Dividir para conquistar
Juan Pablo Zúñiga H. | Sección: Política

En el libro de Proverbios, el Rey Salomón nos dejó hace casi 3 milenios un consejo clave: “enséñale al niño el buen camino, que, aunque sea viejo, no se apartará de él”. Son tiempos difíciles, de grandes flujos de información, de nuevas ideologías, que no siempre conducen a buen puerto, tiempos de falsos profetas, de mucho fanatismo y de poco fondo. La mejor manera de poder sortear estas dificultades es a través de principios y convicciones; gracias a ellos el hijo pródigo vuelve a casa y a través de estos es posible defender nuestras ideas y valores y, en definitiva, tomar decisiones correctas por el bien de la nación.
Divide et Impera fue el lema de Julio César, Napoleón, y también del diablo (del griego diabolos, el calumniador). En ese sentido, es posible identificar en Chile y en otras partes del mundo dos grandes fuentes de división, que son transversalmente utilizadas también en el mundo político: la emoción, que lleva al fanatismo y las aguas tibias. El fanático se deja convencer por una retórica que hace uso, en apariencia, de los principios de este, explotando la emocionalidad. Las elecciones recién pasadas en los EEUU muestran que un número importante de los electores siguió su preferencia por momentos pensando más en la persona por la que votaban (y vociferaban) más que por el proyecto de nación que cada uno ofrecía; ciudadanos que históricamente han sido conservadores no votaron por Trump, al considerar que este se alejaba, en su forma, y por momentos en su fondo, de los principios del “Grand Old Party” (Partido Republicano) (The Epoch Times, edición 20 Octubre 2020). Así mismo, Trump recibió un apoyo considerable y, a diferencia de Chile, de ciudadanos agobiados por la arremetida de la extrema izquierda americana y el temor natural por la agenda programática que esta ofrece, razones legítimas, pero que contienen una carga emocional. En contra partida, mucho elector de Biden fue simplemente un voto anti-Trump, nuevamente, un voto puramente emocional. Por lo tanto, hay un elemento de fanatismo y superficialidad.
Es posible contra argumentar señalando que, por un bien mayor de la nación y evitar que caiga en las manos de la izquierda, más vale “ponerse un perro en la nariz” y votar por el candidato que representa el sector parcialmente, aunque no me represente del todo (el llamado voto responsable). El problema surge cuando esta conducta se hace repetitiva en el tiempo: comienza a socavar los principios, llevando a actuar seguidos por el impulso y la emoción, abandonando así la decisión racional, cuya base misma es la convicción y el set valórico de cada individuo, alterando, finalmente, el umbral de tolerancia de este. Es en ese momento que la firmeza de la convicción debe prevalecer. En las últimas elecciones presidenciales de Chile hubo electores de derecha, que no votaron por Piñera por no representar los valores que hoy llamamos, acertadamente, republicanos. Sí, la política es el arte de llegar a acuerdos y para ello hay que negociar y muchas veces ceder. Sin embargo, en el constante ceder se va deslocalizando cada vez un poco más la tenue línea de hasta dónde soy capaz de abrir mano de mis principios en pro de un eventual bien mayor y, como consecuencia, surge la segunda fuente de división, las aguas tibias, de las cuales proféticamente nos alertaba Jaime Guzmán.
En el desafiante período en que nos encontramos, si queremos hacer de Chile el vencedor, debemos tomar acción y dar la batalla de las ideas en todos los ámbitos, personal, social y sin lugar a dudas en el proceso constituyente. Históricamente, la izquierda ha hecho uso de juegos semánticos sazonados con los típicos vetustos clichés (el pueblo, los trabajadores, las políticas públicas, la coyuntura, la lucha, el estado solidario, y un largo etcétera). Sin embargo, estos son tiempos de acción: Facta non verba, las acciones hablan más fuerte que las palabras. Para contrarrestar la “retroexcavadora”, es necesaria la formación sólida de principios, la expansión de estos y traer al sentido común a aquellos que durante mucho tiempo han cedido, corriendo su línea valórica cada vez más hacia la izquierda cuyas consecuencias son y serán siniestras. No basta con identificarse “de derecha” si no se cuenta con la base valórica conservadora que lo sustenta, entre otras, la antropología filosófica cristiana; para dar la batalla de las ideas es necesario tomar la iniciativa (entrar en acción) para solidificar sus principios y para ello existen amplios recursos como los grupos de formación de Foro Republicano, Acción Republicana y las minutas que publican semanalmente, diversos canales en youtube, etc. Así mismo, es imprescindible que cada uno de nosotros asuma su compromiso con Chile e inicie una cruzada personal en su familia, redes de contactos, amigos y conocidos sobre las implicancias y consecuencias que tendrá para nuestro país y para cada uno de los chilenos este proceso dramático al que fuimos empujados.
Hay tiempo para todo, nos recuerda el Rey Salomón, tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de esparcir y tiempo de recoger. Este es el tiempo de recuperar confianzas y de unidad. Grandes pasos ya han sido dados a través de directos llamados e invitaciones a esta. Parece una tarea titánica y difícil, pero los principios inclaudicables que nos unen a trabajar con entrega por Chile, nos llaman a todos de vuelta. La izquierda que se regocija en la división, se siente conquistadora, pero no por mucho tiempo porque nuestros valores y compromiso nos hacen irreductibles.




