La fuerza de la esperanza
Richard von Appen | Sección: Historia, Política, Sociedad
Chile pasó de ser un país con alto nivel de pobreza a un país con una clase media emergente sólida y pujante, en solo una generación, habiendo pocos casos similares en el mundo de este nivel de transformación y movilidad social que le cambió la vida a millones de personas, familias y comunidades. ¿Qué fue lo que transformó el país en esos famosos 30 años? A mi manera de ver, hubo tres factores que fueron claves en este proceso: 1. Liderazgo político con apoyo irrestricto al Estado de derecho y con visión de Estado, lo que permitió equilibrar con éxito el responder a las urgencias sociales y el diseñar proyectos de largo plazo bajo la visión de un país democrático que respeta las libertades individuales, integrado al mundo y compuesto por líderes y funcionarios públicos capaces, responsables y comprometidos con el país. 2. La colaboración público-privada basada en la confianza entre los sectores políticos, las empresas y las organizaciones gremiales y sociales, representando las oportunidades y desafíos en los distintos sectores del país, ayudando al Estado a diseñar políticas públicas que efectivamente resolvieran los desafíos que se enfrentaban, tanto económicos como sociales. 3. Una épica común y transversal con sentido de trascendencia, que impulsó a las personas a tomar el protagonismo de sus vidas y que permitió el florecimiento de la clase media emergente en Chile, que con mucho esfuerzo, aprovechando las oportunidades que ofreció la apertura y desregulación de la economía, trabajó duro y logró mejorar su calidad de vida, para así poder, por ejemplo, acceder a su casa propia, que sus hijos estudiaran en la universidad, y acceder a bienes y servicios inalcanzables para las generaciones anteriores. Fue este esfuerzo el que empujó y permitió la transformación de Chile.
Hoy, lamentablemente, hemos perdido esa fuerza. Chile es un país sin rumbo claro, sin aspiraciones y sumido en un ambiente de desconfianza, individualismo y desesperanza, que no proyecta un desarrollo futuro que permita soñar en grande. Las elecciones parlamentarias y presidenciales que tendremos este año son una tremenda oportunidad para que tanto candidatos como votantes reflexionemos sobre el pasado, lo que hemos hecho mal y lo que hemos hecho bien, en cómo recuperar la esperanza, y sobre la base de nuestras convicciones más profundas, enfrentar el futuro.
Para recuperar la esperanza, creo debemos dar solución a las grandes aspiraciones de la gente y centrar todos nuestros esfuerzos en recuperar cuanto antes la capacidad de crecer de nuestra economía, junto con el orden y seguridad en nuestra vida pública y privada, mejorar la calidad de la educación preescolar, básica, media y técnica fortaleciendo la educación pública y privada, potenciar la calidad y accesibilidad a la salud, asegurar el acceso a la casa propia, revalidar la educación cívica fomentando las buenas costumbres y el amor a la patria, fomentar la cultura, la música y el deporte a todos los ciudadanos de manera de poder volver a encontrarnos como sociedad y sentirnos todos parte de un mismo país.
Debemos volver a encender la esperanza y que todos, con esfuerzo y compromiso, puedan transformar su vida y la de sus familias. Los chilenos ya lo hicimos una vez y no hay ninguna razón por la que no lo podamos volver a hacer. Espero que como país podamos unirnos en torno a este objetivo dejando de lado las descalificaciones y pequeñeces, que reconozcamos que nos debemos a nuestra sociedad, y asumiendo la responsabilidad que a cada uno nos corresponda, pongamos nuestra mente y corazón en los niños y niñas de Chile que quieren la oportunidad de forjar su propio futuro. Tengo confianza en que podemos lograrlo. Yo, al menos, estoy disponible para trabajar en esta noble tarea.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el viernes 18 de julio de 2025.




