La Conciencia Sucumbre ante la Ciencia
Mauricio Riesco Valdés | Sección: Arte y Cultura, Política, Sociedad, Vida
Y yo que pensaba que mi capacidad de asombro ya estaba completamente agotada, no hace mucho me di cuenta de que (no sé si para bien o para mal) aún responde ante algunos estímulos fuertes. Fue cuando leí sobre lo que habían conseguido hacer científicos de la empresa norteamericana Neuralink, propiedad de Elon Musk, que mediante un microchip lograron conectar un computador al cerebro de una persona cuadripléjica que, incapaz de mover su cuerpo y de hablar, utilizando únicamente sus capacidades cognitivas pudo darse a entender y hasta jugar una partida de ajedrez en el computador sólo con su mente.
Suena a ciencia ficción, pero ya está lejos de serlo; de hecho, no solo Elon Musk cuenta con su propio proyecto en esta materia. Biólogos moleculares, neurobiólogos, genetistas, matemáticos e informáticos, entre otros especialistas, trabajan desde hace años en estos y otros proyectos similares en distintos laboratorios del mundo, en una colaboración interdisciplinaria que ha requerido el desarrollo de avanzadas tecnologías y de ingentes recursos económicos aportados por diversas fundaciones privadas y gobiernos de algunos países desarrollados.
Solo por citar otro caso similar, el neurobiólogo español Rafael Yuste lleva varios años liderando un grupo de científicos en el desarrollo de su proyecto Brain, perfeccionando dispositivos cerebrales que traspasan información a computadores de aquello que ni siquiera sabemos que tenemos en el subconsciente, y creando distintas prótesis que ayudan a vincular de manera directa al cerebro de una persona con Internet para transmitirle información externa o conseguir la que éste guarda. “La ciencia ya lee tu cerebro, pronto desvelará hasta tu subconsciente”, ha dicho Yuste, no sé si amenazante u orgulloso, pero no me suena nada tranquilizador su pronóstico.
Desde un punto de vista estrictamente médico-clínico, estos estudios resultan admirables, asumiendo que enfermedades cerebro-degenerativas como el Alzheimer o el Parkinson podrían tener alguna terapia eficaz. Así lo han advertido los expertos y se abre ante nuestros ojos un escenario muy esperanzador. Pero debemos admitir que también ya está abierta la puerta para la manipulación cerebral y, en consecuencia, el control de las personas. Son materias éstas cuyos resultados trascienden los límites científicos (si los hubiera), que apuntan a la persona en su libertad, su privacidad, a su calidad de ser humano independiente y único.
Es la propia identidad de la persona la que puede quedar en juego y a merced del apetito de muchos por controlar el comportamiento humano y conseguir su manipulación. Si ya Musk consiguió mediante un computador intervenir el comportamiento de un cuadripléjico para que éste pudiera jugar ajedrez moviendo las piezas del tablero solo con su mente, ¿qué falta para que científicos, médicos, o avezados expertos inescrupulosos lo hagan con otros para “lavarles” su cerebro introduciéndoles ideas, propósitos, conceptos, instrucciones, ideologías, o destruyéndoles sus conocimientos, sus creencias, sus ideales?
Es cierto que la implantación de un diminuto chip como interfaz cerebro-computadora no nos podría (debería) ser implantado sin nuestro conocimiento y consentimiento, pero la eventualidad de un cambio provocado en la conducta humana mediante la manipulación cerebral y perturbar la racionalidad de las personas ya es hoy una posibilidad cierta y no poco tentadora para algunos; esto dejó de ser lo que inicialmente pudo asemejarse a alguna teoría conspirativa, a una alucinación o fantasía.
Por cierto, hay evidentes consideraciones éticas y jurídicas que irán surgiendo a medida que avance aún más el desarrollo, la utilización, distribución y comercialización de estas nuevas tecnologías, por lo que deberían existir marcos regulatorios particularmente estrictos en su uso para proteger la privacidad y confidencialidad de datos personales o la autonomía de las personas y evitar un control mental o cognitivo. Pero, la pregunta de fondo subsistirá siempre: ¿realmente vale la pena alcanzar un altísimo nivel científico y tecnológico si ello pudiera repercutir en una deshumanización alienante, en una desconexión emocional casi total de la persona según el uso que se les pueda dar a estos artilugios?
En este asunto, es interesante lo que ha ocurrido en Chile. Ya desde el año 2006 existen normas relativas a la investigación científica biométrica y sus aplicaciones clínicas. No obstante, no hacen referencia explícita a los implantes cerebrales respecto de los cuales poco se sabía en aquella época. Por otra parte, en 2021 se modificó el artículo 19 N°1 de nuestra Constitución Política (derecho a la vida), agregándole al final un párrafo que dispone que el desarrollo científico y tecnológico deberá atenerse a una ley para “regular los requisitos, condiciones y restricciones para su utilización en las personas, debiendo resguardar especialmente la actividad cerebral, así como la información proveniente de ella”. Desde el año pasado, además, se discute en el Senado un proyecto referido a la prohibición de la clonación humana y la regulación de la edición del genoma humano. No obstante, por el riesgo que revisten los implantes cerebrales debiera ser ésta la ocasión de incluir este tema puntual durante el análisis y discusión parlamentaria de aquel proyecto dado que éste no lo considera explícitamente.
Lo que resulta evidente, en todo caso, es que quienes sucumban voluntariamente (o no) a la biotecnología mediante la implantación de un chip cerebral por los motivos que sean, podrán decir, y con razón, que son personas biónicas, aunque a riesgo de hipotecar la voluntad, la inteligencia, la razón y la conciencia propias. No dejo de pensar en alguna singular conexión entre estos dispositivos con el llamado nuevo Orden Mundial y con el Estado Supranacional que hace tiempo buscan algunos conocidos líderes mundiales que son, a su vez, grandes financistas de proyectos relacionados con lo que la propia ONU llama un “mundo sustentable” (Agenda 2030), lo que yo interpreto como un mundo de androides, es decir, seres autómatas, robotizados, siervos cumplidores de los dictados de las Naciones Unidas y de quienes la controlan.
En un futuro quizás si los biónicos puedan ser capaces de encender la televisión con la mente, pero jamás podrán estar seguros, por ejemplo, de la autenticidad de sus sentimientos, de su raciocinio, de su discernimiento, su conducta ética, su juicio intelectual; ¿lo hice yo, lo pensé yo mismo o fue el computador en base a información acumulada con reglas y directrices que les proporcionan los demás (IA)? Tampoco podrían estarlo respecto de su capacidad de procesamiento cognitivo, ¿seré capaz de sentir una emoción auténtica? ¿Podré crear algo con inspiración propia si la interfaz cerebro-computadora que me han implantado se nutre de información ajena?
No quisiera yo ser un genio en el juego del ajedrez si hay una máquina que me sopla las jugadas.




