Reunificación: un deber
Juan Pablo Zúñiga | Sección: Política, Sociedad

La historia está llena de eventos que llevan a la separación, la cual no se limita exclusivamente al plano físico, sino que va acompañada de una separación más profunda e íntima. Cuando ello sucede, parece casi imposible la restauración del estado original. Es ahí donde está la clave: casi.
Sin duda, como cristianos, el cisma más profundo que ha afectado a la Iglesia fue la Reforma de Lutero, cuyo propósito no era -al menos en principio- la división de la Iglesia, sino la denuncia de la grave crisis en que esta se encontraba. Si bien la reforma derivó en el Concilio de Trento -que trajo nueva vida y fuerza a la Iglesia Católica- el quiebre ya había sido hecho, dividiendo ni más ni menos que el cuerpo de ella, la novia de Cristo. Durante más de 500 años, las disputas asociadas a diversos puntos de conflicto entre Católicos y Protestantes, siendo la justificación el más crítico -llamado de “Goliat” por el filósofo Peter Kreeft – llevaron a ambos grupos de cristianos, hermanos en Cristo, a librar guerras religiosas hasta ya entrado el siglo XX.
Sin embargo, la solución estaba en camino. Habiendo llegado a un acuerdo entre Católicos, Luteranos y otras iglesias Protestantes a comienzos de los años ‘90 sobre la substancia y esencia de la justificación, no solo dieron un paso vital en vista a la reunificación de la Iglesia -evento que ha de suceder pues Cristo mismo nos exhorta a la unión y que ha de regresar para casarse con Su Iglesia, no iglesias (ver Peter Kreeft, “Catholics and Protestants: what can we learn from each other?”)- sino que dieron un ejemplo para la humanidad mostrando que conflictos de larga data pueden ser resueltos y, con voluntad, posturas irreconciliables pueden encontrar puntos en común que han de llevar a la reunificación. Es evidente que hay muchos resistentes a los esfuerzos ecuménicos, pero los grandes pasos ya han sido dados.
Traigamos ahora estos eventos a la realidad de nuestro país. Hubo un cisma en el alma nacional que ha sido arrastrado durante décadas. Cuando habíamos avanzado en solucionar las consecuencias de este, nos encontramos con que hubo un grupo minoritario de chilenos al que nunca le interesó la restauración de la nación. Para ellos, impedir este proceso es algo tan irresistible como tocar una pared recién pintada, a pesar del letrero que avisa “pintura fresca”: simplemente no lo pueden evitar. Vemos así que “la casa de todos” es sólo de ellos. Preste atención y verá que siempre se refieren a “todos los chilenos” en un vago y genérico “todas y todos”, eliminando así -a propósito- el elemento que nos es común, el ser chilenos o pertenecientes a una sola nación.
“Dividir para conquistar” es el lema que ha sido utilizado por antiguos estadistas, por verdaderos enemigos internos de nuestro país, y ciertamente por el demonio. El desorden administrativo del ejecutivo, que se vislumbró ya en la primera semana de gobierno, es un signo claro de que la desunión reina inclusive dentro de aquellos que usufructúan con la división entre los chilenos. Siendo así, ¿cómo restaurar el país y dar pasos camino a la reunificación?
En el corto plazo, el paso más importante debemos darlo todos los ciudadanos deshaciéndonos del elemento más tangible que nos divide hoy (en el terreno más bien metafísico -si se quiere llamar así- que es el alma nacional y que luego nos dividirá material, territorial, e inclusive genéticamente): la nueva constitución. Una vez instalada una carta magna como la que ha de ser propuesta, cuyo espíritu de desquiciamiento es evidente, será muy difícil, casi imposible, reconciliar las partes, traer la harmonía necesaria para volver a vivir en paz como chilenos y volver a caminar como nación de cara al futuro.
Junto con lo anterior y en el mediano plazo, se requiere de voluntad y valentía. Voluntad para que todos los que estamos dispuestos a restaurar nuestro país asumamos con humildad nuestros errores, dejemos fuera lo que nos divide y busquemos la salida a esta crisis sin precedentes. Ello requiere de valentía pues estamos en la era de los enrabiados y de las pasiones hormonales… Sabemos que a cada acción que apunte a la reunificación, se opondrá una reacción violentísima de aquellos que llaman pluralismo a un sectarismo sesgado por sus ideas revolucionarias.
Si el mundo cristiano ha sido capaz de llegar a acuerdos después de siglos de guerras, disputas y conflictos cuyo único fruto es el desmembramiento del cuerpo de la Iglesia de Cristo, ciertamente con voluntad y coraje los chilenos podemos dar pasos tendientes a la reunificación nacional. Es claro que tras los esfuerzos ecuménicos tendientes a la restauración católica (es decir, universal) de la Iglesia hay un propósito divino, lo que no es tan evidente en el caso de la reunificación de nuestro país. Sin embargo, no olvidemos que nuestra nación está formada -aunque algunos lo nieguen- por el cristianismo y que, en último término, es Dios quien está encima de todo. Por lo tanto, si damos muestras verdaderas de querer la restauración de nuestro país, de querer abandonar los caminos del error y de buscar el bien común de todos los ciudadanos de buena voluntad, sólo ahí podremos contar también con la ayuda que viene de lo alto.




