ustedes, no se hagan llamar ‘maestro’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos” (Mt. 23, 8).
Cuando se instauraron las primeras universidades medievales, bajo la legislación conocida como los studium generale, quienes enseñaban ahí recibían esa autoridad de parte de la Iglesia: obispos, abades o bien Reyes en el caso de las instituciones no clericales. La licencia docendi se otorgaba recién cuando el aspirante a “maestro”, cumplía ciertos requisitos, entre los cuales estaban una vida ordenada y una sapiencia que unificara el saber teórico, con la voluntad férrea dirigida hacia el bien. Y fueron estos sencillos requisitos los que construyeron la Universidad como institución, y de la Universidad, se construyó la cultura occidental, es que valoraba más la sabiduría por sobre el “hacer técnico”, y la acción al servicio de la contemplación, donde la teología y la filosofía eran las ciencias “madres” y donde los demás saberes sólo tenían razón de ser, cuando tributaban, en una u otra medida, a un mayor conocimiento de la Verdad y de Dios.
La modernidad vino a invertir estos valores. Y la universidad sucumbió ante este “giro copernicano”. La lógica de la especialización impidió que las relaciones humanas pudieran entablar una lógica de maestro-discípulo. Poca conversación, poco tiempo, escasa paciencia con el error y la ignorancia, mucha métrica e indicadores. Poco diálogo, y el que hay es instrumental e impersonal.
Esto que puede decirse de la Universidad, que era el lugar por antonomasia para la formación de “maestros”, es decir, de imitadores de Cristo o de extensores de su función de enseñar en nombre de Dios y conduciendo hacia Él, se puede aplicar a todas las instituciones de la sociedad. La Iglesia, lo ha dicho el propio Papa Francisco, por ejemplo, el año 2015 cuando recibió a una delegación de representantes del Gobierno italiano, y habló de la “Crisis de Autoridad” en todo ámbito. En dicha ocasión apuntaba como la causa de esta crisis de autoridad la falta de “disposición fundamental a la obediencia, y la falta de paciencia” por parte del discípulo, y, por parte del que ostenta la autoridad indicaba la falta del “bien común como objetivo (…) ponerse al servicio de aquellos que dirige” y culminaba señalando que la misma Iglesia, en cuanto institución humana, era presa de dicha crisis. Otro tanto ocurre en la vida política. La llamada “crisis política global”, o los “giros autoritarios” que se observan en el mundo, incluso sus reacciones opuestas, encarnadas en la mentalidad “woke” y “progresista”, en ambos casos, está la falta de diálogo, la ausencia absoluta de la verdad como horizonte y, por lo tanto, del Bien común, el respeto farisaico que predomina, y la total falta de humildad y servicio en los líderes políticos.
Por supuesto que don Juan Antonio no sólo enseñó a través de sus clases y de sus escritos, especialmente en su opera magna: El Hombre: animal político, acerca de la crisis que alcanzó a visualizar, y los principios filosóficos y teológicos que pueden ayudar a remediarla se encuentran ahí. Sino que también enseñó con su propio ejemplo, con su vida. Su incansable dedicación por cumplir con ese requisito que constituye al maestro: la humildad y el servicio hacia quienes enseña, forman parte del recuerdo imborrable de quienes estuvimos alguna vez frente a él aprendiendo.
No es necesario señalar la importancia que este maestro tiene para los desafíos que Chile enfrentará en los próximos años. Pero Chile necesita una Iglesia con esta clase de liderazgos, que sean verdaderamente cristianos, es decir, maestros como Cristo, humildes y serviciales, buscando la Verdad y el Bien Común. Lo mismo para los liderazgos políticos, y para restaurar la institución universitaria. Incluso la paternidad, y la crisis de la familia, a nivel global y nacional, encuentran explicación en la ausencia de la figura del maestro.
Es justo recordarlo a un año de su partida, como quien combatió este mal no sólo desde la filosofía, y como maestro universitario, sino también como un maestro en todos los aspectos de su propia vida: como amigo, como padre, como esposo, como hijo, como estudiante, como filósofo; porque como se desprende del pasaje del Evangelio de San Mateo, el maestro enseña con la palabra y con el ejemplo.




