Exquisita insensatez
Fernando Villegas | Sección: Historia, Política, Sociedad
Por efectos de la insuficiencia mental que produce la ignorancia, la insuficiencia cardíaca que suscita el miedo y la más que suficiente razón del oportunismo ya no hay día sin muestras de cómo se fortalece la “mirada progresista” en el medio estudiantil, político, artístico, cinematográfico, mediático, académico, televisivo y periodístico, o, en resumen, en el entero mundo del vodevil. De ahí que en el espíritu de quienquiera conserve su sentido común gradualmente se ha ido instalando una pasmosa sensación de irrealidad, de estarse en un territorio donde todo está patas para arriba, de haber entrado sin darse cuenta en el Palacio de la Risa o en el manicomio. Dicho ciudadano razonable se siente como una especie en vías de extinción a pesar de que estadísticamente sea mayoría, como bien lo reflejan las encuestas; esa sensación deriva del hecho de sentirse ajeno a la onda imperante y porque, para huir de ésta, se fondea en su privacidad y les hace el quite a marchas, asambleas y cabildos suponiendo que en esos aquelarres predominará la insensatez y a veces hasta la violencia. Así es como las mayorías numéricas se convierten en “mayorías silenciosas” y las minorías se convierten en “Nueva Mayoría”. Y a este ciudadano solitario rodeado de millones de solitarios a veces también le sucede dudar de su sensatez y preguntarse si no será él quién está en el lado erróneo del espejo.
Ese ciudadano solitario y paradójicamente masivo se hace, sin embargo, esperanzas. Espera el día cuando los atolondrados de su propio círculo se den cuenta de serlo y en vez de criticarlo le encuentren la razón, pero nada es más ilusorio que eso. Se dice que en el país de los ciegos el tuerto es rey, pero muy probablemente sea al contrario. En un mundo de ciegos el tuerto no tiene pito que tocar hablando de visiones que nadie puede concebir. El país de los ciegos tiene su propia y oscura validez y con ella el dotado del sentido de la vista es incapaz de sintonizar. En el país de los ciegos el tuerto es un saboteador, un excéntrico o un facho. Lo mismo en Chile, hoy.
Ejemplos
Sobran los ejemplos de este surrealismo nacional, muy abundante en cantidad y superior en calidad e integridad al de Dalí y otros artistas, quienes lo profesaban a sabiendas y cobraban tarifa por ello; el nuestro, en cambio, es completamente inconsciente y por lo mismo más auténtico. Basta, para encontrarlo, hojear el diario cualquier día. El domingo pasado un ex ministro de Economía, militante del PPD, afirmaba con seriedad que en su partido se estaban celebrando y/o estaban existiendo “amplios espacios de reflexión”. Supongo que el ciudadano dotado de vista en este país de ciegos y sordos –pero lamentablemente no de mudos– se preguntará con estupor cuáles son dichos “amplios espacios” y qué “reflexión”; quizás comente que en esa colectividad no ha habido espacio sino para irregularidades escandalosas, maniobras dignas de la Camorra, vendettas y zancadillas, mientras en materia de “reflexión” el PPD ni siquiera dio indicios de poseer algún evangelio durante su origen, el cual no tuvo otro fundamento que la oportunidad del plebiscito ni otra doctrina que la vaga “amplitud de miras” o más bien laxitud cerebral que ostentan los reventados viniendo de vuelta de otras confesiones.
Pero de seguro el ex ministro no tuvo la menor conciencia de su “acción de arte”. Hemos llegado a eso, a la inconsciencia absoluta, feliz, angélica. No por nada hoy la vaguedad y confusión conceptual posan al mismo tiempo de tolerancia o de su contrario, de estricto programa, no siendo ni una cosa ni la otra. Por su lado las diferencias irreconciliables se hacen pasar como muestras de “rica diversidad”.
Sin embargo lo del ex ministro no es nada si se lo compara con los dichos de parlamentarios que con la mayor seriedad han loado repetidas veces a Cuba y Venezuela, describiendo esas naciones como los faros de América Latina. Los colegiales, por su parte, desde sus colegios vandalizados a conciencia hacen demandas y ofrecen propuestas relativas al feminismo, la conducción de las finanzas y el nuevo orden mundial. ¿Y en qué grado de surrealismo ubicar a quienes proponen que voten los nenes de 16 años? ¿Qué rango en el universo del surrealismo-leninismo ocupa quien, aun siendo Mandatario, alega saber de las cosas sólo por la prensa? ¿Cuál universo paralelo habitaba el ministro de Hacienda que anunció haber visto “brotes verdes”? ¿En qué galaxia mora el ex Presidente Piñera, quien cree hacer campaña presidencial sin anunciar que la hace y con esporádicas entrevistas de prensa? Sin duda el surrealismo sobrepasa toda medida en un país donde, mientras se habla de “educación de calidad”, los estudiantes demuelen los colegios y destruyen bibliotecas, los trabajadores adultos ocupan el ÚLTIMO y PENÚLTIMO lugar de 33 países en comprensión de lectura y sencillas matemáticas y los universitarios tienen 450 puntos de promedio en la prueba de selección y califican dichas pruebas de “discriminatorias”.
Paradigmas
O tal vez ocurra que sencillamente el país y el mundo estén cambiando los paradigmas de su civilización y quienes hacen uso del sentido común se han quedado tan atrás como los bardos homéricos cuando se inventó la escritura. Y entonces hoy quien dice que un colegial de 14 años debería estudiar y responder a los esfuerzos de sus padres en vez de parlotear sobre cosas que no sabe saca en el acto patente de facho. Y sucede también que hablar de crecimiento económico empieza a interpretarse como el colmo de lo reaccionario. Y si se afirma que la universidad es para quienes tienen interés y talento académico, no para cualquiera, definitivamente se es digno de un puesto en el Museo de Ciencias Naturales junto al maniquí del hombre de las cavernas. O quizás demoler la economía sea la manera como el siglo XXI promueve el progreso, no la anticuada idea de invertir y hacer crecer el PGB. ¿Por qué no? Todo el mundo habla de igualdad y equidad, no de crecimiento. Debe ser uno el equivocado…
Los primeros balbuceos de esta majestuosa revolución los pispó Ortega y Gasset en los años 30 y habló de la Rebelión de las Masas. Toynbee, el historiador, se refirió al “proletariado interno”. Un autor italiano, Baricco, habla de Las Invasiones Bárbaras. Robert Musil lo hacía del Hombre sin Atributos. Todos ellos y muchos más han visto el fenómeno en distintos momentos y desde diferentes ángulos, pero comparten el mismo territorio conceptual, a saber, la idea de que una entera civilización basada en la lógica aristotélica, los valores jerárquicos, el esfuerzo denodado, las disciplinas y deberes, etc., está cediendo lugar al imperio del consumismo, la desfachatez de la ignorancia triunfante, la presión omnímoda de las masas, el placer de demoler las diferencias, el gusto vesánico por el vandalismo material y espiritual, la confusión de roles, el revolcarse en el placer –“pasarlo bien” a toda costa, dicen– y así sucesivamente. Pero, en nuestro surrealismo, nosotros preferimos hablar, con un aire de gran progreso, de “ciudadanos empoderados”.
Exquisitez
¿Por qué no? ¿Quién es nadie para arriscar la nariz? Debe ser una exquisitez el dejarse caer por ese resbalín. ¡Qué delicia no ser ya sujeto de deberes para convertirse sólo en objeto de derechos, en receptor sistemático de bonos, en destino preferente de becas, gratuidades, legislaciones, regulaciones, institutos e instituciones! Y en cuanto al placer de sumarse, de unirse, de identificarse, de ser uno con los demás, de repetir las mismas palabras y vociferar los mismos eslóganes, todo eso es innegable y ya fue examinado en su deleite y su furor por Elías Canetti en Masa y Poder y por Freud en El Malestar de la Civilización. Nada más refrescante y excitante que marchar junto a otros cinco mil tipos gritando lo mismo. Nada mejor que dejar de lado el deber de pensar, examinar y analizar. Nada mejor que correr todos juntos al precipicio o a la piscina, adonde sea, pero juntos. Permiso, me voy a la marcha…
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera.




