Se puede aprender del ciclismo

Gonzalo Rojas Sánchez | Sección: Arte y Cultura, Sociedad

El ciclismo de ruta es un deporte épico. Los corredores compiten por las carreteras del mundo, superando las dificultades de las rutas: estrecheces, rotondas, lomos de toro, pendientes durísimas –hasta del 27%– y bajadas inauditas, ya que los más audaces alcanzan hasta 110 km. por hora. Y, a todo eso, hay que sumarle las condiciones climáticas: lluvia, frío intenso y hasta nieve entre febrero y abril; calor extremo, desde mayo a agosto, con un final de la temporada algo más plácido, entre septiembre y octubre, justamente cuando las piernas de los corredores ya no dan más. Y todo eso no sucede porque cada uno va por su cuenta, sino metidos en grupos de 150 o más corredores, con el riesgo permanente de tocarse y caerse.

No es el más perfecto de los deportes, porque el fútbol lo supera en estética y en lúdica, pero está a la par del balompié en bélica y en ética. 

Se trabaja en equipo. Según la duración de las carreras (de un día, de una semana o de tres semanas) los equipos están conformados por 6, 7 u 8 corredores. Cada uno de ellos sabe que debe trabajar para un líder, para el capo del equipo, para el que está mejor capacitado para ganar la carrera. Nadie se queja, cada uno cumple con su papel (sin duda, los salarios, que no bajan de los cien mil dólares anuales para los corredores más sencillos, y que se elevan hasta los millones de dólares por temporada para los líderes, ayudan a todos a cumplir con su papel). Si hay que romper el viento en la punta del pelotón durante decenas de kilómetros, se hace; si hay que bajar hasta los autos de abastecimiento a buscar caramañolas para los compañeros más capacitados, se hace. Se hace todo lo que sirva al equipo. Si a alguno no le gusta, que se dedique al box.

La lealtad y compañerismo entre los ciclistas de ruta es muy evidente, aun siendo rivales. Se felicitan unos a otros, se admiran, comentan positivamente la condición y los logros de sus rivales, en fin, incluso anuncian cómo van a desplegar sus estrategias, en un acto de sinceridad plena. (Mi ídolo, el mejor del mundo, el esloveno Tadej Pogácar, declaró hace un par de años respecto de una carrera en Italia: “atacaré en…”, y lo hizo, cumpliendo estrictamente su anuncio. Y ganó por paliza.)

Al mismo tiempo la competencia entre los grandes corredores es brutal: no se dan tregua, se exprimen en un afán de gloria que lleva un siglo –a lo menos– de confrontaciones realmente épicas entre los más grandes. Esa agonía lleva a muchas caídas, a severas lesiones, de vez en cuando a alguna trágica muerte. Pero lo asumen como lo propio de su disciplina. Sufren y se levantan una y otra vez.

En el entrenamiento, la dureza es la máxima. Si la tecnología hoy acompaña toda esa preparación –y también ayuda durante la carrera con los microcomputadores y la conexión por radio entre directores deportivos y corredores– al fin de cuentas es cada ser humano sobre una bicicleta el que se ve obligado dar lo mejor de sí mismo, durante 4 a 6 horas cada día de carrera. Y todo esto lo hace posible la empresa privada con su sostenimiento económico, muy millonario, en complementación con las municipalidades y los ministerios del deporte.

¿Por qué escribí sobre ciclismo? Porque hay mucho que aprender de ese maravilloso deporte para la vida diaria del Chile de hoy.