Los ahorros que arriesgan la inversión
Jorge Andrés Pérez | Sección: Política, Sociedad

Hay países latinoamericanos donde hay que pagar dos veces por un puente para que se construya. Es más, incluso después de pagar dos veces por el puente no hay certeza de que se construya. Ese es el mundo latinoamericano del realismo mágico.
En Chile se da otro fenómeno: el mundo del idealismo milagroso, donde por el precio de un puente largo con un margen de error realista, se construyen dos puentes cortitos sin margen de error, pero que tienen que hacer milagros cuando, en vez de nevar, en la alta cordillera llueve. Porque entonces se inyectan grandes cantidades de agua a los cauces que van de la Cordillera al mar, saturando de agua las cuencas hidrográficas. Bajo estas condiciones los puentes cortitos se convierten rápidamente en embudos que operan como escotilla de un embalse.
Estos puentes cortitos son a prueba de terremotos, pero los caminos que conectan al puente se convierten en represas que no pueden contener la fuerza del agua de los torrentes. Bajo estas condiciones, la presión del agua rápidamente socava la conexión terrestre de la ruta vial con el puente. En un país con la geografía de Chile esto equivale muchas veces a interrumpir la conectividad del país.
Los chilenos por cultura somos proclives a valorar mucho los pequeños ahorros en un horizonte de tiempo corto, sin importarnos demasiado si estos ahorros en el presente comprometen la viabilidad de nuestras inversiones en un horizonte de tiempo largo. Es decir, los chilenos tendemos a valorar mucho los beneficios presentes (con cero riesgos), a costa de los peligros futuros (con altos riesgos). Operamos mentalmente en el presente con una distribución probabilística del riesgo que tal vez no nos permite tomar decisiones óptimas para la sociedad en el largo plazo.
En el mundo angloamericano le llaman a esto ser penny wise and pound foolish. Es decir, arriesgar en el futuro a perder lo invertido, para conseguir en el presente ahorros insignificantes. Lo interesante es que estos puentes no se pueden caer en un terremoto, porque la sociedad chilena ya no tiene tolerancia para eso. Entonces los puentes cortitos son a prueba de sismos, pero no a torrentes.
Con esta lógica del riesgo tiene sentido ignorar los peligros de largo plazo al momento de construir puentes. Porque se consigue el beneficio de corto plazo de construir más puentes cortitos (más baratos), pero que no cubren todo el espacio que va a invadir un torrente de agua en el futuro. El ahorro de no tener que construir puentes realistas más largos (más caros), anclados en la segura roca madre de la tierra firme, es políticamente significativo en el presente.
En términos políticos es muy rentable inaugurar puentes cortitos en el verano, versus el riesgo del costo político que te pueda salpicar cuando el puente quede inutilizable en el futuro lejano, porque entonces nadie se va a acordar bajo qué gobierno se construyó el puente. Es más, en ese momento van a quedar inutilizables puentes cortitos de muchos gobiernos. Esto es una especie de obsolescencia programada para puentes, producto de que históricamente en el ministerio de obras públicas de Chile haya habido, y todavía haya, un consenso institucional de construir más puentes cortitos, descontando los riesgos futuros.
Es de esperar que la nueva Constitución no solamente sea un puente a prueba de sismos, pero que también sea un puente a prueba de esos torrentes cordilleranos de las crecidas diluvianas de los ríos que se dan cada veinte años. Es decir, que tenga la capacidad de canalizar de manera rápida y segura esas aguas antes que puedan socavar los terraplenes de los caminos que conectan con los puentes. Hay que evaluar de manera realista si la nueva constitución va a ofrecer una mejor institucionalidad que la actual para lidiar con esos torrentes cordilleranos cuando vengan, porque van a venir.




