Alberto Edwards y el principio de autoridad

José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura, Historia, Política, Sociedad

La semana pasada se cumplieron cientocincuenta años del natalicio de Alberto Edwards (1874-1932). Edwards era un pensador integral: de formación jurídica, se dedicó a la política, a la función pública y a la labor intelectual, como columnista e historiador, entre otras muchas actividades que dan cuenta de la amplitud de temas y rubros que abordó el que fuera considerado por Mario Góngora “el más grande historiador en la era republicana”. Tanto en su obra escrita como en su actividad pública, Alberto Edwards promovería una revitalización del principio de autoridad, por esos años fuertemente debilitado en un régimen pseudoparlamentario que dispersaba el poder en los partidos y dejaba a los Presidentes con muy poco margen de maniobra, para lo cual escarbaría en nuestra historia patria para encontrar los cimientos del orden portaliano.

Edwards, por ese entonces diputado del Partido Nacional, sería entrevistado en El Mercurio el 7 de octubre de 1912 para conocer de primera fuente el “programa” de la agrupación también llamada montt-varista, considerada heredera del movimiento pelucón. Ante la pregunta “¿Cuál es el punto característico del programa de mi partido, que fija su fisonomía política?”, el diputado sostenía que, “A mi juicio, sólo dos ideas fundamentales”: “La primera es ‘el afianzamiento del principio de autoridad, dentro del sistema político consagrado por la Constitución’; la segunda, es la prescindencia absoluta del partido en materias religiosas”. Como él mismo agregaba a continuación, “estas ideas nos caracterizan, porque nuestro partido es el único que en Chile las afirma neta y precisamente. No sólo se encuentran ellas a la cabeza de su programa, sino que constituyen su tradición, al [sic] través de las vicisitudes de nuestra historia, desde los tiempos de Portales y Montt hasta la fecha”.

En esta columna queremos abordar la primera característica delineada por el historiador y político, es decir, la relevancia del principio de autoridad. Esto, no sólo porque consideramos que la respuesta dada por Edwards en la segunda idea matriz es al menos discutible para un conservador –incluso podríamos decir que equivocada, siguiendo a prácticamente toda la tradición historiográfica y política que continuó y profundizó la obra de Edwards–, sino porque, al ser uno de los pilares de nuestra Constitución histórica, explica que su ausencia en la actualidad nos tenga en una profunda crisis institucional, tanto política como social.

Edwards en su entrevista –como haría también en sus columnas y en sus obras históricas–, ofrece un diagnóstico que perfectamente podría haber sido escrito ayer y que los partidos de derecha deberían grabar a fuego: “la necesidad de Gobierno es tan grande hoy en Chile, que ninguna característica me parece más apropiada para un partido que esa afirmación del principio de autoridad, legada al nuestro por los organizadores de la República”.

Como él mismo diría en la columna “Cuando las repúblicas perecen…..” (El Mercurio, 20 de junio de 1912, p.7), su diagnóstico arrojaba un “un síntoma que quisiera no ver, pero cuya existencia es imposible ignorar, un síntoma en efecto grave, porque indica una enfermedad orgánica…”. Esa “enfermedad”, no era meramente “la desorganización del poder” ni “el resultado de una dolencia interna”, sino que se debía a que “al Gobierno lo hemos muerto a palos, porque hemos querido. Fué [sic] una empresa deliberada, en que tomaron parte, durante medio siglo, los más esclarecidos ingenios de este país”. Como si nos hablara nuevamente a los chilenos de 2024, proponía que “El síntoma de que hablo es la desaparición del espíritu público: la pérdida de la fe política. Sin ese espíritu, sin esa fe, el sistema republicano no puede subsistir, o se convierte en un instrumento inútil e incapaz de acción”.

Ante esta catástrofe cívica, Edwards ofrece una respuesta: “Sería, en efecto, una puerilidad confiar demasiado en el efecto de reformas constitucionales y legales, o quedarse esperando ser guiados y dirigidos por la razón o la fuerza. En tiempos de crisis, como los que atravesamos, la solución del problema del Gobierno no puede ser sino: un hombre, de manera que, “Una vez que tengamos orden político, podemos pensar en otras reformas, con alguna esperanza de éxito”.

La crisis de autoridad en todas las esferas de la vida social exige que reconstruyamos los cimientos de la autoridad legítima, necesaria para el buen funcionamiento del orden social y político. Dicen que Mark Twain sostenía que “la historia no se repite pero a menudo rima”. Estas reflexiones de Edwards, escritas a inicios del siglo XX, parecen pensadas para los problemas políticos actuales. Si las tomáramos en serio, no sería la primera vez que serían reaplicadas en nuestro país.