Mauro Matthei osb. (1929-2025) In Memoriam

Pablo G. Maillet | Sección: Arte y Cultura, Historia, Religión, Sociedad

Este domingo 2 de agosto de 2025 ha partido al encuentro con Dios el primer monje benedictino chileno. En estricto rigor, el primer chileno en ser benedictino fue Fray Pedro Subercaseaux osb (1880-1956), el pintor del “Descubrimiento de Chile por Diego de Almagro”, o “El Joven Lautaro” o la que puede considerarse su opera magna “La Primera Misa en Chile”. Los primeros benedictinos en llegar a Chile se establecieron en la década del 30 en la antigua chacra de Lo Fontecilla, en el sector oriente de la capital. La tradición benedictina, fundada por San Benito en el siglo VI, es reconocida como la primera orden monástica no ermitaña sino comunitaria de Occidente. En Oriente hubo manifestaciones monásticas y eremíticas. Pero San Benito vino a establecer la vida en común bajo una regla que hoy es en sí misma la regla monástica del monacato Occidental. El “Ora et Labora”, su lema de vida, describe no sólo la jornada del monje, sino su espiritualidad. Las órdenes religiosas de la Iglesia se dividen en dos troncos principales: las de vida activa y las de vida contemplativa. Las de vida activa abundan, las conocemos bien, y siempre están cerca, porque trabajan en las ciudades, hospitales, hogares de niños y ancianos, colegios, atención de enfermos, de niños, de pobres, etc. 

En los albores de Chile llegaron, junto a los descubridores españoles, dominicos, franciscanos y  jesuitas, y más tarde órdenes y congregaciones de vida más activa, como mercedarios, salesianos, lasallistas, entre otros. Pero sin lugar a dudas las órdenes contemplativas, como los benedictinos, los trapenses y los cistercienses no gozan de gran reconocimiento. Por razones lógicas, como la estricta forma de vida orante, y la vida dentro de claustros y celdas, hacen que sean de suyo esquivas y misteriosas. Por eso, a pesar de que la orden benedictina haya llegado a Chile durante los años 30, no ostentan la fama como los franciscanos o jesuitas. 

El Padre Mauro Matthei, nacido en Osorno en el seno de una familia de mixta de ascendencia alemana –padre luterano y madre católica–, se educó en liceos humanistas y laicos en su etapa básica, aunque recibió, por influjo de su madre, su Primera Comunión en Osorno. Luego se vino a Santiago a continuar con esa educación laica en el Internado Nacional Barros Arana (INBA), donde conoció profesores como Nicanor Parra, que era su profesor de física, y Luis Oyarzún (1920-1972) en filosofía. También pudo conocer a Pablo Neruda en su contexto escolar. Ingresó a estudiar en la Universidad de Chile Pedagogía en Castellano, en el Instituto Pedagógico, donde trabó amistad con el cineasta y mago Alejandro Jodorowsky, con quien, en sus últimos años, ofrecieron un tour de marionetas por distintos lugares de Chile. 

Invitado a un retiro al Monasterio Benedictino de las Condes, en esos años ubicado en donde actualmente está el Hospital de la FACH, por su profesor Jaime Eyzaguirre, conoció la espiritualidad y la orden benedictina. A los 21 años ingresó como monje, y sólo a los tres días tuvo una duda de si había elegido el camino correcto. Sin embargo, nunca más tuvo una crisis, y alcanzó a cumplir este año en abril 74 años de vida monástica. Fue ordenado sacerdote, para atender espiritualmente a los monjes y a los fieles que acudían al Monasterio. Ejerció un celoso y fructífero ministerio pastoral, aún ad intra de la vida monástica. Ayudó en la formación del Movimiento Apostólico Manquehue, movimiento laical fundado por Manuel José Eguiguren en 1977. También recibió en varias ocasiones a un joven Jaime Guzmán, de quien siempre el Padre Mauro tuvo como imagen de valentía de un político católico, señalándolo a quien le preguntaba cómo debía ser el político católico de hoy, idea que puede verse plasmada en su artículo “Vocación a la santidad y quehacer político” publicado en Revista Humanitas N°37.

A pesar de la escondida vida monacal, el Padre Mauro siempre estuvo atento al quehacer nacional. Ingresó al monasterio el año 1951, por lo cual el Mayo del 68, el Gobierno destructor de Salvador Allende, la Guerra Fría, la Caída del Muro, fueron todos sucesos que él vivió dentro de los muros del Monasterio de las Condes. Gozaba con cada visitante, no sólo por la alegría que le provocaba escuchar a las personas hablar de sus cosas, sino porque le traían noticias de su amada patria por la cual no cabe duda dirigió no sólo horas, días o meses sino años orante en el silencio monacal. Eran decenas, y quizás centenas, como se pudo ver en su funeral, las personas que acudían a él en busca de consejos, de una palabra, incluso muchas veces de su alegría, contradiciendo toda idea prejuiciosa respecto a la tristeza de la vida conventual. El Padre Mauro era un hombre feliz y en paz. Con humilde y profunda alegría siempre. 

Aquella vida contemplativa, que no es muy común en el Chile de hoy, ni tampoco es un sello en nuestra historia espiritual, quizás deba ser algo que tengamos que considerar potenciar en nuestra Patria. Esa vida intelectual, que incluye el silencio, la reflexión, la meditación de la Palabra de Dios, que precede al diálogo con otros, y que inaugura la jornada laboral (Ora et Labora), y que rige el ritmo del trabajo cotidiano, porque nos recuerda para qué hacemos las cosas, y la razón última de nuestras fatigas. Eso que Chile nunca tuvo de manera protagónica, pero que el Padre Mauro Matthei pudo vivir alegremente por 74 años, es la aspiración a la que tenemos que apuntar. El amor por aquellas cosas “altas”, y desatender por un momento la vorágine y la ruidosa vida contingente, es el mejor legado que la vida de un monje como Mauro Matthei nos puede dejar.