“Nostalgia de Jaime Eyzaguirre (II)”

José Ignacio Palma | Sección: Arte y Cultura, Historia, Religión

En 1983, por estas mismas fechas y en este mismo diario, Jaime Guzmán publicaba la columna “Nostalgia de Jaime Eyzaguirre”, a propósito del quinceavo aniversario de la muerte del historiador. Con una pluma entrañable, el ex senador recordaba a “don Jaime” como una de esas personas “cuyo vacío la sociedad no logra llenar”; como un maestro —del que él mismo se reconoce discípulo— capaz de convocar a grandes ideales con el testimonio de su fe.

Probablemente Eyzaguirre nunca imaginó que, a estas alturas, la nostalgia por su obra y su persona seguiría viva. En medio de la crisis política y social que atraviesa nuestro país, leer a “don Jaime” nos recuerda que, en última instancia, lo que sufre Chile es un problema de autoestima, de reconciliación con la propia identidad.

Seguimos, tal y como él denunciaba, llenos de complejos de inferioridad respecto del mundo anglosajón; ni siquiera la madre patria escapa a este dilema. Hoy nos enfrentamos, sin embargo, a nuevos tipos de complejos, instaurados por una izquierda que no ha perdido oportunidad de promover la leyenda negra y su indigenismo radical. Qué bien nos habría hecho leer “Hispanoamérica del dolor” antes de aventurarnos en ese proceso constituyente refundacional, para entender que la tradición no es acomodable a caprichos ideológicos. Tradición, decía Eyzaguirre, es justamente “todo aquello que ha llegado a incorporarse a los pueblos como algo inherente a su propia persona y de la cual no podrían ellos prescindir sin poner en riesgo su existencia misma”. Y vaya que peligramos.

Hoy, valdría agregar también, hay nostalgia de Jaime Guzmán. Mucho tendría para decir sobre nuestra crisis moral. Cuando alguna vez le preguntaron por nuestro proceso de modernización capitalista —cuya legitimidad pendió de un hilo hace pocos años—, el fundador del Movimiento Gremial fue enfático: la economía social de mercado es el camino para sacar a Chile de la pobreza material, pero para que realmente funcione debe ir acompañada de una profunda “formación moral, que difunda un sentido espiritual de la vida, donde la austeridad, la sobriedad y la disciplina se enseñen como caminos de felicidad y perfección”. Ya prácticamente no quedan políticos que hablen así.

En nuestro país, al fin y al cabo, hay nostalgia por hidalgos, para utilizar los términos de Eyzaguirre y su “Fisonomía histórica de Chile”. La hidalguía, nos dice el historiador, no responde a “raigambres genealógicas”, sino a una cierta virtud. Hidalgos son, como Eyzaguirre y Guzmán, los que sueñan “la aventura del bien”, los que persiguen “la bienaventuranza eterna como meta suprema”. Dicho de otro modo, se trata de personas capaces de ajustar su obrar a un ideal trascendente. Y pucha que hacen falta.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Segunda el miércoles 11 de septiembre de 2024.