Aunque la mona de seda se vista
Juan Pablo Zúñiga | Sección: Política

Ciertamente no pasó desapercibida la parodia realizada en un canal de televisión en la cual un sujeto disfrazado de uniformado se mofaba abiertamente de las Fuerzas Armadas. Diversos comentarios y reacciones surgieron a propósito de esta, entre ellas una nota oficial del Ejército de Chile, la cual junto con otras opiniones manifestaron su claro rechazo a tamaña falta de respeto a nuestras Fuerzas Armadas, nuestro Ejército, y ciertamente nuestras autoridades. Es que la falta de respeto a la autoridad se ha hecho parte del sistema operativo de las nuevas generaciones, actitud que no surgió por generación espontánea, sino que hubo quienes la moldearon, incitaron y estimularon.
Es difícil predecir que las izquierdas sabían de los cambios culturales que vendrían con la revolución informática. El hecho concreto es que ellos ya tenían acaparado el mundo de las artes y la cultura, así como la educación y todo el aparato público, herramientas necesarias para influenciar y moldear nuevas generaciones a su pinta. Ya contaban con la ventaja estratégica para ofrecerle una épica a toda una generación de jóvenes con un vacío espiritual creciente, en la cual pudiesen depositar el natural deseo de significancia y transcendencia de todo ser humano. Para ello las izquierdas hicieron un trabajo de joyería, manipulando, desde las emociones, a todos estos jóvenes sedientos de protagonismo y de tener su propia revolución, enajenándose automáticamente de cualquier noción de respeto. El protagonismo alcanzado por el mérito, el esfuerzo, el estudio y el trabajo duro ya no es el medio de significancia de esta generación, y también de algunas generaciones anteriores que encontraron en el progresismo una manera de evacuar sus frustraciones, de manera que una épica con un cierto tufo romántico y un marxismo que ciertamente desconocían, muy maquillado de buenas intenciones altruistas, les vino como anillo al dedo para sus dilemas existenciales. Sin embargo, sea por su apatía hacia las voces del pasado o a analizar la historia reciente de Chile y el mundo de manera objetiva (algo que en el acaparamiento de la cultura la izquierda supo ocultar muy bien), no se dieron cuenta que ese altruismo amoroso que se les ofrecía, y aún ofrece, lleno de clamores de igualdad y justicia social, no era más que añejo marxismo, pero con un maquillaje de renovado. Tal como dice el refrán, “aunque la mona de seda se vista, mona queda”.
Pero no los culpo del todo. Las nuevas generaciones tenían un vacío que necesitaba ser llenado. Una parte de la culpa fue de nuestro sector, de la derecha, al dejar completamente despejado el valle para que avanzaran las huestes de las izquierdas con un discurso fácilmente comprable, que prescinde del esfuerzo como catalizador para el crecimiento personal, elimina la búsqueda de Dios para alimentar el natural deseo de transcendencia del hombre y, por el contrario, utiliza el colectivo, el rebaño, como método de ofrecerle al individuo la pertenencia a un grupo al cual este le entrega sus frustraciones y deseos, recibiendo a cambio, un medio fácil para ser “protagonistas de la historia”. La derecha tuvo una gran cuota de culpa al creer que solamente con garantizar el crecimiento económico, todo el resto en la sociedad se resolvía solo. Craso error. Dejamos de dar la pelea en el campo de las ideas, algo por lo que tanto trabajó incansablemente Jaime Guzmán, y, así, terminamos por entregarles a las izquierdas lo más precioso de Chile: nuestra gente y las futuras generaciones.
No supimos leer e interpretar las señales que estaban a la vista. El desmonte de monumentos como el “Altar de la Patria” y “La llama de la Libertad” no sólo era parte del plan de las izquierdas de borrar, negar y tergiversar el pasado de Chile (y nótese que nos acusan a nosotros de negacioncitas), sino un primer acto explícito de que la retroexcavadora se había puesto en marcha, mucho antes del segundo gobierno de Bachelet. El mundo universitario al cual pertenecí a comienzos de los 2000 ya funcionaba como incubadora de las ideas que hoy llamamos de progresismo, tal vez no de manera tan explicita como hoy, pero sí a través de un evidente y creciente desprecio por la derecha en general y ciertamente por el cristianismo. La revolución pingüina y “el jarro de agua” lanzado a la Ministra de Educación de la época, marcaban el comienzo de la creciente rebeldía y falta de respeto por la autoridad. No eran simplemente adolescentes rebeldes, era un primer experimento en masa de sus adoctrinadores para evaluar hasta dónde era posible manipular y utilizar a los jóvenes ya no como carne de cañón, sino como punta de lanza para iniciar procesos revolucionarios en las calles como primer paso para luego proceder al desmonte de la estructura de nuestra sociedad.
Pero no todo está perdido. Nuevas figuras han surgido en lo que se ha llamado de la “la nueva derecha”, voces fuertes, con principios sólidos, dispuestos a recuperar el terreno perdido y a no ceder ni un milímetro ante la avalancha roja, principalmente en el actual contexto electoral en que nos jugamos el futuro del país. Son voces que claman en el desierto, pero que, al igual que los seguidores de Juan el Bautista, no son pocos los dispuestos a escucharla y que, de manera discreta y silenciosa en un comienzo, como los pasos de una paloma, han ido transformando el espectro político, ofreciendo una vía de sensatez, de coherencia y respeto por la república y la democracia, aunando cada día más ciudadanos. Dejando atrás los errores estratégicos cometidos en el pasado, es esta fuerza la que ha ido ganando terreno, la que nos ayudará a recuperar Chile y re-encausarlo en el verdadero camino del progreso.




