El anillo de Giges en la ciudad digital

Jorge Martínez Barrera | Sección: Sociedad

#09 foto 1 autor¿Qué haría Ud. si tuviera el “anillo de Giges”, ése que, según un relato de Platón, encontró un pastor griego y le permitía volverse invisible? Este atractivo experimento mental, es para Platón una prueba indirecta de la bajeza humana. En tiempos menos tecnológicos que los nuestros, las diabluras que haríamos exigirían un constante movimiento de nuestra parte.

Iríamos de aquí para allá, fisgoneando sin necesidad de ponernos detrás de puertas, cortinas o arbustos, asistiendo personalmente a reuniones donde no deberíamos estar, oyendo sin impedimentos cosas vedadas y maquinando todo cuanto una imaginación sin trabas fuera capaz. Eso sí, tendríamos que desplazarnos permanentemente (con la ventaja adicional de que esos desplazamientos serían gratuitos en el caso de emplear transporte público).

Al caer la tarde, sin embargo, nos ganaría un cansancio indescriptible. Tomaríamos la cama por asalto para recomenzar al otro día con esos frenéticos ires y venires. No sería necesario perder tiempo en lavarnos y vestirnos, o en todo caso, si el anillo cae en nuestras manos durante los rigores del invierno, cualquier ropa estará bien.

En una palabra, el anillo de Giges nos exigiría salir de nuestra casa, pues si no, ¿para qué lo querríamos? No es que en la casa no haya nada que fisgonear, pero puede llegar un momento en que ya lo habríamos visto todo clandestinamente. Sin embargo, en tiempos del ciberespacio, nos ha sido dada una versión atenuada del anillo, algo menos atractiva, pero igualmente fascinante: el comentario de cartas, notas y noticias de los diarios en nuestra condición de lectores informáticos.

Esto ya no nos exige la hiperkinesia del anillo original; cómodamente sentados delante de nuestro computador, podemos experimentar una sensación de poder semejante a la que sentiríamos con el anillo primigenio y con la indiscutible ventaja de que esto ya no es una fantasía. Si nos da la gana y si logramos adecuarnos a los reglamentos de los foros, podemos insultar, ofender, mofarnos, denigrar o injuriar a quien nos dé la gana, sin importar su condición. Da lo mismo que sea el Papa, un político o la viuda reciente de un policía; podemos hacer todo esto sin preguntarnos si seríamos capaces de hacerlo personalmente. Cada tecla que oprimimos, es nuestro anillo de Giges. Podemos transformar nuestras palabras digitalizadas en un martillazo artero y anónimo.

Hay quienes ya son verdaderas personalidades secretas en los medios, si cabe el oxímoron. Gente cuyo placer es el disfrute balístico de cada tecla, personas para quienes el escarnio de quienes no piensan como ellos es una obligación moral, sin reparar en que toda posibilidad de diálogo resulta escamoteada detrás de la fortaleza inexpugnable de su computador.

Así, la democratización de la información, tiene ese costado oscuro, esa desventaja fuera de control que, si bien no parece peligrosa, no ayuda en nada a la edificación de una sociedad más mesurada y más sabia. Así se trate de la ciudad digital que es, parece, lo que nos espera como modo de convivencia.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Chile B, www.chileb.cl.