La necesidad de una ética política

José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura, Historia, Política, Sociedad

Ya quedan cada vez menos días para la megaelección del 26 y 27 de octubre. En dicha doble jornada elegiremos gobernadores y consejeros regionales, así como alcaldes y concejales. Tradicionalmente en Chile se ve esta elección solamente como preparatoria o anticipatoria de la presidencial, es decir, capaz de predecir qué ocurrirá el próximo año, así como preparar el camino para las elecciones generales. Naturalmente, estos comicios tienen mucho de eso, pero son claves en sí mismos. No da lo mismo quiénes nos gobiernan, y si eso es cierto en el nivel nacional, también lo es a nivel regional y comunal.

Leía hace algunas semanas un texto que puede ser muy iluminador para este proceso, pero para cualquier elección. Václav Havel (1936-2011), fue un dramaturgo y político, primero checoslovaco y posteriormente checo, ejerciendo la presidencia de ambas naciones entre 1989 y 1992, y de Chequia entre 1993 y 2003. En esos años debió encabezar la reconstrucción moral y política “de una sociedad que ha sido moralmente trastornada”, al ser uno de los líderes de la caída del comunismo en Checoslovaquia, y tomar el timón de su gobierno una vez recuperada esa libertad, y luego de separados los pueblos checo y eslovaco, que estuvieron unidos por casi un siglo, desde la caída del Imperio Austro-Húngaro luego de la Primera Guerra Mundial, y sufrieron en carne propia los horrores del totalitarismo nacionalsocialista y marxista. 

En “Política, Moralidad y Civilidad”, incluido en Summer Meditations (1993), ofrece reflexiones que bien podemos hacer en citar in extenso, ya que ofrecen una visión política trascendente que tiene mucho que decir ante los desafíos que enfrentamos en la actualidad, a los que nos hemos referido en nuestras últimas columnas. “En tal estado de cosas, los políticos tienen el deber de despertar ese potencial dormido, de ofrecerle una dirección y de facilitar su pasaje, de animarlo y darle espacio o, simplemente, esperanza”, señalaba Havel que era la suprema responsabilidad del político, misión que hoy vemos prácticamente ausente del discurso de nuestros políticos, tanto de izquierda como de derecha, que creen que la política gira en torno al poder. 

Sus reflexiones descolocan al político obsesionado con lo técnico, con lo económico o con la ganancia cortoplacista, que olvida que la política, “la mejor política”, debe ser “puesta al servicio del verdadero bien común”, como enseña el Papa Francisco en Fratelli tutti (2020, 154). Havel lo explica muy lúcidamente: “La política genuina –la política que merece llamarse así, y la única clase de política a cuya práctica estoy dispuesto a dedicarme– es simplemente una cuestión de servir a los que nos rodean, servir a la comunidad y de servir a los que vendrán después de nosotros. Sus raíces más profundas son morales, porque es una responsabilidad expresada a través de la acción, hacia y para el conjunto humano; una responsabilidad que es lo que es –una responsabilidad superior– sólo porque tiene un fundamento metafísico”.

Partiendo por él mismo, Havel presenta un verdadero modelo de acción política: “en toda circunstancia, esforzarme por ser una persona decente, justa, tolerante y comprensiva, al mismo tiempo que intento resistirme a la corrupción y al engaño. En otras palabras: debo esforzarme al máximo por actuar en armonía con mi conciencia y con lo mejor de mí mismo”. Qué distinto sería el escenario actual si los políticos chilenos siguieran este breve decálogo de acción política. 

Con esas palabras Havel describía su “programa político (o, más precisamente, […] mi programa civil)”, su “concepto de la clase de política y valores e ideales por los cuales quiero luchar”. En esas circunstancias él sintió “la responsabilidad de trabajar por las cosas que considero buenas y correctas. No sé si podré cambiar ciertas cosas para mejor, o no lo conseguiré en absoluto. Los dos resultados son factibles. Sólo hay una cosa que no estoy dispuesto a admitir: que no tenga sentido esforzarse en una buena causa”. 

Y esa “causa”, “Es una batalla eterna y sin fin, librada por gente buena (entre quienes me incluyo, más o menos), contra gente mala, por gente honrada contra gente deshonesta, por las personas que piensan en el mundo y en la eternidad, contra las personas que sólo piensan en sí mismas y en el momento presente. La lucha sucede en el interior de todos”. Ésas eran, en síntesis, las “ideas” de Václav Havel “acerca del país que debiera ser nuestro, y articular la visión que me sirve de guía o, más bien, la visión que fluye naturalmente de la política, según mi comprensión de ella”.

Los políticos que hoy aspiran a dirigir los rumbos de parte de los chilenos, deberían leer y estudiar este breve ensayo de Václav Havel, que mucho tiene que decir de su actividad. La política no puede ser una mera lucha por espacios de poder o el servicio de intereses particulares, por legítimos que éstos sean. Al contrario, la política debe ser el servicio de los altos ideales, de la Patria, del bien común. En esta campaña hemos visto con tanta crudeza y claridad cuánto se necesita una ética política.