En la batalla contra el silencio, nadie sobra

Juan Pablo Zúñiga H. | Sección: Política, Religión, Sociedad

Es claro y evidente que estamos en el medio de una guerra cultural que subyace a la tormenta política por la que atraviesa nuestro país. Existe un despliegue formativo no solamente como estrategia de contraataque, sino que para formar nuevas generaciones. Muchos dicen “debemos dar la batalla”, sin embargo, no todos tienen claro el cómo deben darla o quiénes deben hacerlo. La respuesta es simple: todos, nadie sobra.

Con el copamiento de los espacios, y haciendo uso de la estrategia gramsciana, nuestros rivales fueron transformando la mente de la población mediante un proceso de adoctrinamiento avasallador. Esto ya no es ninguna novedad. Lo preocupante es que uno de los efectos colaterales más dañinos de esta revolución cultural -con efectos gravísimos en la política- es el silencio. Hay un silencio explícito en la prensa y redes sociales, absolutamente dominados por sectores progresistas en Chile y el mundo, a través de los cuales hay libre voz para quienes hacen parte o se identifiquen -o al menos finjan que lo hacen- con cualquiera de estos nuevos movimientos representantes de las más diversas -y sospechosas- minorías, que por momentos da la impresión de que son nata. A quien no está con ellos se le silencia, se le impide el acceso a dar su opinión en la prensa o se le cierran sus plataformas o medios de difusión digital (otrora, terreno libre)

El mundo exige e impone –primero sutilmente, luego de modo explícito- la aceptación de cánones de una pseudo-ortodoxia que distorsiona y silencia la verdad. Poco a poco, nuestros principios fundamentales se desvanecen. Porque en el constante abrirse en la curva para evitar el dedo inquisidor, es evidente que no solo se enflaquecen las convicciones, sino que se entra en el camino de la mentira, pues una verdad dicha a medias, parcial o totalmente castrada, se transforma en una mentira. De la misma manera que después de un tiempo no escuchamos el ruido de fondo de la ciudad producto de que nos hemos acostumbrado a este, el pecado, sí, el pecado, travestido de lo políticamente correcto en el tsunami progresista, ha terminado por imponerse como algo normal al punto de no ser percibido.

Es ahí donde es imperativo levantar la voz y alzarse por la verdad. Levantarse por ella en las horas más oscuras, ha permitido la sobrevivencia de nuestra civilización. Históricamente, ha sido el cristianismo el que se ha levantado para defender la verdad, particularmente durante el siglo XX. Nuestros rivales saben de esto, razón por la cual, para evitar ser denunciados y ser encarados con la verdad -que humilla primero, pero luego libera- se han dedicado a hacer cundir el silencio para para luego acallar a quien denunciaba el pecado: la Iglesia.

Matt Fradd, creador del podcast y canal de youtube Pints with Aquinas, en un comentario realizado el 23 de diciembre de 2021, a propósito de una publicación en la revista New York Magazine sobre una mujer transgénero que aparece con su cuerpo mutilado para así recibir un implante que asemeje genitales masculinos, nos comenta los serios riesgos de no seguir los dogmas seculares. Hemos llegado al punto, como señalara Fratt, en que aquello que merece ser cuestionado -como lo es el aborto, o, en este caso, la falacia de que la mutilación del cuerpo para aproximarse a ser un género diferente le traerá plenitud a un individuo- es celebrado, mientras que aquello que merece ser exaltado, defendido y alabado, como lo es Dios y su hijo Jesucristo nuestro salvador, la fe cristiana y los principios que trae consigo, se ha transformado en objeto de burla. De esta manera, si no seguimos los dogmas seculares y cometemos alguna herejía que transgreda estos nuevos códigos, corremos serio riesgo de ser excomulgados por la inquisición secular, en otras palabras, silenciados y cancelados.

En tiempos de silencio, cabe llenarnos de coraje y hablar fuerte y claro. Para ello nadie sobra, especialmente la Iglesia, la cual, ya sea corporativamente o de manera particular a través de grandes hombres y mujeres -católicos y evangélicos- se levantó por la verdad contra el totalitarismo. Dietrich Bonhoeffer, teólogo y pastor luterano, fue un gran opositor a la oleada ideológica del régimen Nazi, siendo parte de la resistencia contra éste, defendiendo la verdad hasta el sacrificio final, siendo tomado prisionero y ejecutado en un campo de concentración un mes antes del fin de la guerra. San Juan Pablo II nos ofrece un modelo sin igual de resistencia y coraje por la verdad en tiempos de silencio, convirtiéndose en uno de los principales responsables de la caída del comunismo y la denuncia de movimientos secularistas dentro de la propia Iglesia, como lo es la venenosa y falsa teología de la liberación.

Sin embargo, debemos tener cautela en este respecto. En un seminario ofrecido por el filósofo norteamericano Dr. Peter Kreeft, citando a C.S. Lewis, nos llama la atención a tener cuidado con la militancia, señalando que una de las trampas del Diablo es el cristianismo militante. Sin embargo, considerando que son los principios del cristianismo los que sustentan nuestra civilización y, al mismo tiempo, el cristal a través del cual observamos la realidad, no podemos continuar con una Iglesia agazapada, con el periscopio bajo, silenciada. No se trata de utilizar nuestra fe como herramienta de combate político, pero sí los principios fundamentales que esta nos enseña y los numerosos ejemplos que en ella tenemos para levantarnos por la verdad.

En su encíclica Veritatis Splendor, Juan Pablo II nos advertía en 1993 sobre la “crisis en torno a la verdad” y su efecto sobre la concepción de la conciencia, orientada ahora a “ser fijados de manera autónoma los criterios sobre el bien y el mal”. Es evidente que esto se transformó en terreno fértil para que cualquier nueva ideología -o “ismo”- disfrazada primero de estar en sintonía con las mentes confundidas interpretando sus malestares, transformara a sus resentidos seguidores en prisioneros. Teniendo claro que los tiempos que tenemos al frente demandan alejarnos de la inercia del silencio y levantarnos por la verdad, carguemos esta cruz con alegría por nuestra nación, nuestra familia y por la verdad misma, aunque ello traiga sufrimiento. Como señalara Bonhoeffer en su obra El Costo del Discipulado, “llevar la cruz resulta ser la única forma de triunfar sobre el sufrimiento. Esto es cierto para todos los que siguen a Cristo, porque fue cierto para El”.