Nuestros locos años 20
Juan Pablo Zúñiga H. | Sección: Historia, Política, Sociedad

En el volumen La Hermandad del Anillo de la magnífica obra de J. R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos, al referirse el autor a la edad de Frodo en los comienzos de su amistad con Bilbo, nos señala que aquel se encontraba en sus tweens (preadolescencia). Los hobbits acostumbraban a llamar de esta manera a la edad irresponsable entre la infancia y los 33 años.
Fuera de los ámbitos de la tierra media, y de vuelta a nuestro mundo, todo apunta a que esa edad irresponsable parece haberse extendido en más de una década y, lo que es peor, acompañada de un aumento proporcional en la arrogancia de estos nuevos preadolescentes con apariencia de adultos. Esto no sería ningún inconveniente (siempre ha habido este tipo de sujetos) si terminarse allí, con la propia vida encargándose de enseñarles a “bajar el moño” a punta de naturales costalazos. El problema se suscita cuando estas personas llegan a posiciones de influencia y de poder, arrastrando sociedades enteras a la senda de la irresponsabilidad y sentando un nuevo modelo para quienes sí están en su verdadera infancia y preadolescencia, perpetuando de esta manera en la siguiente generación, la indolente actitud del que parece saber mucho pero que no ha experimentado nada y que puede llegar alto con ese aire de “aquí te las traigo Peter”. Lamentablemente, este fenómeno es de carácter global.
La década del 20 -o entre guerras- del siglo XX fue catalogada, como muchos han de saber, como los “locos años 20”, cuando al ritmo del swing y del charleston se disfrutaba en extravagantes fiestas la pujanza económica que luego terminaría con una crisis financiera global y, más tarde, daría paso a la Segunda Guerra Mundial. Un siglo después, estamos en los nuevos años 20; esta vez, en el siglo XXI, sólo que la locura pasó de la extravagancia a la sordidez, del desenfreno a la decadencia y de la especulación en materias financieras, a la irresponsabilidad fiscal disfrazada de ayuda social, destruyendo economías enteras en un festín de bonos que sólo promueven el parasitismo, destruyen la cultura del trabajo y dan origen a nuevas clases cuya tónica son las mentes desocupadas. “La mente vacía es el taller del diablo”, reza el viejo refrán. Así las cosas, con una guerra mundial en curso en Ucrania, aun cuando desde un punto de vista cinético sólo vemos dos actores en el conflicto, vientos de recesiones económicas, tensiones civiles por doquier -incluyendo a Chile- y un grupo pequeño pero poderoso dispuesto a seguir el curso de la maquinaria de desmonte civilizatorio, todo apunta a que nuestros locos años 20 pueden terminar tal como su contrapartida del siglo anterior.
Esos locos años 20 dieron paso a totalitarismos feroces que se encontraron con un mundo incapaz de dominarlos durante una década, generando estragos que cambiarían el curso de la historia. Así mismo, nuestros años 20 han sido el cénit de una generación de eternos veinteañeros que, en sus locos años carentes de experiencia, pero ricos en irresponsabilidad y ese aire ufano del fantoche con poca madurez y mucho poder, nos puede llevar a escenarios análogos a los ya vistos en la centuria anterior. Lamentablemente, como nación somos testigos de lo que esto significa con el actual gobierno al mando de los destinos del país, donde no ha habido ni un solo día en que las “metidas de pata”, errores estratégicos y prácticas obscenas (como tener a toda la parentela en cargos públicos), no haya sido la tónica.
En tiempos de cólera, también surgen valientes dispuestos a plantarse frente a los cobardes y a los destructores. Frente a los Chamberlain, surgen los Churchill; frente a los Rommel, los Montgomery; frente a los Vichy, los De Gaulle; frente a los Hitler, los Patton y Eisenhower. Frente al terror de los nacionales socialismos se levantaron los Dietrich Von Hofer; frente al materialismo dialéctico, los Juan Pablo II; frente a los embates de las fuerzas del maligno, la Iglesia se levanta a pesar de todos los golpes que ha recibido durante más de 2.000 años.
En estos locos años 20, nos cabe a cada uno levantarnos y plantarnos en frente de cada una de esas fuerzas dispuestas a terminar con cada ámbito de nuestra vida. Sí, levantarse hoy por el rechazo es decirle ¡basta ya! a este cáncer que está carcomiendo el alma de Chile. Sí, defender su fe y reconocer públicamente que sigue a Cristo, sea Católico o Protestante, es decirle ¡basta ya! al enemigo. Sí, levantarse por su matrimonio y su familia es enrostrarle a tanta ideología tóxica, que por las puertas de nuestros hogares no ha de pasar. Parecemos pocos, pero somos más.




