Los hijos del «abismo»

Sergio Canals Lambarri | Sección: Familia, Sociedad

#07-foto-1Lo hice para ver lo que se sentía, y poder comprarme ropa (de marca)”, fue la respuesta de un niño preadolescente después del robo de un auto. “Andaba en ‘clona’, o ‘trencitos’ (clonazepam), y con copete”, relatan otros, respuestas que comienzan a ser comunes en niños y adolescentes inimputables que vulneran la ley bajo distintas formas; muchos de ellos fuera del sistema escolar, con familias fragmentadas que subsisten precariamente, segregados espacialmente, e inculturizados en la calle y en costumbres de las pandillas o pequeños grupos dedicados a la delincuencia.

A veces, estos comportamientos son bajo el efecto de la “falopa” (cocaína). Hoy, la marihuana y sus daños solo son ruidos de fondo, porque como “no produce daño ni adicción”, casi todos la consumen.

Cuando roban en supermercados, la respuesta es que no le roban “a nadie”, o que “ellos” tienen lo necesario para reponerlo y pueden tener más. Si es ropa lo robado, tiene que ser de buena marca, porque “es de calidad”.

Estas dos realidades comienzan a homologarse y a entrelazarse peligrosamente como algo “normativo” de los menores y adolescentes en los sectores de alta vulnerabilidad y pobreza. Para ellos, estas conductas “deben ser exploradas” en la necesaria búsqueda de sentido e identidad de esta etapa vital, mientras se lucha contra el tedio y la anomia con sus jirones de no-sentido sumados a una severa perturbación en el desarrollo ético-moral.

Ya tempranamente están cansados, “desganados de ser”.

Drogas y delincuencia tendrían en común un camino de incivilidad, en un “retorno salvaje” desde la existencia a la “no existencia”, para no cargar con el agobio y la pesadez de ella, intentando escapar de las preocupaciones, luchas, quehaceres y obligaciones sociales.

El verdadero problema es que ellos como personas son invisibles, salvo cuando son “adictos o delincuentes”, matan a alguien o mueren en el Sename, realidad debido a nuestra creciente indiferencia y “ceguera moral”.

Nota: Esta carta fue publicada originalmente por El Mercurio de Santiago.