Prometer hasta morir
Rodolfo González Gatica | Sección: Arte y Cultura, Política, Sociedad

Ernesto Laclau, un filósofo, teórico político y escritor postmarxista argentino fallecido en 2014, postuló que todos tienen derecho a todo, todo el tiempo. Los políticos de izquierda que siguen su doctrina empiezan creando, por tanto, la duda en la gente: “¿Tienes todo lo que mereces, todo el tiempo?”. Y frente a la obvia respuesta negativa, interpelan al pueblo. “¿No?, entonces alguien te lo quitó”. Cualquier instancia es buena, cualquier tarima es adecuada para sembrar la insatisfacción producto de una expoliación. Es una nueva versión de la lucha de clases, aunque esta vez supera con creces la dualidad de las clases sociales ya que las carencias –al ser de cualquier tipo– pueden unificar a cualquier grupo o a cualquier colectivo o comunidad. Resulta evidente que todos, en algún momento, respecto de alguna cosa, hemos sentido que no hemos recibido algo que queríamos poseer y sobre lo cual creímos que constituía un derecho.
El objetivo, por tanto, es hacer una colección de víctimas calificando, además, a las víctimas como los buenos, y a todos aquellos que te quitaron lo que merecías, como los malos. Y de ahí el discurso pasa a la acción: “Busquemos a los malos, identifiquemos a los malos, expongamos la injusticia que nos producen los malos, a todos los que, a ti o a tu familia, le quitaron algo: empleo, tranquilidad, autoestima, etc. A los buenos los represento yo. Juntemos a todos los buenos, donde el común denominador no sea una forma de ver la vida y la sociedad, sino la de ver algún derecho arrebatado. No se necesita la homogeneidad ni la ideología, basta con que uno se perciba víctima de alguien respecto de algo”.
Ese es su catecismo y de ahí nace su promesa: “Yo te voy a dar todo lo que necesitas y que te quitaron”; “Ahora, por ejemplo, solo tengo algo de presupuesto y algunos cargos, una bandera que te represente tu diversidad o en el deseo de recuperar unos derechos que te quitaron desde la conquista”. Por eso, busco y valoro la lealtad por sobre la capacidad y el efecto es lograr que la gente diga: “Este sí me cumple, vale la pena seguirlo”. Y, la promesa se repite en cada oportunidad que les habla a las víctimas: “habrá más si sigues conmigo; por ahora esto es lo que tengo para darte”.
Por tanto, lo que amarra a los suyos es la fe en él, porque me habla a mí, me entiende y habla bien de mí. Por fin alguien reconoce mis debilidades y las hace suyas. Me representa en mis carencias, incluso en las intelectuales, en las de gestión. “Yo soy igual a él, por eso vale la pena estar con él”. “No lo dejemos solo. Lo tratarán de destruir, es tan víctima de los malos, como lo somos nosotros”. Y, para conservar esa fe en él, cuando algunos de los buenos se comporten como malos, serán separados del equipo, del rebaño como manzanas podridas que se colaron en el cajón de la fruta buena, sana y madura. Y eso seguirá así hasta que la realidad los desnude de ese delirio y cuando una mayoría de esas víctimas sienta que les quitaron, ahora sí y de verdad, lo que ya tenían y que habían conquistado con esfuerzo, además de la esperanza. Entonces, los que eran buenos pasarán a ser los nuevos malos. El problema estará en que los antiguos malos no serán vistos como buenos, sino que como males necesarios hasta que llegue –ojalá ahora sí– uno verdaderamente bueno que no masacre mi esperanza.Esta es la batalla cultural que estamos perdiendo en Chile. Mientras no entendamos que lo que hay que “deconstruir” es el victimismo y no volvamos a educar a nuestros ciudadanos como verdaderos protagonistas de sus vidas, de que no toda carencia es una violencia, de que ese victimismo es una mala filosofía de vida que promueve la compasión, pero que no conduce a la superación y que la diversidad es una realidad que hay que respetar y no una ideología a la que hay que combatir, estaremos condenados y condenando a los realmente vulnerables a sucumbir ante el populismo que promete hasta morir… o hasta que otros mueran.




