In memoriam Solzhenitsyn

Iván Witker | Sección: Arte y Cultura, Política, Sociedad

Hace justo quince años murió este literato soviético, de profunda alma rusa, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1970, y cuya obra trasciende por todo el mundo. Solzhenitsyn fue, y sigue siendo, una voz de alerta alzada desde las entrañas mismas del más protervo de los experimentos sociales del siglo pasado.

Voz que repercute necesariamente en América Latina, una región donde son demasiado frecuentes las promesas de un “porvenir radiante”. Las advertencias de Solzhenitsyn son necesarias porque apuntan justamente hacia los lados más oscuros de tales quimeras.

Hasta antes de la aparición de sus obras, sólo hubo información dispersa y datos poco consistentes sobre lo que realmente sucedía en la Rusia soviética. Proliferaba demasiado material propagandístico, lo que llevó a sectores políticos de todo el mundo –tanto en la derecha como en la izquierda moderada– a tomar con suspicacia los escasísimos testimonios.

Fue la pluma de Solzhenitzyn la encargada de darles verosimilitud. Sus novelas no son sólo una crudísima descripción de los costos humanos escondidos tras esa identidad artificiosa llamada homo sovieticus, sino que develan la inconsistencia entre el verbo y la realidad que hubo en la principal utopía igualitarista del siglo 20.

Aunque se formó como físico y matemático, optó por la escritura con el propósito de desmenuzar el momento histórico que le tocó vivir (el siglo 20), así como toda la estructura político-social que lo impregnaba (el totalitarismo) y los efectos de la ideología (el leninismo) que guiaba la quimera. Por eso, muchos sostienen que no fue un verdadero novelista, sino un cronista de su época y de un experimento con carácter universal.   

El jurado de Estocolmo, al otorgarle el Nobel, puso énfasis en la “fuerza ética” de sus novelas. Sin embargo, para efectos prácticos y en términos comunicacionales, así como políticos, Solzhenitzyn le puso un nombre concreto al trasfondo de la URSS: Gulag.

Aquella desconocida palabra encerraba realidades pavorosas. Era el acrónimo de una tétrica institución, creada en 1930 por los bolcheviques, con el nombre de Dirección General de Campos y Colonias de Trabajo Correccional, cuyo único propósito fue humillar, doblegar y aniquilar espiritualmente (y si se lograba físicamente, tanto mejor) a cuanto opositor existiese. El resultado fueron deportaciones masivas a las zonas más inaccesibles e inclementes de Siberia. Gulag pasó a ser sinónimo de industria del esclavismo político.

A diferencia del nazismo, que se limitó a exterminar personas según criterios étnicos, el régimen soviético optó por campos de trabajos forzados para todas aquellas personas consideradas incómodas. Quizás guardó una tenue esperanza de recuperar para sí a aquellos “enemigos”, si los sometía a condiciones extremas. Sin embargo, mayores evidencias apuntan a un simple afán de disponer de mano de obra sobreexplotada. Gracias a ellos se construyeron vías férreas y centrales hidroeléctricas.

Se calcula que entre dos y cinco millones de personas murieron en los gulags. Sólo en los años de Stalin fueron enviados allí casi 20 millones de personas. Solzhenitsyn lo vivió en carne propia; y sobrevivió.

Los altibajos en su vida revelan lo inextricable que llega a ser la vida en un régimen comunista. Pese a haberse enrolado en el ejército y haber sido condecorado por su desempeño en la Segunda Guerra Mundial, lo arrestaron en 1945 por deslizar algunas críticas a la conducción de Stalin en una carta privada. Fue juzgado y sentenciado in absentia a ocho años de trabajos forzados. Los cumplió en diversos gulags, hasta que, en 1953, tras la muerte de Stalin, le conmutaron la pena por un destierro en un pueblo siberiano, donde fue profesor de matemáticas y pudo atender sus graves problemas de salud. Khrushchev lo liberó en 1957.

A partir de entonces publicó sus primeras novelas. Un Día en la Vida de Ivan Denisovich fue una bocanada de aire fresco para lectores que venían saliendo del estalinismo. Sin embargo, la llegada de Brezhnev al Kremlin le significó nuevas restricciones. Solzhenitsyn se refugió en las ediciones samizdat, esa manera precaria y clandestina de imprimir y luego difundir ideas disidentes al interior del bloque soviético. En esa forma aparecieron Pabellón de Cancerosos y Primer Círculo. Las autoridades supieron pronto que preparaba una gran obra, pues partes de ella también circulaban en forma de samizdat desde 1967. Se dio la orden de encontrar el manuscrito de Archipiélago Gulag.

Solzhenitsyn había tomado las providencias del caso, y gracias a la ayuda de un periodista sueco, consiguió que las partes principales llegasen a París, donde fueron editadas en 1969 deslumbrando las conciencias de los europeos. Al año siguiente se le reconoció con el Nobel, el cual no pudo recibir personalmente ante la amenaza de ser expulsado definitivamente del país. Y como no tenía alma de mártir, el atentado sufrido en 1971 con un elemento químico, se vio obligado a buscar asilo en algún país occidental.

Gracias a gestiones del canciller alemán Willy Brandt (Kissinger en su libro Diplomacia también asegura haber intercedido por él), consiguió finalmente que lo expulsaran de la URSS. Solzhenitsyn llegó a Frankfurt, iniciando un largo periplo que lo llevó a establecerse finalmente en una pequeña localidad del estado de Vermont, en EE.UU. En 1974, apareció la edición definitiva de Archipiélago Gulag. Se hizo en francés y alemán, pero en tres años ya había sido traducido a más de treinta idiomas. En los años siguientes, las universidades de Harvard, Stanford y la Hoover Institution le otorgaron diversos reconocimientos.

En el exilio continuó escribiendo, entre ellos una monumental historia de la revolución de 1917. Gorbachov le restituyó la ciudadanía a fines de los 80 y autorizó la publicación en ruso de sus principales novelas. En 1994, regresó a vivir en Moscú. El presidente D. Medvedev presidió sus funerales.

Mirado en perspectiva, Solzhenitsyn, junto al padre de la bomba de hidrógeno soviética, Andrei Sajarov, fueron los más emblemáticos disidentes de la URSS. Se convirtieron en símbolos de aquellos ejemplos morales presentes en toda lucha por la libertad. Puede asegurarse que sin ellos resulta imposible entender el convulso siglo pasado.

Mirado con la lupa ya de este siglo, cuando en casi todos los países occidentales se ha puesto de moda la cultura de la cancelación, la obra de Solzhenitsyn sigue siendo un gran faro. La cancelación, tan común en los ambientes woke, no es otra cosa que una versión deformada de las antiguas anatemizaciones, excomuniones y destierros. Esta vez, al interior de la sociedad misma.

Solzhenitsyn recuerda además que las mazmorras permanecen al acecho. En todo tiempo y lugar. Hoy mismo siguen existiendo regímenes que las consideran una especie de mecanismo de “resolución de controversias”. En nuestra región, el Combinado del Este a pocos kilómetros de La Habana y El Chipote en Managua lo representan.

Por eso, la obra de Solzhenitsyn sigue siendo actual e interesante. Dramática y concreta. Como escribió en su Archipiélago Gulag, “en este libro no hay personajes ficticios ni sucesos imaginarios… todo ocurrió como se cuenta”.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Líbero el lunes 14 de agosto de 2023.