Chile ante el cristianismo y la masonería
Carlos A. Casanova | Sección: Política, Sociedad

Había anunciado que mi columna “¿Tiene Chile la obligación de suicidarse?” serviría de marco para un conjunto de futuras columnas. Y acababa esa mencionando que es imposible que se imponga una irracionalidad tan grande como la que se va imponiendo en todo Occidente si ésta no cuenta con el apoyo de algún agente poderoso. Señalé, además, siguiendo a Alberto Bárcena, a la masonería. Ahora pasaré a desarrollar un poco las razones que me movieron a afirmar lo que afirmé. Este tiempo de Navidad es propicio para ello, porque, como es sabido, la masonería rechaza la realidad de la Encarnación y, también, el carácter de Mediador Universal que efectivamente tiene Jesucristo. Deseo, además, examinar las razones por las que ningún cristiano debería entrar en la masonería. Muchos han entrado y entran porque no conocen realmente la historia de esta secta ni que, al entrar, se ponen en la posición de cometer una apostasía y una doble traición. Por último, examinaré las razones por las que pareciera como si la masonería fuera a ganar la partida al cristianismo, y a la verdadera filosofía, y la verdadera ciencia, pero resultará derrotada al final.
Los proyectos de la masonería y la subversión de Chile
Hace poco se presentó un libro de Ignacio Walker, Cristianos sin cristiandad, cuyo título refleja una de las aspiraciones de la masonería, acabar con el orden político inspirado en el cristianismo, acabar con la Cristiandad. Los masones no desean simplemente que no se usen argumentos de Fe en la esfera pública, sino que ellos desean que tampoco se usen argumentos de razón natural. Quieren proclamar una total autonomía del hombre frente a la verdad moral, frente a la verdad divina. Y como nunca la razón natural ha tenido tanta fuerza en el orden político como cuando éste fue inspirado por la Iglesia Católica, es decir, como en la Cristiandad y sus herederos, los masones desean acabar con todo vestigio de la Cristiandad. No se conforman con acabar con la influencia de las órdenes religiosas sobre las monarquías, como lo hicieron cuando lograron la expulsión y supresión de los jesuitas en el siglo XVIII (Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles); no se conforman con acabar con las monarquías e imperios católicos o cristianos, como cuando acabaron con la monarquía francesa (Barruel), el Imperio español, la monarquía de Alfonso XIII, el Imperio austro-húngaro (Michel Dugast), o el zarismo ruso (Ricardo de la Cierva, Manuel Guerra). Su objetivo tampoco es establecer lo que comúnmente se llama una democracia. También esas democracias, en la medida en que recojan algo de la herencia de la Cristiandad, les son aborrecibles. Lo que quieren, finalmente, es acabar con el republicanismo clásico-cristiano que siempre ha informado, más o menos, a todos los Estados occidentales. Para ello quieren acabar con los Estados occidentales mismos, como acabaron con Cuba y con Venezuela, y amenazan acabar con Chile. –Y están a punto de lograrlo.
Su estrategia, además, se repite, ante la mirada de quien tenga ojos. Al terminar la Primera Guerra Mundial, Edward Mandell House, consejero del Presidente de Estados Unidos y masón de la logia Master of Wisdom, logró que se impusieran los 14 puntos del programa de Wilson, que recogían las conclusiones del Congreso Masónico de 1907. En su punto 10 afirmaba que “a las nacionalidades de Austria-Hungría, cuyo lugar deseamos ver protegido y afirmado entre las naciones, debe concederse la mejor posibilidad de una evolución autónoma”. En abierta traición al santo Emperador Carlos de Habsburgo, que deseaba la paz y romper la alianza con Alemania, se preparaba el camino para que unos grupúsculos insignificantes invocaran la intervención de la Entente para acabar el poder milenario que les había dado la paz y el orden a los húngaros, checos, eslovacos, croatas, bosnios, etc. En 1918 tuvo lugar, en efecto, el “Congreso de los pueblos oprimidos de Austria y Hungría”, y esto se presentó al mundo como “el grito de libertad de los pueblos del Danubio” (Bárcena, pp. 221-223), y la Entente disolvió el imperio. De esta manera, todo ese conglomerado de pueblos quedó expuesto a los nuevos poderes que con apoyo masónico se alzarían sobre Europa: los comunistas y los nazis. ¿No nos recuerda esto lo que está pasando en La Araucanía?
Por otra parte, el Gran Oriente Francés, en su Libro blanco y a comienzos de este siglo, ha levantado un tanto el velo sobre el programa anti-moral y anti-humano de la masonería, que coincide con la subversión de Chile que resumía en mi anterior columna. Así dice el libro: “el humanismo laico se basa en la libertad absoluta de conciencia, […] liberación de los modos de vida ante los tabúes, las ideas dominantes y las reglas dogmáticas”. “La laicidad busca liberar al niño y al adulto de todo lo que aliena o pervierte el pensamiento, especialmente las creencias atávicas, los prejuicios, las ideas preconcebidas, los dogmas, las ideas opresoras […]”. “La laicización del ‘estatuto del cuerpo’ (amor y sexualidad, muerte enfermedad) no está terminada. La libre disposición del propio cuerpo, las modalidades sociales de parejas y de las familias, los derechos y la dignidad de los niños, son otros campos de aplicación de una laicidad que es la última garantía de libertad para las mentes y los cuerpos” (Bárcena, pp. 201-205, citas textuales del Libro blanco). Hablan los masones como si disolver la verdad moral, también la que se puede conocer con la razón no asistida por la fe, fuera una “liberación del hombre”; y como si destruir las instituciones intermedias resultara en la liberación del individuo. No por nada la masonería femenina de Chile premió a Michelle Bachelet tras promover el aborto y la ley de género. En palabras de Susana González, Gran Maestra chilena: “[comparte con la presidente] una complicidad implícita, tanto en lo público como en lo íntimo pues con paciencia y entereza hemos doblegado los límites que nuestra cultura nos asignaba” (https://www.actuall.com/criterio/democracia/bachelet-paga-la-factura-a-la-masoneria-femenina-chilena-con-aborto-e-ideologia-de-genero/)
En el Grado 33 de la masonería se interpreta el mito de Hiram Abib como si los tres maestros de segundo grado que querían que Abib violara el secreto del tercer grado, y por no violarlo lo mataron, se identificaran con la ley, la propiedad y la religión. La infiltración del clero y su destrucción han avanzado notablemente, pero ahora necesita la masonería acabar con los fieles laicos, protegidos, precisamente, por esos tres pilares del orden social.
Incompatibilidad de cristianismo y masonería
Me temo que son muchos los cristianos y aun clérigos chilenos que han entrado en la masonería, quizá sin saber que es incompatible con la Fe y aun con la lealtad a la Patria. Las condenas de la Iglesia han sido constantes, desde la fundación de la secta hasta hoy. La más notable quizá sea Humanum Genus. También el Código de Derecho Canónico de 1983 la condena (canon 1374), y en la víspera de su entrada en vigor, además, se publicó un documento de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Quaesitum Est, que dice claramente: “[…] no ha cambiado el juicio negativo de la Iglesia respecto de las asociaciones masónicas […]. Los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas están en estado de pecado grave y no pueden acercarse la Santa Comunión.”
Es una de las estrategias de esta secta, para confundir a los fieles, el declarar que las condenas han sido superadas. Pero, puesto que las palabras de Cristo son eternas, y las doctrinas y conductas masónicas son radicalmente contrarias a ellas, jamás quedarán superadas las condenas. Sin embargo, algunos clérigos han sembrado cierta confusión. Así lo ha hecho, por ejemplo, el cardenal Ravasi que, haciéndose eco de un documento de los obispos alemanes, decía que “hace falta trascender ‘la hostilidad, los ultrajes, los prejuicios’ recíprocos, porque, respecto al siglo pasado han mejorado y cambiado el tono, el nivel y el modo de manifestar las diferencias’, aunque es claro que éstas permanecen.” (https://www.grandeoriente.it/wp-content/uploads/2016/02/Articolo-di-Gianfranco-Ravasi.pdf) En realidad, la hostilidad de los masones hacia la Iglesia en nada ha disminuido, sino que ha aumentado. La diferencia se halla en que ahora la secta se encuentra tan poderosa que escribe que ha llegado el tiempo de suprimir la adscripción de los niños a tradición alguna, por el camino de la declaración de los “derechos de los niños”, por ejemplo. Es decir, su agresividad ha crecido y llega a fronteras cada vez más alejadas de la razón natural.
Voy a apuntar unos pocos rasgos del culto masónico para sustanciar la imposibilidad de que un cristiano se adscriba a esta secta sin cometer un grave pecado y, en definitiva, una apostasía al menos implícita. El mejor estudio de este punto es el que hizo Walton Hannah. Muestra él, en primer lugar, que los juramentos que deben prestarse para incorporarse a cualquiera de los grados de la masonería son ya incompatibles con el sello bautismal del cristiano. En efecto, ¿cómo puede un cristiano jurar de rodillas y con una mano sobre la biblia que guardará los secretos de una sociedad de la que prácticamente no sabe nada al incorporarse? Ese juramento o bien es inválido, y no obliga, o bien es un gravísimo pecado. Pero, además, los diáconos de la logia sostienen varitas sobre la cabeza del candidato y éste se somete a penas y torturas para el caso de violar el juramento que son inaceptables para cualquier persona sensata que reflexione con seriedad sobre lo que está haciendo. Aunque en Inglaterra se diga en los grados inferiores que se respetarán las leyes del Estado, sin embargo, la misma pena que se establece en el juramento constituye una violación de esas mismas leyes, porque la masonería se arroga el derecho de aplicar una “pena” de muerte.
Pero, además, en algunos de los grados de la masonería, sobre todo en los más altos, aparece claramente una concepción de la divinidad totalmente incompatible con la Fe. Así, por ejemplo, en las ceremonias del Arco Real se dice que el nombre de Dios es Jahbulon, una mezcla sincrética de conceptos gentiles y vétero-testamentarios, “caldeos, hebreos, siríaco y egipcio”. También muestra Hannah que la ceremonia de ingreso al grado 18 escocés (The Rose Croix of Heredom) implica tomar la muerte de Cristo como una gran calamidad sufrida por la masonería (a causa del rasgamiento del velo del templo, o, incluso, según Hannah, de la derrota de satanás: p. 203), que tuviera que ser trascendida por el trabajo del masón, y culmina (dicha ceremonia) con una parodia de la liturgia de la Misa.
Alberto Bárcena nos da algunos otros detalles de otras ceremonias: en el grado 29 escocés, y VI de los illuminati, por ejemplo, se consagra el candidato nada menos que a baphomet, es decir, satanás (p. 37); luego se arroja una cruz al suelo y se exclama: “¡Que esta cruz, como símbolo de la muerte y de la destrucción, desaparezca del mundo! ¡Que la luz de baphomet la suplante! ¡Gloria a ti, dios verdadero, baphomet, el dios de la luz y de la iniciación!”
Esoterismo vs. Exoterismo, masonería vs. Cristianismo
El Cristianismo es portador de una luz sobrenatural y de una Verdad revelada que, aunque es la más alta accesible al hombre en la tierra, está destinada a propagarse a todos los hombres, también a los más humildes. Por esa razón, el Cristianismo es esencialmente exotérico. No es que no haya doctrinas y reflexiones reservadas a los teólogos, sino que los misterios más grandes deben ser predicados a los sencillos. “Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los sencillos”. Pero este mismo carácter exotérico, unido a su profunda armonía con la razón, lo ha convertido en una doctrina de una solidez asombrosa, en cuyo seno se asimiló la verdadera filosofía greco-romana y nació, por obra de Roberto Grosetesta, la ciencia experimental. Sólo por medio del abuso del poder, de la desinformación y de la propaganda calumniadora se le puede atacar. ¿Por qué? Por una razón que explica magistralmente Walton Hannah:
Las enseñanzas de la Iglesia, sin embargo, son propiedad pública, que se proclama abiertamente y sin temor ante el mundo. Por siglos han sido examinadas, criticadas, atacadas, sujetas a todo tipo de prueba e investigación, tanto amistosa como hostil. El clero especialmente, que es el guardián de los misterios cristianos, se ha ejercitado en la controversia. Se ha familiarizado con las objeciones populares al credo, los sacramentos, los libros litúrgicos, y debería poder brindarles una respuesta clara. Porque sabe que estas cosas han soportado la prueba del tiempo, de la crítica y de la investigación. (p. 49)
Es muy diferente el caso de la masonería. Sus doctrinas son fundamentalmente esotéricas e históricas. Sus enseñanzas se basan en mitos inventados por hombres, aunque algunos de ellos tengan alguna base vétero-testamentaria. Por esto custodia la secta celosamente sus secretos, porque sabe que no hay otra manera de preservar la creencia en ellos, si no es por medio de una combinación de presión moral, complicidad y ocultamiento ante la posible crítica.
La masonería, en cambio, aunque ha sido denunciada en ocasiones, se ha encontrado comparativamente exenta de toda verdadera crítica e investigación externa. Y, en verdad, parece reclamar esta inmunidad como un privilegio como de Derecho divino, aunque ningún otro cuerpo social goza o soñaría incluso con reclamar tal posición. Pero esta inmunidad frente a la crítica externa siempre tiende a producir un efecto enervante sobre la auto-crítica interna, pues da ánimo a un sentimiento de cómoda seguridad. (p. 49)
Como ha apuntado Robert Hickson siguiendo a Frederick Wilhelmsen, el exoterismo cristiano parece ser una debilidad (“Another Memoir of a Slow Lerner: The Judeo-Masonic Yoke as an Anti-Catholic Tradition”, https://ordodei.net/), pero es, realmente, una fortaleza. No en vano, me parece, la Escritura dice que Jesús vencerá al ejército diabólico con el aliento o con una espada que sale de su boca (II Tes. 2, 8; Apoc. 19, 15), porque “la Palabra de Dios es más penetrante que espada de dos filos”. El desnudo poder de lucifer podría triunfar en su intento de reducirnos a la esclavitud, pues los hombres somos pequeños ante él. Ese ángel que fue una gran luz, ahora se ha convertido en una criatura de gran poder, pero reducida, justamente, como decía san Agustín, a libido dominandi, a una vacía y oscura voluntad de poder. Con todo, sabemos que no triunfará porque Dios ha prometido que no lo permitirá. Aunque lucifer sea más poderoso que todos los simples mortales, no es más poderoso que Dios, ni que Cristo, ni que la omnipotencia suplicante de la Virgen María, la mujer cuya Simiente ha aplastado ya la cabeza del dragón infernal. Eso es lo que celebramos en la Navidad, con permiso o sin permiso de los masones.




