Cuestión de principios
Paula Schmidt M. | Sección: Política, Sociedad
Fiel a su estilo directo y sin rodeos, el Papa Francisco manifestó recientemente, frente a una audiencia para jóvenes congregados en el Vaticano, que un católico no sólo puede hacer política, sino que “debe”. Sin embargo, a esto adhirió que lamentaba el estado actual de los liderazgos públicos y que existe una falta de coherencia con los valores que se supone representan.
No es primera vez que el Sumo Pontífice otorga su reflexión sobre temas contingentes, tal como lo hiciera frente al parlamento europeo, en 2014, con un valiente y aplaudido discurso cuyo eje central fue la necesidad de invertir en la persona humana al momento de ejercer cargos de representación popular.
Cuando esto no ocurre y los servidores públicos no reflejan una sólida base de principios a la hora de implementar sus decisiones, sobre todo cuando éstas no se correlacionan a las necesidades reales de la sociedad, asalta la sospecha y se cultiva el escepticismo. ¿Para qué sirve la política (y los políticos), entonces?
Acorde a las últimas encuestas, el número de personas, sobre todo jóvenes, desencantadas con la política aumenta y ésta pareciera ser, cada vez más, patrimonio de un segmento envejecido de la población. Además, desde hace ya un tiempo, los políticos son escrutados por la opinión pública como agentes de un mal menor, circunscrito a los regímenes democráticos. Síntoma nada bueno para una sana convivencia social.
La falta de transparencia y el relativismo ético en política traicionan la verdadera esencia de su accionar, porque la verdadera política es abrirse hacia lo común y a aquellas exigencias que trascienden al deseo individual.
Gobernar con principios no es un lujo, sino una imperiosa necesidad que enaltece a quienes encausan su vocación por medio del servicio público. A través de valores acordes a la integridad del ser humano es cómo la política, y los políticos, imprimen un sello coherente que contribuye al fortalecimiento de la sociedad.




