Juan de Dios Vial Larraín
Germán Gómez Veas | Sección: Arte y Cultura, Educación, Historia, Sociedad
Este 10 de agosto se cumplirá un centenario del nacimiento de este destacado filósofo chileno que cultivó, como pocos, la metafísica, una de las áreas clave de la filosofía. Igualmente, es justo reconocer que Juan de Dios Vial Larraín fue un sobresaliente y respetado promotor de las humanidades.
En 1983, cuando estaba cursando mi segundo año de pedagogía en filosofía en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, dado mi especial interés por la filosofía de los primeros pensadores, mi profesor de filosofía antigua me animó a que acudiera donde don Juan de Dios a solicitarle que me admitiera como oyente en su seminario que impartía en la Universidad Católica sobre la Metafísica de Aristóteles. Vale la pena mencionar que los textos de este destacado filósofo chileno siguen siendo importantes para todo aquel que quiera entender no sólo al fundamental sabio de la antigüedad griega, o a los tópicos de la fundamentación ontológica en específico, sino también para identificar, comprender y analizar conceptos que están en la base de la filosofía en general. Autor de numerosos ensayos y libros, Juan de Dios Vial Larraín destacó por abordar los temas decisivos de la filosofía.
En cuanto a la promoción de las humanidades, parece oportuno recordar su ensayo publicado a inicios de los años ochenta, “Las humanidades y su destino en Chile”. Advirtió en ese tiempo que gran parte de la crisis educativa que se estaba observando se explicaba por la insuficiente formación que estaban recibiendo los escolares de enseñanza media, lo cual repercutía gravemente en los jóvenes que ingresaban a la universidad. Ahora bien, dado que nunca se abordó el tema en toda su dimensión, hoy, la deficitaria educación que reciben nuestros estudiantes comienza en la enseñanza básica. Las tres fallas patentes que subrayó don Juan de Dios se centraban en la mala formación de los profesores, en los programas de estudios, y también en la mala calidad de la mayoría de los textos de estudio. Además, puso énfasis en un problema que hoy permanece muy extendido bajo el amparo de equivocadas definiciones en las que han incurrido muchas escuelas de pedagogía: “formar a los profesores enseñándoles Pedagogía, en lugar de las materias que ellos deberán enseñar”.
Descuidar la formación sólida de los profesores y que éstos no cuenten con la instrucción aventajada para centrarse en la formación de conocimientos firmes en los escolares ha sido –y sigue siendo– una de las causas más notorias en la ineficacia educacional.
La propuesta del filósofo en cuanto a que el sistema educativo debía volcarse a las humanidades permitiría superar muchos efectos negativos de lo que algunos investigadores y académicos han denominado pedagogismo. En efecto, la profundidad del problema le hizo ver que resultaba imperativo definir un currículum escolar que realmente tuviera las humanidades en todo su eje, asumiendo el desafío de abordar los tres nudos descritos.
El temprano planteamiento del filósofo que hoy recordamos invita a reflexionar con respecto a que los cambios que requiere nuestro sistema no van por la línea de seguir probando enfoques metodológicos (pedagogismo). Su razonamiento apunta a comprender que el proceso formativo sustancial se debería orientar a lograr los fines propios de la acción educativa, respecto de los cuales las humanidades tienen un soporte apropiado, coherente y fértil.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Discusión el sábado 11 de mayo de 2024.




