Podemos y las expectativas defraudadas
Alex Navas | Sección: Historia, Política

Aunque nos gustaría conocerlo y controlarlo, el futuro resulta casi siempre imprevisible y no deja de sorprendernos. Los pronósticos fallan, a veces de modo estrepitoso. Esta es la gran cruz de las ciencias sociales, especialmente de la economía, la más pretenciosa con todo su aparato matemático. De ahí que el modesto sociólogo lance las campanas al vuelo cuando puede exclamar: “Ya os lo había dicho”. He vivido esa satisfacción al rescatar la tribuna de opinión La juventud toma la calle, publicada en estas páginas el 20 de mayo de 2011, con ocasión del surgimiento del fenómeno 15-M, luego origen de Podemos.
Me disculpo por la autocita (por una vez, supongo que se puede permitir). La descripción de la situación que hacía en 2011 apenas ha perdido validez –para nuestra desgracia–:
“Un Gobierno ciego e incompetente. Un sistema financiero egoísta y especulador. Unos representantes políticos que no están a la altura. Una justicia sometida a quienes mandan. Unos sindicatos y una patronal financiados por el erario. Buena parte de los medios de comunicación vendidos al poder y al dinero. Un sistema educativo mediocre… No todo parece desastroso, en algunos ámbitos somos incluso punteros en el mundo: deporte, gastronomía, artes plásticas, algunas empresas líderes en sus sectores. El deterioro político y económico ha conducido a nuestra sociedad a un callejón sin salida y la gente se ha hartado. Diagnosticar nuestros males resulta sencillo y los acampados en la Puerta del Sol no han dicho nada novedoso al respecto. Los problemas surgirán cuando se trate de articular acciones positivas, constructoras de ese nuevo orden social más justo que la calle reclama.
Veremos qué sesgo adquiere el movimiento popular. Grupos opuestos, antisistema y representantes del establishment político, intentan capitalizar el éxito y sacar tajada. En momentos de confusión se abren posibilidades para la gente audaz y preparada… La protesta muestra un indudable carácter transversal, pero los jóvenes asumen el protagonismo. Comprendo cómo se sienten, y entiendo su indignación con un régimen social que los adula y, a la vez, les cierra casi todas las puertas. Muchos están excelentemente preparados y con ilusión por trabajar –considero un privilegio tenerlos en el aula– y resulta indignante que les ofrezcamos tan solo contratos precarios y sueldos de hambre. Así no se puede formar una familia ni acceder a una vivienda. Es lógico que desprecien a la clase política. Pero encuentro incoherente que, a continuación, planteen una serie de exigencias, en forma de derechos, dirigidas justamente al Estado…
Llama la atención el planteamiento reivindicativo, que pide todo a título de derecho –educación, sanidad, trabajo, vivienda, cultura, medio ambiente, etcétera–. ¿Quién va a proporcionar todo eso? ¿Con qué recursos? ¿Dónde quedan los deberes correlativos a los derechos?”.
Hasta aquí mi artículo de 2011. En el discurso de apertura del congreso fundacional de Podemos, en 2014, un crecido Pablo Iglesias proclamaba: “Hoy empieza a nacer una organización política que está aquí para ganar y para formar gobierno… Existe una mayoría que apuesta por la decencia: que los ricos paguen impuestos, que se democratice la economía. Una mayoría que sabe que el problema es que hemos estado gobernados por mangantes. Y dijimos basta… No nos conformamos con ser segundos. Salimos a ganar… El cielo no se toma por consenso: se toma por asalto”.
En situaciones de decadencia es fácil acertar en el diagnóstico, y los populistas de todo signo saben echar leña al fuego de la indignación para exacerbar el rechazo a la clase política tradicional. La ventaja “competitiva” de los demagogos frente a los políticos de siempre consiste en prometer soluciones tan radicales como simples para problemas complejos. Que el “sistema” las haya ignorado hasta entonces se debería tan solo a su mala fe, al afán de “la casta” por seguir robando. El mal denunciado resulta patente, y el sufrido pueblo cede a la tentación de entregarse en manos del caudillo de turno, que parece tener en la chistera la solución milagrosa a los males de la nación. Esa ciudadanía desencantada y abrumada no se da cuenta de que el remedio es peor que la enfermedad.
Tropezamos repetidas veces en la misma piedra, pero quiero pensar que también somos capaces de aprender. En esta docena de años, lo que Podemos ha cambiado han sido básicamente las condiciones de vida de sus dirigentes, que ahora disfrutan de todos los privilegios de la casta. Los podemitas no han asaltado el cielo, se han conformado con las arcas del Estado. Entre subidas de impuestos, déficit presupuestario, deuda pública y fondos europeos se han fabricado un colchón millonario para disfrute de parientes y secuaces. La regeneración de la vida pública ya no corre prisa y tiene que esperar. Pero los votantes no son tontos: han tomado nota de esa metamorfosis y pasaron su factura el 28-M. Queda el 23-J para rematar la faena.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por el Diario de Navarra el domingo 18 de junio de 2023.




