Si claudican, que renuncien
Gonzalo Rojas S. | Sección: Política

Los parlamentarios que están propiciando un nuevo proceso constitucional -con independencia de la grotesca vulneración del artículo 142 que ellos mismos establecieron- están incurriendo en una claudicación institucional que debiera tener consecuencias directas.
La mayoría de ellos fueron elegidos hace nada, menos de un año atrás, para realizar las tareas propias de un cuerpo legislativo. Y, entre ellas, están las eventuales reformas a la Constitución vigente.
Pero, en vez de usar esas atribuciones de acuerdo al mandato que se les ha conferido, deciden renunciar de hecho a ellas -y quizás lamentablemente pronto lo hagan de derecho- y entregar a un nuevo órgano las atribuciones de las que ellos están legítimamente investidos.
Esta renuncia es muy grave. Es una burla a las condiciones en que fueron electos, una burla a los electores que confiamos en que ejercerían todas sus atribuciones. En vez de procurar reformas a la Constitución vigente en uso de sus facultades, preferirían eximirse de esa responsabilidad y entregarla a una nueva Convención, instancia por completo innecesaria. El temor a ejercer sus atribuciones solo se explica en esos parlamentarios por su conciencia del descrédito que suscitan sus actuaciones. Pero, al postularse, ellos sabían a qué se exponían. Ahora, deben ser consecuentes.
Por eso, si llegara a prosperar una renuncia de atribuciones como la que se vislumbra, lo que en realidad correspondería es que tanto el Senado como la Cámara incluyeran en la reforma constitucional espuria que estarían proponiendo, la renovación completa de las cámaras. Si no quieren ejercer los poderes para los que han sido electos, lo lógico, lo decente, es que dejen sus cargos y que podamos elegir a quienes sí quieran ejercer las atribuciones constitucionales.
Mantener dos instancias legislativas paralelas -dos Cámaras y una nueva Convención en simultáneo- cuando una de ellas simplemente no quiere ejercer sus atribuciones, es una ofensa a todos los ciudadanos, una dilapidación grotesca de recursos y un descrédito más de buena parte de la clase política.




