¿A quién debemos servir?: Patria, institución y trabajo
Gonzalo Rojas Sánchez | Sección: Arte y Cultura, Educación, Familia, Política, Religión, Sociedad, Vida
Toda tarea educativa, vaya novedad, debe enfocarse al Bien Común. Sí, a ese conjunto de condiciones que le permitan a todos y cada uno de los miembros de una comunidad alcanzar su más plena realización personal.
Y, por cierto, no hay plena realización si no se tiene en cuenta que somos seres compuestos de alma y cuerpo.
La mirada educativa sobre las condiciones externas del ser humano, sobre su Cultura, la Vivienda, el Transporte, la Salud, su Vestuario, la misma Educación, el uso del Tiempo libre, su Trabajo, la Seguridad, sus relaciones con la Naturaleza, su Intimidad… no agotan a la persona. La circunscriben, pero piden un “ir más adentro”, mar adentro, hacia su alma.
Sí, porque el ser humano lleva también por dentro otras condiciones: están en su propia alma, en su inteligencia, en su voluntad.
Son las condiciones internas y según cómo se hayan ido configurando, se llaman Virtudes o Vicios.
El dilema permanente y más de fondo para la Educación Superior, ha consistido en escoger si debe dirigirse sólo a las condiciones externas o sólo a las condiciones internas… o si debe plantearse una tarea conjunta con ambas.
Pero, si sólo se enfocara a lo primero, ¿cómo podría lograrse en los efectos, en los resultados, lo que no se ha procurado antes en las causas, en los principios?
¿Cómo podría alguien edificar bien con materiales físicos si no sabe cómo construirse por dentro? ¿O enseñar a hablar si sus verbos interiores son pobres? ¿O cuidar las aguas y los bosques si no respeta su propia naturaleza humana?
Justamente, por la unidad propia del ser humano, la Educación Superior debe procurar enfocarse entonces en esas condiciones interiores de la persona, aunque para hacerlo tendrá que utilizar todas aquellas otras condiciones exteriores por las que se va hacia adentro.
Esas condiciones interiores, decíamos, son las virtudes. De entre ellas, algunas se llaman cardinales, porque son los puntos de apoyo para todas las demás; son el cardo, el gozne, el quicio, en el que se apoyan las restantes.
Nominadas tradicionalmente como fortaleza, justicia, templanza, prudencia, en las cuatro cardinales se aprecia una dimensión personal –perfeccionar los fundamentos– y en todas se ve además claramente su sentido social: servir.
Justamente porque tienen un fuerte componente de servicio, la Patria, todas las instituciones que la conforman y el simple trabajo personal –sea cual sea su rango social– dependen de esas virtudes.
En primer lugar, la fortaleza. Es una virtud cardinal que tiene dos actos principales: defender y conquistar bienes difíciles y valiosos, tanto de ésos que se alojan en el alma, como de aquellos que se proyectan hasta la más sencilla realidad material.
En cualquier dimensión laboral, entre los principales bienes que deben defenderse destacan la verdad –expresada respetuosamente a través de la propia opinión o de los propios argumentos–, el trabajo terminado y bien hecho y su consiguiente prestigio, y, finalmente, la imagen de los miembros del propio equipo de trabajo.
En paralelo, algunos de los principales bienes que deben conquistarse son la paciencia frente a los demás, frente a su carácter, frente a sus defectos y frente a sus modos de trabajar; la derrota del desánimo, ya sea producido por factores externos o por causas internas; la derrota de la envidia y, finalmente, la derrota de la desidia por corregir a los demás.
Sigamos con la Justicia. Es la virtud que consiste en la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno lo suyo.
Una voluntad perpetua y constante, porque como cada relación humana se da entre pares, siempre hay una dimensión de alteridad. Entonces, no cabe otra opción: en todas esas relaciones debe haber justicia. Esa virtud no se satisface con unos pocos actos de mucha entidad –públicos, visibles, solidarios, sociales– sino que debe llegar también a las más pequeñas y ocultas manifestaciones de la vida diaria.
Es voluntad, porque no debe depender de las afinidades o de los sentimientos, sino de la decisión libre de cada uno, una decisión que supera las señales positivas o negativas de lo exterior, para profundizar en las exigencias que el otro plantea en cuanto tal.
Es voluntad de dar, porque mueve primero al conocimiento de lo que al otro corresponde –lo que se debe conceptualmente, en cada caso– y después, inclina la entrega afectiva de eso de lo debido.
Y lo que hay que dar es lo suyo, porque es lo que le corresponde potencialmente. Precisamente porque no lo tiene, hay que dárselo, porque es suyo en potencia, y sólo por medio de la justicia puede serlo en acto, puede el otro… recibirlo.
Ciertamente la justicia implica entonces relaciones que presentan al mismo tiempo una cierta igualdad y una cierta desigualdad en el plano inicial, relaciones que determinan los tipos concretos de virtud.
Existe la justicia legal, que es la debida hacia los superiores; se conoce la justicia distributiva, que es la debida a los súbditos; y finalmente de practicarse la justicia conmutativa que es la que corresponde entre los pares estrictos.
Por cierto todas las personas, en el trabajo como más se encuentran en las tres situaciones y todas esas relaciones tienen valor, pero resulta especialmente importante la justicia conmutativa, porque puede pasar inadvertida.
Para practicar adecuadamente todas las dimensiones de la justicia, deben conocerse las leyes de la naturaleza humana, las leyes de la nación y las normas internas de la institución. Es en esos tres planos que se determina qué es lo del otro. Precisamente para eso se establecen las normas, para regular, para precisar los actos de justicia.
¿Y qué sucede cuando una norma parece injusta? Pues bien, la misma justicia exige buscar su modificación, proponiendo su reemplazo. No basta la crítica: la justicia exige un esfuerzo imaginativo en la búsqueda de la solución.
Y si bien todas las relaciones interpersonales –y especialmente en el trabajo– implican actos de justicia porque siempre cabe preguntarse qué es lo del otro, qué es lo que debo darle, hay temas especialmente importantes:
El cuidado de la verdad, el respeto de los plazos, el silencio del propio oficio, la corrección al que se equivoca, la colaboración con el que está agobiado, la custodia de la fama ajena, la gratitud por lo recibido y el castigo para reparar.
A las virtudes anteriores hay que sumar la templanza, ese hábito bueno que permite moderar el uso de los bienes sensibles.
Moderar, no suprimir; o sea, la virtud que ayuda a encontrar el justo medio, a colocar a los bienes en su adecuada posición respecto de nuestras necesidades, a impedir que traigan en demasía o parezcan detestables.
En un ambiente de trabajo Se debe moderar especialmente la relación con las personas, tanto en los afectos como en los intereses; a continuación, todo lo referente a los objetos más durables, como la propia oficina o taller y su mobiliario, así como respecto de los más etéreos, como el uso del agua, la energía eléctrica, etc.
Pero también la templanza regula el trato al propio cuerpo en el trabajo: el descanso requerido, las comodidades de temperatura, ventilación, ergonómicas, etc., los alimentos necesarios para un buen rendimiento, son todas dimensiones exigidas por la templanza.
Y, por cierto, esta virtud también indica los criterios para moderar el uso del tiempo, incentivando su aprovechamiento y dificultando su utilización egoísta.
La prudencia, en todo caso, es la virtud más importante de las cuatro cardinales. Es la que termina comandando a las otras tres.
Pero la prudencia tiene mala prensa. ¿Por qué es considerada a veces como un defecto? ¿Por qué se la mira más bien como una carencia que como una fuerza?
Simplemente porque no se conoce su función. La prudencia es nada menos que la virtud que permite escoger los medios adecuados para el fin (y en este sentido, el fin sí justifica los medios, ya que le da valor desde sí mismo).
Por eso, acertar en el fin es la primera clave de la prudencia. De lo contrario, todo se estropea o se convierte en un esfuerzo inútil, en subirse con entusiasmo al tren que va llegando a la estación.
¿Cuál es entonces el objetivo propio de la prudencia? Llegar al fin, para lo cual tiene que desarrollar actos específicos.
Primero, el estudio del tema punto sin conocimiento no se debe tomar una decisión; pero, además, hay que hacerlo teniendo en cuenta el período de tiempo que tomará llevar adelante el proyecto. Y, a continuación, por cierto hay que preparar los materiales.
¿Ya está todo? No, también se deben estudiar todas las posibilidades abiertas para el proyecto, así como deben analizarse las circunstancias que puedan sobrevenir. Nada de esto, además, se debe hacer en solitario. La petición de consejo es un acto propio, imprescindible, de la virtud de la prudencia.
Una vez hecho lo anterior, hay que salir a buscar a las personas adecuadas y elegir el momento para lanzarse a la acción.
Pero desde el primer instante de la marcha del proyecto o del inicio de la tarea, hay que estar atento a varios aspectos. Por ejemplo, a la corrección de la intención, a esos golpes de timón que deben enderezar un eventual rumbo torcido; o a la evaluación de las dificultades sobrevinientes y no previstas, que son de ordinaria ocurrencia, aunque no se sepa cuáles aparecerán en concreto. Y, ya más adelante, a la revisión de las metas, ajustándolas en el tiempo.
Todo lo anterior sugiere que hay unas relaciones estrechas entre prudencia y experiencia. Por cierto, la bisagra entre ambos conceptos está en el registro –ojalá por escrito– de lo que se experimente, para que lo puedan aprovechar otros, dejando constancia de aciertos y errores.
A pesar de todo lo afirmado, ¿aún falta algo? Sí, la imprescindible perseverancia, sin la cual todo lo anterior habría sido muy útil, pero inconducente.
Si las cuatro virtudes cardinales están en el centro y en la base de la Educación Superior, esa etapa de la formación estará entonces realmente enfocada hacia el Bien Común, estará pensada en preparar personas para servir.
Y la técnica quedará así perfectamente situada –en papeles instrumentales y subordinados– a cargo de personas que sabrán usarla y servir a los demás. En la Patria, en la Institución, en todo trabajo.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente como capítulo en el libro Razón y Tradición. Estudios en honor de Juan Antonio Widow. Volumen 2, editado por Globo Editores en 2011. Agradecemos al autor su autorización para publicarlo nuevamente.




