Nuevas tiranías
Carlos López Díaz | Sección: Arte y Cultura, Política, Sociedad

Lo que hoy pasa por progresismo se erige sobre la creencia de que el pasado en su conjunto, salvo excepcionales oasis o breves paréntesis, ha sido una larga noche de ignorancia, injusticia y opresión, de cuyo ominoso retorno tratan de protegernos, incansables, los progresistas. Sin duda la historia registra todas estas cosas hasta la náusea, pero también las contrarias, un legado imperecedero de sabiduría, de civilización, de libertades. Naturalmente, el progresista no niega esto, lo que sería manifiestamente absurdo. Pero con frecuencia, en especial con ciertos períodos de su especial inquina, trata de minusvalorar las excelencias y logros pretéritos. Les sonará el “páramo cultural” del franquismo, pero lo mismo puede decirse de épocas mucho más extensas, como la Edad Media, que la cultura popular, alimentada por los divulgadores más inescrupulosos, percibe prácticamente como una edad oscura ininterrumpida desde la caída del Imperio romano hasta el Renacimiento.
El pensamiento progresista no niega por completo los destellos de cultura y de libertad de otras épocas, sino que por el contrario se los apropia, interpretándolos con patente anacronismo como meros anticipos del presente, como ejemplos de personas “adelantadas a su tiempo”, recurso retórico muy empleado a modo de dudoso elogio de grandes mujeres, como si el mérito de Isabel la católica fuera haber prefigurado las cuotas de género o los puntos violeta. En clara contrapartida, si cualquier bondad del pasado es sólo un adelanto del hoy, los males actuales provienen de los intentos retrógrados por devolvernos al ayer, se explican como burdos retrocesos o recaídas en las iniquidades de períodos anteriores, que deberían estar ya superados, clausurados. La mayor amenaza es, en esencia, que la historia se repita.
La consecuencia del paradigma progresista es que nos desarma ante las tiranías de nuevo cuño, aquellas que saben adoptar las formas de la novedad y contraponerse astutamente con los viejos despotismos. El progresismo nos incapacita casi por completo para detectar y combatir las nuevas injusticias. Al retratar con todo lujo de detalles, sin renunciar a los de carácter apócrifo o manifiestamente falsos, las opresiones pasadas, tanto las más recientes como las más antiguas, nos distrae eficazmente de las formas más novedosas de dictadura e injusticia. Edmund Burke, estudiando no por casualidad la Revolución francesa, fue de los primeros en advertirnos, hace ya doscientos años, sobre esta estrategia de quienes, “bajo la apariencia de estar aborreciendo los malos principios de los partidos anticuados, están de hecho autorizando y dando pábulo a esos mismos vicios en manifestaciones diferentes, y tal vez incluso peores”. No sólo eso, sino que el espantajo de las injusticias pretéritas, tanto reales como imaginarias, sirve para desacreditar a quienes denuncian o advierten contra las nuevas formas de opresión, con frecuencia mucho más reales que los relatos truculentos de edades oscuras. Así, “proceden argumentando como si todos los que están en desacuerdo con sus nuevos abusos han de ser necesariamente partidarios de los viejos”. (Edmund Burke, Reflexiones sobre la revolución en Francia, Alianza Ed., 2013, pp. 191 y 215)
La violencia e intolerancia de los autodenominados “antifascistas” contra toda manera de pensar distinta de la suya es una palpable demostración de las premonitorias palabras de Burke. Aquí entra todo el discurso mediático abrumadoramente predominante, que rutinariamente clasifica como ultraderecha, fascismo o negacionismo cualquier posición o movimiento político que no esté acorde con los dogmas de la teoría de género, la doctrina multiculturalista y el ecologismo apocalíptico, compendiados en el agendismo globalista.
Para combatir esta estrategia del progresismo izquierdista nada es más necesario que la reflexión sobre las nuevas formas de opresión, desprendiéndonos de plantillas teóricas desfasadas. A dicha reflexión contribuyen de manera mucho más notable de lo que pudiera parecer ficciones distópicas como las de Huxley, Orwell y otros, que nos ayudan a comprender las verdaderas amenazas a las que nos enfrentamos, las cuales no proceden de los fantasmas del pasado, sino de usos perversos de la ciencia y de mucha retórica que pasa por democrática y racionalista. Estas obras suelen proporcionar también pistas útiles sobre cómo las tiranías presentes y futuras manipulan el conocimiento del pasado no sólo para justificarse, sino para borrar todo referente crítico de libertad, cuando no apropiárselo fraudulentamente.
A modo de conclusión y principio práctico, podemos retener lo siguiente: Desconfiemos de quienes nos asustan con fantasmas del pasado. Probablemente son los que más desean subyugarnos.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por el autor en su blog Cero en progresismo el martes 15 de agosto de 2023.




