Acerca del campo y la construcción de la chilenidad
José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura, Historia, Política
Ya estamos por celebrar nuestras queridas Fiestas Patrias, días en que conmemoramos la Primera Junta de Gobierno –leal a Fernando VII– y las Glorias del Ejército, desplegando el mejor repertorio de nuestras tradiciones, gastronomía y entretenciones nacionales para celebrar a nuestra querida Patria. También durante estos días se celebra el Día de la Cueca, nuestro baile nacional, y el Día del Huaso y la Chilenidad. Este último día, menos conocido que nuestros icónicos feriados, me parece que sintetiza muy bien la esencia de los días que celebramos esta semana.
Cuando Mario Góngora del Campo (1915-1985), considerado por muchos el más grande historiador que ha gestado nuestra patria de historiadores, publicó su icónico Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX (1981) hace ya cuarenta y tres años, varios historiadores de renombre criticarían su hipótesis de que habría sido el Estado republicano el que habría dado forma a la nacionalidad chilena. Y es que, como ellos hacían notar, en 1810 existía en Chile ya un sentimiento que podríamos llamar nacional o patriótico, es decir, que ya se había formado en nuestro país un sentido de unidad nacional.
Esto quiere decir que no éramos puramente españoles, sino que había algo distintivo entre los habitantes de la Capitanía General de Chile que los hacía distintos a sus vecinos del Virreinato del Perú, de la Audiencia de Charcas o del Virreinato de La Plata. Salta a los ojos la más evidente diferencia, que es la norma lingüística hablada en Chile, que es muy distinta a la de los demás españoles americanos, pero también hay otras diferencias de costumbres o de calidad de instituciones. Muchas de esas diferencias se han cultivado desde antes de nuestra Emancipación, y algunas de ellas han dado forma a lo que en esta tribuna hemos llamado “instituciones permanentes de la historia de Chile”.
En Chile se gestó una unidad cultural y racial distintiva de la de sus vecinos peruanos, altoperuanos –hoy bolivianos– y rioplatenses –hoy argentinos y uruguayos–, por algunas características particulares de nuestro período hispánico, llamado por Gabriel Guarda “La Edad Media de Chile”. En la actual Zona Central del país se produjo un mestizaje muy profundo entre criollos y araucanos, que dio forma a los chilenos, distintos de los españoles peninsulares y de los araucanos que habitaban antes estas tierras. Parte de esta diversificación se daría en la zona de frontera, alrededor del Río Biobío, pero también en nuestras nacientes ciudades coloniales y en el campo chileno.
Y es que nuestra patria fue por tres o cuatro siglos un país eminentemente rural. Pese a que se fundaron no pocas ciudades antes de 1810, la mayoría de la población vivía en la hacienda, que sería el principal modo de organización social en Chile hasta bien entrado el siglo XIX, y que permanecería casi intacto hasta mediados del XX. Por eso, no es descabellado afirmar que la chilenidad se construyó en el campo chileno, y que lo más propiamente chileno es el campo. De hecho, muchas de las actividades que revivimos durante estos días, que para los chilenos de ciudad son folklóricas, son un testimonio vivo de cómo se vivía en Chile desde la llegada de los españoles en el siglo XVI.
Estas Fiestas Patrias son una ocasión especialísima para reflexionar sobre la chilenidad y vivirla de mejor manera. Y allí adquiere un carácter especial lo huaso, rural y campesino, que son el conjunto de tradiciones que dieron forma al modo de ser y vivir específicamente chileno, de raigambre hispánica, pero en vinculación con lo araucano y con las particularidades propias de nuestra tierra, en una sociedad mestiza y campesina.




