Pensiones bajas. De quién es la culpa
Gastón Escudero Poblete | Sección: Historia, Política, Sociedad
¿De quién es la culpa de que las pensiones que se están obteniendo con las AFPs sean bajas? La gran mayoría chilenos dice que del sistema previsional, o sea, de las propias AFPS. “Nos prometieron que al jubilarnos tendríamos pensiones de un 70% de nuestro último sueldo y ahora no alcanzan al 30%”; “las AFPs se están quedando con nuestro dinero”; “los militares privatizaron las pensiones para favorecer a unos pocos sinvergüenzas que se han enriquecido a costa nuestra”, se oye decir.
Partamos por el principio o, como se dice en el fútbol, “pongamos la pelota contra el piso”. Cuando se inició la reforma previsional allá por 1980 y se dijo que las pensiones podrían alcanzar el 70% del sueldo, ello suponía al menos dos condiciones: que los trabajadores cotizaran durante toda su vida activa y que lo hicieran a razón de 10% de su sueldo real. Pero resulta que para la gran mayoría de los trabajadores chilenos ello no se ha dado, pues el tiempo promedio de cotización ha sido de 20 años (menos de la mitad de la vida activa para la mayoría) y tampoco han cotizado por el sueldo real.
Para ilustrar la primera condición pongamos como ejemplo a don Luis, quien ha trabajado desde los 20 hasta los 65 años ganando en promedio 600 mil pesos mensuales. Ahora se está jubilando y debería obtener una pensión de unos 420 mil pesos (el 70% de 600 mil), sin embargo se viene a enterar de que su jubilación es inferior a los 200 mil pesos. ¿Cómo puede ser esto? Porque desde que empezó a trabajar don Luis ha completado 20 años de cotizaciones, el 44% de los 45 años que ha durado su vida como trabajador. Aplicando el sentido común, don Luis debiera esperar entonces una jubilación de 44% del 70% de su sueldo, algo así como 184 mil pesos. Las razones de sus “lagunas” pueden ser muchas: temporadas en que estuvo cesante, un período en que trabajó como independiente y no cotizó en forma voluntaria, otro período en que trabajó a honorarios y tampoco cotizó, etc. Y en todos estos casos, don Luis no tuvo la precaución de llenar esas lagunas cuando pudo.
Para ilustrar la segunda condición, veamos el caso de don Julio, quien no presenta lagunas (ha cotizado desde los 20 hasta los 45 años) pero se ha coludido con los cinco empleadores que ha tenido durante su vida activa para imponer por el mínimo para obtener un sueldo líquido más alto. El sueldo promedio de don Julio también ha sido de 600 mil pesos, por lo que debió haber cotizado 60 mil (el 10%), pero como siempre tuvo contrato por el mínimo (250 mil) su ahorro previsional ha sido de 25 mil, es decir, el 42% de su sueldo. Obviamente y aplicando el sentido común, la expectativa de jubilación de don Julio debiera ser de 42% del 70% de su sueldo, algo así como 175 mil pesos.
Veamos ahora el caso de doña Isabel, quien también está en edad de jubilarse y ha ganado 600 mil pesos mensuales en promedio, pero reúne las dos anomalías descritas: ha impuesto la mitad de su vida activa y siempre por la mitad de su sueldo real, con lo que su jubilación debiera ser la mitad de la mitad del 70% de su sueldo: 420 mil x 50% x 50% = 105 mil. Con esto doña Isabel se acerca a la pensión solidaria.
El problema es que ahora don Luis, don Julio y doña Isabel esperan recibir de sus AFPs un monto aproximado de 420 mil pesos mensuales y, como las noticias que han recibido de éstas son muy distantes de sus expectativas, se sienten engañados. Peor aún cuando les dicen que, dado que muy probablemente vivirán más tiempo de lo que vivían sus compatriotas hace 35 años, su jubilación será más baja aún porque su ahorro deberá alcanzar para más tiempo o tendrán que jubilarse más tarde. Entonces su estupor y molestia inicial se ha transformado en indignación y es por esto que hace dos semanas salieron a protestar contra las AFPs y están decididos a repetirse el plato para cada convocatoria. Además están dispuestos a votar por cada político que les prometa eliminar “el perverso sistema de capitalización individual heredado de la dictadura para reemplazarlo por un sistema estatal solidario”.
No soy experto en la materia y es más que probable que mis ejemplos numéricos no sean exactos, pero con ellos he intentado explicar por qué las pensiones no son lo que la gente quisiera. Como empresario que hace los contratos de trabajo por el sueldo real, siempre me he encontrado con una gran dificultad para contratar trabajadores: prefieren emplearse allí donde les imponen por el mínimo porque les significa un sueldo líquido más alto, aunque el bruto sea similar o incluso menor. Les digo: “piensa que algún día te vas a jubilar”; “no seas cortoplacista”; “tienes el deber de ahorrar para tu jubilación”. “No se oye padre”, pareciera que me dicen. ¿Cuántos trabajadores chilenos imponen por el mínimo? Imposible saberlo. En mi rubro es la generalidad, lo que me lleva a pensar que en otros ocurre lo mismo. “Exageras”, me dice un tío progre que siempre ha despotricado contra el sistema, pero estoy casi seguro que él, como casi toda la gente que conozco, impone a su empleada doméstica por el mínimo. Me atrevo a afirmar que la mayoría de los trabajadores chilenos de baja calificación o con sueldos inferiores a 800 mil pesos impone por un sueldo inferior al real, con lo que el problema de las bajas pensiones se hace especialmente agudo precisamente para los jubilados de ingresos más bajos.
El sistema de AFPs es muy bueno, pero el 60% de los chilenos no sabe que está basado en el ahorro personal: tanto ahorras, tanto recibes de jubilación. Las AFPs han hecho muy bien la pega pero están recibiendo “el pago de Chile”: de 100 pesos que cada chileno tiene de ahorro para su jubilación, 70 provienen de la rentabilidad obtenida por esas perversas administradoras y 30 de su esfuerzo personal. Esto es porque la rentabilidad promedio desde que se creó el sistema ha sido de 8% real anual, 13% si le sumamos un 5% de inflación (o rentabilidad nominal). Si don Juan o don Julio o doña Isabel ponen hoy su dinero en un depósito a 30 días plazo fijo, obtendrá una rentabilidad nominal de poco más de 4% anual, es decir, menos de la tercera parte de lo obtenido por su AFP. Sería, por tanto, un tremendo error cambiar el sistema; hay que buscarle mejoras pero sin alterar su esencia.
¿Qué hacer entonces, estimado lector, para solucionar el problema? Claro, porque ya que hemos explicado la problemática, corresponde que entremos en la “solucionática”, como decía un profesor. Pero eso queda para un próximo capítulo.




