El test del malvavisco en la política chilena (parte VI)
Joaquín Muñoz López | Sección: Historia, Política, Sociedad

La inmigración
Hoy por hoy, la inmigración es un problema que abarca la seguridad pública, la seguridad nacional, la saturación de los servicios sociales, el debilitamiento del espíritu de nacionalidad, entre otros. La seguridad pública porque han llegado nuevas formas de delito y más desorden; la seguridad nacional porque han llegado muchos activistas castrochavistas y nacionales de Estados rivales; la saturación de los servicios sociales porque la inmensa mayoría de los inmigrantes llega sin recursos y, por lo tanto, debe vivir de la caridad pública y privada, y el debilitamiento del espíritu de nacionalidad porque los inmigrantes traen costumbres nuevas a una sociedad fácil de convencer, de hecho, hay colegios en que no se celebran las Fiestas Patrias para no molestar a los estudiantes extranjeros.
Tal vez lo que mejor define el proceso inmigratorio vivido hace años sea el “empobrecimiento de los sectores más vulnerables”. La competencia por los puestos de trabajo es desigual. El nivel de vida de un chileno es mucho más alto que el de un inmigrante, por lo tanto, no puede ganar lo mismo que éste. Además, hay un aspecto moral: es el chileno o sus ancestros quienes han trabajado para engrandecer a Chile, y ahora que nuestro país tiene cierto nivel, llega gente a exigir su parte. Sí, a exigir, cada día aumentan las exigencias de los recién llegados en ámbitos cada vez más diversos.
¿Por qué nadie ha puesto atajo a esto? ¿Por qué cuando se sorprende a un irregular se le regulariza, pese a que en los países civilizados se le deporta? ¿Por qué la presidente Bachelet trajo tantos haitianos de manera irregular? ¿Por qué el presidente Piñera fue a ofrecer una visa de responsabilidad democrática a los venezolanos si nosotros no pusimos a Maduro en el poder? Esta última respuesta es fácil de responder, el personaje en cuestión quería lucirse. Las otras son más complejas. Los Gobiernos de izquierda ven con buenos ojos la llegada de inmigrantes que dependan de la ayuda pública, son clientes políticos, es decir, votos. El gran empresariado, por su parte, ve mano de obra barata. El detalle es que se trata de un suicidio político a futuro. Al haber más pobreza, cunde el rechazo al modelo y a las empresas.
Los extranjeros, cuando tienen derecho a voto, votan por la izquierda principalmente, aunque vengan huyendo de una dictadura de extrema izquierda. Ellos no vienen a Chile a votar por la derecha, ellos vienen a mejorar su nivel de vida, y eso se lo ofrece la izquierda, será con un canto de sirena, pero así se ganan las elecciones. Es algo tan simple de entender, pero cuesta hacerlo entender. No son derechistas los venezolanos que siguen a Juan Guaidó y Leopoldo López, líderes opositores venezolanos centroizquierdistas. Simplemente hay que mirar sus curricula: ellos fundaron el partido Voluntad Popular, que se define a sí mismo como “partido progresista, democrático, plural, de pensamiento social y de vanguardia, comprometido en la conquista de todos los derechos para todas las personas”. Absolutamente claro. Hay muy pocos chilenos de derecha que entienden este hecho irrefutable. El problema es que ya muchos inmigrantes tendrán derecho a voto para la próxima elección.
La mejor prueba de todo esto es que la izquierda no quiere que se vayan los inmigrantes y quiere, además, que sigan llegando. Aunque a esta altura su aporte sea cuestionable porque ese “bienvenidos quienes vengan a trabajar” implica ocupar puestos de trabajo que deberían ser para chilenos y, lo peor, es que se trata de trabajos que antes realizaban nuestros compatriotas. No se trata de catedráticos de peso, aunque los hay, sino de repartidores de pizzas, vendedores ambulantes, músicos callejeros, etc.
No es necesario referirse en detalle a la baja de la calidad de vida en las ciudades, expresada en campamentos y carpas invadiéndolo todo; en la proliferación de vendedores ambulantes de mercancías, en gran parte fruto del robo hormiga; en las peleas entre bandas rivales, incluidas barras bravas; en ruidos molestos y mal vivir en los barrios; en el uso de las veredas como tiendas, cocinerías insalubres o extensiones de los patios, etc.
El chileno de a pie clama por una solución que la derecha no ofrece y que no puede ofrecer ningún otro sector, la izquierda no quiere y el nacionalismo no tiene la capacidad. Cuando esto se veía venir hace unos veinte años, se tildaba de exagerado o hasta de xenófobo y racista a quienes opinaban en contra de la inmigración. Vale la pena aclarar que aquí no hay nada de racismo porque el concepto en cuestión alude a la nacionalidad, no a la raza. Tuvo que hacer crisis este asunto para que se abordara de alguna forma, en todo caso, más simbólica que real. Si la derecha hubiese visto esto, adelantándose a los hechos, habría realizado un gran aporte a Chile y obtenido muchos réditos electorales.
El salvataje a Lagos y la Constitución de 2005
El año 2003 pudo haber sido un año bisagra. La derecha tuvo la oportunidad única de haberle dado a la izquierda la “estocada final” o algo parecido, pero su mezcla de buenismo e intereses de una parte de ella impidieron aprovechar esta oportunidad. El presidente Lagos estaba muy complicado por graves casos de corrupción. Su situación era tan compleja que, pese a su carácter fuerte, en La Moneda, incluso se barajaba, entre muchas opciones, su renuncia. Un terremoto político que habría dejado a la izquierda muerta por mucho tiempo. Su principal figura cayendo a pedazos. Sin embargo, Pablo Longueira corrió, cual Chapulín Colorado, a salvar al Gobierno cuando escuchó el grito de “¡oh, ¿y ahora quién podrá ayudarme?!”. En vez de sentarse en el umbral de su puerta a ver pasar el cadáver de su enemigo. No había que hacer nada o casi nada.
La decisión de salvar al Gobierno tiene dos aristas importantísimas: una moral y otra política. La arista moral va por el lado de que no se puede salvar la corrupción venga de donde venga, frase trillada y sin resultados. Desde que la derecha realiza el salvataje, se pone a la altura de los corruptos, perdiendo toda autoridad moral para criticar las malas prácticas. Por ningún motivo se puede dejar impune la corrupción. Mientras que la arista política, va por el lado de que no se puede dejar de aprovechar una oportunidad para derrotar al adversario, sobre todo, a uno tan dañino para el país, además, se trataba de un adversario que de reciprocidad no sabe nada. Esto quedó demostrado poco tiempo después con el caso “Gemita Bueno”, un invento policial que le costó a la derecha quince puntos porcentuales.
Cuando se negociaba el acuerdo Lagos-Longueira, una persona, con apenas cuarto preparatoria, me dijo que Longueira firmaría, se daría media vuelta para salir de la oficina del presidente Lagos y él le clavaría una puñalada por la espalda. No fueron segundos, fueron meses los que demoró la puñalada, pero muchos derechistas se demoraron años en darse cuenta y otros aún no lo hacen, pese a la puñalada por la espalda: el caso “Gemita Bueno”. El argumento era que la caída del Gobierno habría sido demasiado dañina para el país. La izquierda gobernando lo es mucho más. Era un pequeño costo que pagar por un gran beneficio, o sea, la derecha no fue capaz de pensar en la conveniencia de esperar “quince minutos” para obtener un mayor beneficio propio y para Chile.
Este asunto fue aún peor. Después del pésimo momento de la administración Lagos, la popularidad del Presidente empezó a aumentar, lo que unido a su muñeca, logró cambiar la Constitución, incluso sacando la firma del presidente Pinochet. Todo entre cuatro paredes. Realizó cambios fundamentales. Se cerraba así el tema de una nueva Constitución, según sus propias palabras. Nos dijo: “Tenemos hoy por fin una Constitución democrática, acorde con el espíritu de Chile, del alma permanente de Chile”. Quedaba así zanjado el tema constitucional. La derecha había aportado sus votos para esta reforma, volviendo a confiar en la izquierda. Verdaderamente increíble, pero ¿qué vino después? Tres procesos constituyentes.
Como consecuencia de esta ingenuidad, se pudieron realizar muchas reformas políticas que beneficiaron a la izquierda. Además de nacer el “mito de Michelle Bachelet”, gracias a la alta popularidad del presidente Lagos. Como contrapartida, cuando a la izquierda le tocó ser oposición, fue extremadamente desleal, cero reciprocidad. Y ahora estamos sufriendo un nuevo proceso constituyente que se contradice con el acuerdo que creó la Constitución de 2005.




